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viernes, 30 de octubre de 2009

Hasta siempre, blogspot

-¿Qué es esto?
-Tu liquidación.
-Pero si todavía faltan dos semanas...
-No sé yo. Tienes que firmar ahí.
-No pienso firmar: aquí dice que me despiden por incumplimiento de contrato.
-Yo no sé nada, pero tienes que firmar.

Por supuesto, no firmo ni una mierda. Voy a buscar a mi jefe para que me explique qué pasa. Pero el muy cobarde no está en su oficina, ni en ninguna parte. “Está en una reunión muy importante con uno de nuestros clientes”, me dice su secretaria. Le estiro la lengua y averiguo que, además, se llevó a mi reemplazo, el que estaba entrenando. Así es que sumo dos más dos y pienso que más de algún abogado estaría feliz de llevar mi caso a la justicia laboral... Sobre todo ahora que la reforma penal llegó a Santiago.

Más adelante pensaré en eso. Por ahora, tengo asuntos que cerrar en la empresa (no me pienso ir antes de que se cumplan las tres semanas desde que di el aviso), contactos que afianzar y mucho trámite legal que hacer para poder abrir la empresa que estamos creando con Angie, Óscar y Andrea.

Las cosas se han precipitado en la empresa: desde que se supo que me iba, todo el mundo me mira como un bicho raro. Pero al final, todos los que han trabajado conmigo me felicitan por mi decisión y me dan ánimos para emprender mi nuevo camino. Algunos incluso me confiesan que tienen ganas de renunciar desde hace tiempo, pero no se atreven.

Pero la sorpresa más grande me la llevé cuando mi Némesis (que esta última semana se ha quedado con todos los trabajos que me habrían correspondido a mí) se acercó ayer a mi oficina y me preguntó, sin rodeos, por qué me iba. Y le conté. Su respuesta no se hizo esperar.

-Guau, Anaís... Me... Parece muy valiente de tu parte.
-Es decir, lo encuentras una mala idea.
-No, para nada. Tiene mucho sentido. Además, te he visto trabajar: siempre sabes muy bien qué quieres y cómo conseguirlo. Te va a ir muy bien como independiente. Estoy segura.
-Gracias, Cata.

Estaba a punto de salir de la oficina cuando se dio vuelta y agregó:

-Oye... Y si... necesitas una socia... Bueno, no sé. Considérame como una posibilidad. ¿Vale?

Me quedé muda unos segundos. Alcancé a murmurar un incomprensible “gracias” y se fue.

Me queda tanto por vivir, tanto por hacer... Y tan poco tiempo. También podría contar acerca de Aníbal, que estamos saliendo más seguido, que me está aconsejando en la parte logística y que está haciéndome contactos en la empresa donde trabaja. Es algo extraño esto que estamos armando, como un gólem que cada día toma más forma y fuerza, como una bola de nieve creciendo bajo mi control.

Necesito crecer, necesito espacio y tiempo para dedicarlo a mi vida y, desafortunadamente, siento que reflexionar tanto sobre mi vida en este diario me quita energías para vivirla.

¿Es posible eso? ¿Que los escritores sean personas que viven sus vidas a través de sus escritos, de sus personajes porque son incapaces de hacerse cargo de sus propias vidas?

Todos estos meses que llevo escribiendo este diario siento que he vivido más como un personaje que como persona. Que las historias que relato tienen más vida que mis recuerdos. Por ejemplo Simón, que no es más que un accidente en mi vida amorosa, cobra en mis escritos una importancia desmedida. A veces me da vergüenza revisar lo que he escrito y leerme tan melodramática, tan autocompasiva... Y me da pena ver que a las cosas y personas que realmente me importan (las onces familiares, mi papá, Óscar, Andrea, Aníbal) les dedico apenas un par de oraciones o un post efímero.

Quizás por eso he estado escribiendo menos estas últimas semanas.

