-¿Qué es esto?
-Mi renuncia.
-Anaís, ¿es broma, verdad?
-No. Es en serio. Muy en serio.
Mi jefe está boquiabierto, casi parece destruido.
-Anaís, pero... No puedes irte, te necesitamos más que nunca...
-No me voy de inmediato. Me quedo otras tres semanas para que tengan tiempo de contratar un reemplazo.
-A ver, no se trata de eso. Tú llevas muchos años en la empresa, sabes cómo se hacen las cosas y no podemos dejar nada al azar.
-Lo sé. De hecho, me tomé la molestia de buscar a alguien muy capaz que podría reemplazarme, si en verdad necesitas un reemplazo. Puedo capacitarlo estas semanas.
-Mira, si es un problema de cuánto ganas, podemos discutirlo. Pero no sé si se pueda aumentar mucho más, tienes que entender que tienes un buen ingreso para tu puesto...
-No se trata del sueldo.
-¿Te hizo una oferta la competencia?
A esas alturas, mi jefe me ve como una traidora: casi me lo imagino revolcándose en el suelo, cual Julio César, mientras exhala un “¡Tu quoque fili!” entre gárgaras de sangre. ¿Cómo explicarle que abandono la seguridad de mi pega para empezar yo mi propio negocio? ¿Porque quiero volar con mis propias alas? ¿Porque creo que las asesorías psicológicas son un buen negocio y quiero trabajar con Angie y con Óscar?
Tengo dos amigos cesantes, buenas ideas, algo de capital ahorrado y ganas de hacer cosas por mí misma. E incluso tengo un jote revoloteando por ahí que me apoya y no ve mis desvaríos como locura.
Aníbal. Salimos el fin de semana. Esta vez él no me robó un beso, ni siquiera intentó acercárseme. Simplemente nos contamos nuestra vida: él es apenas unos años mayor que yo, pero parece que hubiese vivido tres de mis vidas. Hijo de madre soltera, se sacó la mugre estudiando para poder entrar a la universidad. No tenían buena situación, pero tampoco les faltó nunca qué comer, aunque sólo recibía ropa como regalo de cumpleaños y Navidad. Finalmente, se tituló de ingeniero --era el sueño de su mamá--, pero ella falleció de cáncer poco después de que consiguiera su primer trabajo como ingeniero.
Y aunque la ha pasado muy mal en su vida y su papá apenas se apareció un par de veces, él no le guarda rencor y anda siempre con la cabeza en alto, feliz. Y, debo reconocerlo, a mí me fascina su vitalidad, su sonrisa y su fortaleza para enfrentar la adversidad.
¿Va a entrar en mi vida? No sé todavía. Antes quiero volver a sentirme bien conmigo y desearía que él me esperara. Fue algo que quedó implícito en las conversaciones que tuvimos. Y parece que me va a esperar.
A mí, él me interesa. Y mucho. Pero me interesa mucho más dedicarle toda mi fuerza y energías a sacar adelante el proyecto que tengo. Y aunque sé que va a ser difícil y que probablemente me voy a caer varias veces, tengo fe en que lo voy a conseguir.

miércoles, 21 de octubre de 2009
De cierres y bienvenidas
martes, 13 de octubre de 2009
Casi 30: celebraciones y confesiones
Estuve de cumpleaños y entre mi celebración personal y la celebración del triunfo de Chile y su clasificación al mundial, me pasé el fin de semana de carrete en carrete. Celebraciones varias con amigos, la llamada del ex, el almuerzo familiar de rigor, sobrinitos saltando a mi alrededor y regalándome sus dibujitos garrapateados y besos inesperados.
Gracias a todo eso, hoy día amanecí con unas ojeras que me llegan al suelo y un dolor de cuello atroz. Pero no me puedo quejar, lo pasé estupendo, hasta se me olvidó el leve dolor que me queda en la pierna y todo fue alegría y risas. Y algo más...
La celebración partió el jueves con un happy hour al que fuimos después de la oficina y en el cual, pese a todas las risas y brindis, no pude evitar echar de menos a Angie. Creo que a todos nos pasó lo mismo, pero nadie quiso sacar a relucir el tema, supongo que para no aguarme la fiesta.
En todo caso Angie me había llamado temprano para saludarme y habíamos quedado de vernos el viernes, junto con otros amigos, entre los que llegó sorpresivamente (cada vez menos sorpresivamente, la verdad) Aníbal. Lo pasé increíblemente, me sentí como de 20 otra vez y me olvidé que estaba celebrando mi cuasi entrada a mi cuarta década de vida. Me desaté bailando y poco me importaron las advertencias de Óscar en relación a mi pierna todavía en recuperación. Después de todo estoy de cumpleaños una vez al año no más y hay que celebrarlo ¿no?
Nos habíamos juntado en el departamento de Andrea temprano para dejar todo listo. Óscar, el muy traidor, no me dijo que también había invitado a Aníbal en una abierta y descarada colusión con Andrea. Fue de los primeros en llegar con un ramo de flores magnífico y un paquetito que resultó traer un pañuelo de seda rosa para mí. Juro que jamás en mi vida me he sentido tan contenta por un regalo así. Incluso me reté a mí misma para no poner cara de tontorrona, pero me resultó poco y alcohol conspiró para que mis aires de mujer indiferente quedaran en nada. Lo confieso: no sé qué hora sería, pero era tarde, estábamos en lo mejor de la fiesta con Óscar gritando que le daba lo mismo que reclamaran los vecinos por el ruido cuando, entre un bailecito y otro, Aníbal me robó un beso. Y me gustó.
Me sentí como una quinceañera en su fiesta de graduación. Es cierto, me sentí liviana, torpe y feliz, pero algo cambió. Hubo veces que sentí una sensación parecida con Simón, pero en ese entonces yo estaba con la idea de que encontraría al hombre de mi vida. Ahora no. Me encantó cómo fue y todo, pero mi felicidad se detenía en el instante, sin proyecciones ni castillos en el aire. Lo disfruté y hoy es otro día donde todo puede cambiar.
Sí, es cierto, me gustaría que hubiera algo más, pero (por el momento) no voy a mover ni un dedo para que resulte. Siento que en este momento de mi vida mis prioridades son otras, que tengo que rearmarme como mujer y como profesional, que tengo que trabajar por alcanzar mis sueños y ser feliz yo sola primero antes de embarcarme en una relación.
En mis últimas (y fracasadas) relaciones, yo lo he tratado de hacer todo, he dedicado tiempo y energía a empresas inciertas, donde el otro socio jamás me respondió. Ahora quiero primero velar por mi bienestar, por mis proyectos y por mi felicidad, esos son mis propósitos para este nuevo año que para mí huele a fin de ciclo, a entrar en los 30 como una nueva Anaís, más reconciliada consigo misma, más verdadera y más plena.
Y bueno, si hay por ahí un tierno galán que me quiera conquistar no me opondré en lo absoluto, pero dejaré que trabaje un poco más de lo habitual...