No sé, lo único que tengo claro es que ya no me siento tan motivada como cuando empecé a escribir, leer otros blogs, responder mis comentarios. Y no es porque no me guste leerlos a ustedes o porque me aburran. Me siento feliz de haberlos conocido, de haberlos sentido tan cerca mío en esta aventura de pocos meses, y seguiré leyéndolo(a)s como siempre. Pero ya no escribiré más en este blog. Y me duele decirlo, porque he conocido a personas maravillosas en este mundo del blog y sé que, aunque trate de no perder el contacto, inevitablemente nos iremos alejando.

Es por ello que quiero enviar un abrazo muy fuerte a quienes me han seguido desde el principio: Blanky, Señorita Morfina, Pau (Señorita Templaria), Beetlejuice Girl, Michelle, Nina Giordano, Saruki, Sandra y, por supuesto, San (Corazón de Nuez), José Carlos y Leslie Miranda. Tampoco puedo dejar de lado a algunos que se sumaron más tarde, pero que he sentido muy cerca mío: Mely, Floripondia, Francisca, Polin, una Nadia, Guadyx...

Podría dedicar una entrada entera a agradecerle a todos los que han pasado por mi blog a mis 56 seguidores y a todos los que me han dejado mensajes hermosos. Me han consolado cuando he estado mal, han celebrado mis alegrías y, sobre todo, me han aceptado y me han querido como soy, con mis grandes defectos, mis tonterías y mis desvaríos.

Me duele terminar este diario, esta tribuna donde tantos me han leído y yo he leído, pero alguien muy sabio me dijo una vez que para que las cosas terminen bien, hay que ponerles un punto final y no hacerle alargues innecesarios (¡Aprendan, guionistas de teleserie!). Si no, lo hermoso es tragado por la indiferencia, por la amargura de tener al muerto pudriéndose en la habitación cuando podría estar enterrado y haberse convertido en un bello recuerdo.

Así es que para cerrar, con el punto final que corresponde para este diario, pero que es sólo un punto seguido en la vida de Anaís Sandiego, les dejo este hermoso cuento de Cristina Peri Rossi.

Un abrazo a todos. Los llevaré siempre en mi corazón.

Con amor,

lunes, 28 de septiembre de 2009

Sueños postergados

—¡Hola Angie! Qué bueno verte. ¡Te ves estupenda! ¿Qué te hiciste?
—Me... me echaron de la pega.

Yo me quedo con la sonrisa de idiota pegada en la cara. Mi amiga me abraza y por fin se larga a llorar y me moja el hombro con mocos y lágrimas, y me convulsiona entera con sus pequeños hipidos y yo la abrazo y la acuno y no sé qué decirle.

Era un secreto a voces: todos hablaban de que el jefazo quería cerrar el departamento de asesoría psicológica y contratar servicios externos. Pero también lo habíamos estado escuchado desde hace más de un año, así es que nadie se lo tomaba en serio. Hasta que vino el lobo.

Así es que ayer salimos con Angie para darle ánimos y nuevas ideas. En el camino se nos unió Óscar, Andrea e incluso Aníbal, que ya no sé cómo hace para estarse apareciendo a cada rato en mi vida sin que lo esté llamando (unos días atrás me lo encontré de nuevo en el supermercado, comprando ropa para el “hermano” que adoptó).

—Tienes que tirar pa’ arriba nomás.
—¿Te dieron indemnización?
—Abre tu propia consulta. ¿No nos dijiste que eso querías hacer?
—El viejo es un desgraciado: te echa sólo para ahorrarse unos miserables pesos.
—¿Y no has pensado en formar tu propia empresa de asesorías psicológicas?

Así empezó, más o menos, la conversación. Cuando conseguimos que Angie se calmara y nos contara todo, pudimos ir cambiando de tema hasta que terminamos incluso hablando del debate presidencial y de la desconfianza que nos dan todos los candidatos.

—Si Piñera sale presidente me voy. No sé dónde... Pero me voy a la chucha.
—¡Es que Frei se la pasó viajando!
—MEO es tan pendejo...
—Arrate es del siglo pasado.
—¡Son todos unos conchasumadres y qué bueno que el perro culiao me echó, porque si no me iba yo!

Angie nos deja a todos mudos: jamás la habíamos escuchado lanzar garabatos de grueso calibre y menos en una sola oración. Miro su vaso: el nivel de alcohol no ha bajado más de un dedo. Sin embargo grita, patalea, se ríe e invita a Aníbal a bailar. El pobre apenas puede seguirle el paso: mi amiga está hiperventilada, se mueve como un trompo, acapara las miradas atónitas de todos los clientes (después de todo, es un pub y la música no está muy fuerte).

—Vamos a bailar —dice Angie, después de que Aníbal se derrumba en su silla, agotado.

A nadie le parece mala idea. ¡Hace tanto tiempo que no bailo! Pero en cuanto me pongo de pie me acuerdo de mi muleta y que el médico me dijo que guardara reposo y que aún estoy con licencia y que cuando vuelva a la pega Angie ya no estará allí.

—Los acompaño, pero no puedo moverme mucho —digo por fin.

El resto del fin de semana estuve ayudando a Angie a buscar pega, investigamos sobre la posibilidad de que armara su propia microempresa de asesorías psicológicas y tuve que desempolvar muchas cosas que había aprendido en la universidad respecto a cómo construir una empresa.

Me bajó la nostalgia de todos esos sueños que tenía al salir de la U: yo iba a ser una emprendedora, iba a ser una líder, iba a hacer mi propia empresa, tendría ideas choras, impondría mi estilo... nada de eso pasó y me quedé marcando el paso en la misma empresa donde hice mi práctica. No me quejo, no gano mal ni nada, pero a veces me hubiera gustado saber qué habría pasado si me hubiese arriesgado más, si no hubiese pensado tanto en “nuestra familia” como le gustaba decir a Julián y un poco más en mí, en mis ambiciones.

Mañana se me vence la licencia y no tengo ganas de volver a trabajar...

martes, 22 de septiembre de 2009

El conflicto del “otro” fantasma

— Hay otro, ¿verdad?
— No, no hay otro. Sólo quiero estar sola.
— ¿Cómo se llama?
— Entiéndelo: no hay nadie más.
— ¿Te escucha más que yo, es mejor en la cama? Dímelo.
— No es eso... —suspiro con resignación— De acuerdo. Me ganaste: hay otro
— ¡Lo sabía!

Me pasó cuando terminé con Simón, pero no fue la única vez. Cuando es una la que termina con ellos, el hombre siempre está esperando descubrir al amante oculto, el “otro” misterioso que les está arrebatando su presa. Les resulta imposible creer que la mujer quiera terminar por otra razón.

¿Será que, por definición, las minas nunca podemos estar solas? Eso significaría que los hombres creen que nosotras tenemos por dogma “mejor mal acompañada que sola”. ¿En verdad somos tan masoquistas?

¿Será que, por su esencia “competitiva”, los hombres sólo pueden aceptar la derrota ante un oponente superior y no ante su propia mediocridad? Eso me parece razonable. El hombre suele tener un comportamiento de conquistador romano: “veni, vidi, vici”, y luego se duerme entre los laureles. Después le resulta imposible aceptar que su imperio se desmorona por la ineptitud de su gobierno, así es que debe echarle la culpa a las invasiones bárbaras. ¿En verdad son tan ingenuos?

Sea cual sea la razón, el hombre necesita que le justifiquemos con un “otro” el que terminemos una relación. Si no existe, ellos lo encontrarán: “me hablaba con demasiado cariño de ese amigo suyo”, “estoy seguro de que se quedaba más rato en la oficina para conversar con el fulano ese”, “siempre creí que era demasiado efusiva con su primo” y quizás cuánta boludez más. El resultado es que pronto el círculo de amistades anda recibiendo mil chismes, cada cual más ridículo o molesto, y una tiene que dar explicaciones a medio mundo.

Es por ello que en varias ocasiones he utilizado una técnica infalible: invento una nueva conquista. Es un ejercicio muy entretenido: le doy nombre, una historia, una situación romántica en la que nos conocimos y luego le digo al recién pateado qué tiene el nuevo que el viejo no tenía. Para no herir demasiado su ego, lo dejo recitar algunas de sus supuestas “virtudes” que el nuevo supuestamente no tiene, mientras mantengo un enigmático silencio. No sé si resulte todo el tiempo, pero por lo menos el truco ha sido salvador en algunas oportunidades.

Preferiría, eso sí, que las relaciones pudiesen terminar con sinceridad. ¿Por qué un simple “me cansé de esta relación” o “siento que lo nuestro no está funcionando” no basta? ¿Por qué debe existir algún elemento de teleserie (un amante, violencia de pareja...) para que se entienda el fin de una relación? Es lo mismo que cuando a uno le exigen justificar el porqué no queremos ir a un carrete: “me da lata” o “no quiero” no es una buena excusa. Hay que inventar un compromiso previo, una levantada temprano al día siguiente, porque o si no, no se perdona.

¿Por qué ocurrirá esto?

lunes, 10 de agosto de 2009

La princesa caballero

Después del último numerito de Simón sería fácil para mi echar en un mismo saco a todos los hombres y decir que son todos cortados por la misma tijera: frescos que rehúyen el compromiso. Pero no es lo que pienso.

No me parece que los hombres, como género, le teman al compromiso. No creo que en los genes del cromosoma Y haya un patrón anti-matrimonio o algo así. O por lo menos no más que en las mujeres.

No creo que el hecho de que Simón no se atreva a ponerle un nombre a nuestra relación se deba a lo que tiene entre las piernas. Ni siquiera a lo mejor es un problema de madurez. O quizás no es sólo eso. Mi tesis es que ellos también están buscando a “la elegida”, a la mujer de sus sueños, pero en el intertanto son bastante más flexibles que nosotras.

Suelen decir que las mujeres somos las del instinto y la percepción, pero yo creo que los hombres también los usan al momento de entablar una relación. Ellos, casi desde el primer minuto, saben cómo enfrentar la relación o “para qué da”. Si es una relación “seria” o vas a ser una diversión “mientras tanto”, no hay cómo saberlo. No depende sólo de nosotras, sino también de ellos y el momento por el que estén pasando. En el intertanto que ellos deciden si clasificarnos en una u otra.

Hay una cosa que va a marcar en qué lado de la cancha quedemos: el nivel de interés que mostremos nosotras versus el que tengan ellos.

Puede que esté equivocada, pero me da la impresión de que entre más interés mostremos, tanto peor para nosotras mismas, pues si éste no se condice con el de ellos, corremos el riesgo de que nuestro galán de turno, al sentirse poco menos que acosados, ponga pies en polvorosa.

Quizás se deba a que quieren ser ellos los que tomen la iniciativa, los que descubran a la Cenicienta y se la lleven a su castillo. Quizás no les gusta sentir que su princesa se enfrentó con el dragón y escapó de la torre sin su ayuda.



lunes, 3 de agosto de 2009

Sobre infidelidades, mentiras y egoísmo

Tengo una seria complicación con el tema de la infidelidad. Hace once años, cuando estaba en el colegio, yo creía que ser infiel era lo peor que podía llegar a hacer alguien a su pareja: un acto tan terrible que sería imposible de ocultar; una traición tan tremenda que sería imposible volver a mirar a la pareja a los ojos; una herida tan atroz que jamás podría sanar...

Y luego de esto fui infiel. No una, sino muchas veces. No es algo de lo que me sienta orgullosa, pero tampoco me arrepiento ni siento que le debo disculpas a nadie. Julián, que era mi novio de ese entonces, nunca se enteró, y a estas alturas no creo que sea necesario que se entere.

Durante mucho tiempo le eché la culpa a él: a él se le metió en la cabeza la idea de que no podíamos acostarnos hasta casarnos y cuando entré a la universidad y probé de la manzana prohibida, me gustó. Al comienzo tuve mis dudas, por supuesto, y me sentía pésimo cada vez que me acostaba con Juan Luis. Luego terminé con él y traté de volver a serle fiel a Julián, pero me costaba mucho más. Traté de insinuarme, de sugerirle con mi ropa y con sutilezas que tenía ganas de hacerle el amor —porque en realidad llegué a amarlo—, pero él nunca se dio por enterado.

Incluso cuando llegué a preguntárselo directamente, Julián me dijo que debíamos ser pacientes, “que sólo nos faltaban unos años para recibirnos y entonces podríamos casarnos y hacerlo todo lo que quisiéramos”. Yo lo amaba y no quería dañarlo... Pero tampoco podía negar que necesitaba el elíxir del sexo... Es exquisito, embriagante. De hecho, cuando finalmente lo hicimos con Julián, me sentí plena, porque por primera vez sentía que estaba haciendo el amor, y eso me encantó, incluso si Julián era un torpe y yo tuve que hacerme la bebita virgen e inexperta.

Cuando me casé con él, nunca más le fui infiel. De hecho, desde entonces no he vuelto a jugarle sucio a ninguna de mis parejas. Ahora, si no me siento a gusto con alguien o me doy cuenta la relación no está funcionando, trato de enfrentar directamente el problema.

¿Volvería a ser infiel? No lo sé. No puedo decir que “he aprendido la lección”, porque todavía no sé de qué se trataba la lección o cuál es la moraleja. Lo poco que he podido sacar en limpio me lo explicó Óscar con peritas y manzanas: el ser humano es débil y se impone metas casi divinas. No está mal equivocarse, me dijo, lo que está mal es no tomar las precauciones necesarias para que esas equivocaciones no pasen a mayores.

Óscar se refería a mi actitud de pendeja de no usar condones ni pastillas para “forzarme a ser fiel”. Pasé más de algún susto, y hasta hoy no sé por qué santo de esos en los que no creo no quedé embarazada ni me pesqué nada más grave que algún honguito loco.

Otra cosa que me hizo entender Óscar es que, si realmente amaba a Julián y quería casarme con él, no valía la pena contarle todo lo que había hecho. “Eso sería egoísmo”, me dijo, “eso sirve para aliviar la conciencia, pero lo único que harías con eso es que Julián te patearía, porque nunca podría entenderte. La mayor parte de la gente no quiere que le digan la verdad: está pidiendo a gritos que le mientan, que le hagan creer que existen las personas buenas, fieles, correctas y perfectas. En el fondo, todos saben que eso es mentira: que todo acto de bondad tiene algo de maldad y todo acto malévolo tiene algo de bondadoso. Pero somos humanos: nos cuesta ver el mundo en colores”.

lunes, 27 de julio de 2009

Los grados de amistad

¿Qué define la cercanía que tenemos con las personas con quienes no compartimos sangre? Esa fue la pregunta que me perforó los sesos mientras conversaba sobre la amistad con Óscar, quien es, por lejos, mi mejor amigo. Sin pensarlo mucho, elaboré una brillante teoría que ahora paso a compartir con ustedes.

Existen cuatro grados de cercanía con las personas: Amistad tipo I, Amistad tipo II, Amistad tipo III y los Conocidos.

En la Amistad tipo I entrarían las personas más próximas a uno: a los que llamamos para contar nuestras penas, los que vamos a consolar cuando están mal, aquellos que nos hacen sentir feliz cuando ellos están felices.

En la Amistad tipo II incluimos a las personas que están cerca de uno, que comparten mucho con nosotros pero siempre en forma restringida. Es decir, el Amigo tipo II no es alguien con quien podamos ir a emborracharnos para llorar las penas, ni es una de las primeras personas a quien llamaremos para decirle que nos casamos, pero claramente sería de las que no olvidaríamos en la lista de invitados del matrimonio. Generalmente, con el Amigo tipo II nos juntamos mucho en instancias sociales (fiestas, cumpleaños, happy hours, etc.) pero pocas veces en forma personal.

En la Amistad tipo III están las personas que a uno le caen muy bien y tienen buen feeling con uno, pero con las que no nos juntamos a menos que haya una excusa de por medio. Es decir, no nos vemos habitualmente, pero la invitamos al cumpleaños cuando nos acordamos de él. Y si organizamos alguna junta, es más probable que al Amigo tipo III lo invite uno de nuestros Amigos tipo I o II, ya que a uno se le olvidará contemplarlo.

A veces, la Amistad tipo III es un estado en el que caen antiguos Amigos tipo I y II de los que uno se ha distanciado.

Los Conocidos son precisamente eso: personas con las que uno se topa o ha topado en forma más o menos regular. Quizás compartimos ambiente (trabajo, estudios), pero no podríamos mantener conversación con ellos más de 5 minutos, y lo más probable es que para no quedarnos callados empecemos a hablar del tiempo.

¿Complicado? Voy a poner tres ejemplos para que se entienda.

Caso 1: Acabo de cambiarme de departamento y quiero hacer una pequeña celebración. Seguramente, para este evento sólo llamaré a mis amigos tipo I y II, porque los tipo III son demasiado distantes y engrosarían demasiado la lista. En este caso, los Amigos tipo III son los que habría invitado para mi cumpleaños pero no para algo tan nimio, mientras que a los Conocidos ni siquiera se me ocurriría invitarlos.

Caso 2: Tengo deseos de casarme con mi novio, pero estoy insegura. A mis Amigos tipo I los llamaría para contarles de mis dudas, quizás me juntaría con ellos para oír sus consejos y sus experiencias. A mis Amigos tipo II no los llamaría jamás por esa razón, a menos que estén pasando o hayan pasado por una experiencia similar, en cuyo caso su consejo podría ser considerado como la “voz de la autoridad”.

Caso 3: Acabo de terminar un libro fascinante, que considero tan bueno que todo el mundo debería leerlo. Lo primero que hago es llamar a mis Amigos tipo I para contarles eso y para prestarles el libro (a menos que sepa que son unos rata que jamás los devuelven). A mis Amigos tipo II jamás los llamaría por eso.

Suficiente pseudoteoría chanta. Sólo me resta decir que me muero de ganas de contarle esta tontería a mis Amigos tipo I. Jejeje.


viernes, 17 de julio de 2009

El atractivo de los hombres con hijos

Las compras del supermercado no son una cosa que me vuelva loca. Conozco mujeres que se podrían pasar el día entero en el Jumbo, entre los pasillos de ropa, comida importada y haciendo altos cada 2 horas en la cafetería. Yo no puedo. Para mí el super es para, con lista en mano, ir sacando lo justo y necesario, así que generalmente voy como un bólido pasillo tras pasillo sacando exactamente lo que necesito según mi lista.

En esas estaba ayer en el supermercado haciendo las compras del mes (aprovechando el feriado), concentradísima en mi lista y con los audífonos de mi mp3 puestos para no tener que escuchar la música horrible que ponen, cuando a que no van a adivinar con quién me encontré… nada más y nada menos que a Aníbal, el chico tierno.

Ocurrió mientras iba del pasillo de las carnes hasta la librería. Entre ambos, tenía que pasar por el pasillo de la juguetería y ahí, evaluando unas figuritas de acción de Batman encontré a Aníbal.

De buenas a primeras no lo reconocí, sólo me pareció cara conocida, así que disminuí la velocidad de mi carrito, pero eso fue suficiente para que él me mirara y me saludara automáticamente.

- ¡Hola! ... Anaís, ¿cierto?
- ¡Hola! Sí, ¿y te acuerdas?
- Es que es un nombre muy bonito y poco común. ¿Cómo estás?
- Bien, ¿y tú? ¿en qué andas?
- Diego está de cumpleaños este fin de semana y le estoy buscando su regalo… Diego, mi “hermano- ahijado” –aclaró al ver mi cara de ‘¿y quién es ése?’
- Ahhhh… qué tierno tú… jeje… bueno Aníbal, me tengo que ir. Espero verte en otro happy hour.
- Que estés bien, Anaís. Nos vemos.

No sé ustedes, pero yo encuentro tremendamente atractivos a los hombres que, ya sea a través de sus propios hijos o de sus sobrinos o, como en este caso, de un “hermano adoptado”, expresan ese instinto paternal. Es como si se vieran más hombres, más maduros, más experimentados, pero como si al mismo tiempo tuvieran más a flor de piel las ganas de jugar y de reír.

Son como niños grandes. Son esa mezcla perfecta entre la madurez y el macho proveedor y la inocencia y las travesuras de los niños. Lo confieso: me encantan. Por eso, al ver a Aníbal entre los estantes llenos de figuritas de acción y sets de cowboys y piratas, no pude evitar pensar en lo atractivo que me parecía ese “algo” entre su sonrisa, el hecho que no olvidara mi nombre y su seudo paternidad.

¿A ustedes les pasa algo parecido?


martes, 23 de junio de 2009

Los hombres atractivos y los buenos

Casi en todos los blogs de mujeres que he visitado en algún momento les da por escribir sobre el típico dilema femenino entre los chicos malos y rudos, pero que usualmente nos hacen sufrir, y los buenos que nos ofrecen el paraíso terrenal, pero que son fomes.

Todas soñamos con el hombre ideal, esa especie de mezcla perfecta entre un orangután y un príncipe, un tipo alto y gimnástico que será capaz de hacernos gozar en la cama, sintiéndonos sucias y libidinosas, pero que, al mismo tiempo, nos abrirá la puerta del auto y nos retirará la silla en el restaurant.

Porque para qué estamos con leseras, si igual nos gusta que nuestro hombre tenga ese tipo de gestos caballerosos. Siempre hay unas cuantas mujeres que, según ellas, reivindican los derechos femeninos y lo encuentran machista, pero la verdad, es que yo todavía no he conocido a ninguna mujer que se sienta vulnerada o pasada a llevar porque la traten bien. Bueno, quizás la Andrea, pero ella es un caso especial.

Lo que pasa es que no nos gusta que nuestro macho alfa sea excesivamente atento porque eso nos genera sospechas. Alguien demasiado educado, demasiado obsequioso, demasiado comedido como que inmediatamente nos baja el termómetro. Tiene que tener un par de gramos de brutalidad (bien aplicada eso sí) para que nos haga sentir bonitas y deseadas.

Con Julián, por ejemplo, yo tenía a mi hombre educado y fome. Julián es del tipo de hombre ultra ordenado y meticuloso. Todo en su departamento está en su lugar, limpio y pulcro; más encima tiene una fijación con el color blanco. Mientras estuvimos casados, no di mi brazo a torcer y traté de que la casa que compartíamos fuera lo más acogedora posible, pero desde que vive solo, el departamento que ocupa pare0ce una extensión de su consulta (es odontólogo): blanco, impecable y con olor a desinfectante mezclado con glade.

Y hasta en la cama era así. Lo juro. Para él sexo era igual a cama, creo que jamás se le pasó por la mente que lo hiciéramos en otro lugar. Además tenía una fijación con todo lo que eran secreciones corporales: una vez llegó a cambiar las sábanas de la cama porque las había manchado con semen.

Simón, en cambio, es nada que ver es fresco, patudo y entrador. Una vez me invitó a cenar a un restaurant medio cuico, yo iba toda perfumada y escotada y mientras el mesero nos traía nuestro pedido comenzó a acariciarme las piernas por debajo de la mesa y a decirme cosas subidas de tono. No sé cuántas horas estuvimos en el restaurant, pero se me hicieron eternas porque no hallaba las horas de llegar a su departamento y sacarle la ropa.

Lo que es yo, todavía no soluciono mi dilema, a veces pienso que las mujeres nos compartamos como un péndulo que está en constante oscilación entre uno y otro extremo.

martes, 16 de junio de 2009

A los hombres les gustan las chicas malas

Es cierto, yo caí en la tentación, pero él también. ¿Qué les pasa a los hombres que no pueden resistirse a una chica mala? Todavía no me lo puedo explicar, bastó que yo fuera seca, cortante y pesada con Simón para que llegara a la puerta de mi departamento como el dios del amor. ¿Será que les gusta que los traten mal?

A los hombres les encanta decir que somos difíciles y que nos gustan los chicos malos, pero ¿y ellos? ¿Acaso no hacen lo mismo?

Es cierto que lo digo porque ahora me pasó, pero no en pocas conversaciones con amigas ha salido el mismo tema. Cuando ellas ya daban la relación por muerta y mandaban al perico a buena parte, ellos volvían, cual perros arrepentidos, llenos de amor y promesas.

La conclusión fácil es que a los hombres les gustan las chicas malas o por lo menos las chicas que los tratan mal. Les gusta que ocupemos de vez en cuando un tonito más indiferentón, que a veces no los pesquemos o nos hagamos las distraídas, que los tratemos con la punta del pie y los ignoremos delante del resto. ¿Será tan así? A veces pienso que una dosis infinitesimal de vez en cuando hasta ayudaría en la relación.

Al público masculino que lee estas líneas le pregunto ¿qué tanto de ciertos tienen estas reflexiones locas?

Y al femenino le pregunto: ¿Les ha pasado algo así?

miércoles, 10 de junio de 2009

La envidia

La semana pasada hablé sobre Catalina, mi Némesis, y la mayor parte de los comentarios que me llegaron se refería a lo mala que era la envidia y a que es un sentimiento que deberíamos desterrar de nuestro corazón.

Concuerdo en que la envidia es un sentimiento que puede causarnos mucho daño, pero no creo que tengamos que evitar sentirla. Creo que la envidia es una emoción natural en el ser humano y que todo depende de que la canalicemos de buena manera. Yo creo que todos alguna vez hemos sentido envidia, aunque la hayamos desechado rápidamente del corazón, simplemente porque somos seres humanos y estamos lejos de la perfección y la santidad.

Lo que pasa es que desde chicos nos enseñaron que hay emociones “malas” que no deberían sentirse, como el miedo, la envidia o el odio. Pero que sin embargo casi todos experimentamos en algún momento de nuestras vidas.

En los niños es mucho más natural: ¿quién no envidió los regalos del hermano, o de la vecinita de enfrente, o del compañero de banco en el colegio? ¿Quién no envidió a los niñitos que salían en los comerciales de juguetes en la tele? ¿Quién no envidió a la compañera de curso que era la regalona de la profesora?

Y de más grande, ¿acaso no nos hemos preguntado por qué tal chica consigue mejores partidos que nosotras? ¿Por qué a ella los chicos la sacan a bailar o le conversan y a nosotras no? ¿Por qué tal compañero tiene mejores notas si sabe menos que yo? ¿Por qué ese tipo, que tiene una formación similar a la mía, consigue un mejor trabajo?

Hay veces que incluso la envidia puede convivir con los buenos deseos. Recuerdo cuando recién comencé en el mundo laboral y me costó mucho ser seleccionada por una empresa. A una de las que entonces era una de mis mejores amigas en la Universidad no le costó nada. Cuando me contó me invadió una mezcla de sentimientos: por un lado me sentía muy contenta por ella, la felicité y le deseé lo mejor de todo corazón. Pero por otro sentía que quizás yo (que también había postulado) me lo merecía más por todo lo que me había esforzado. Y la envidié por eso. Un poco, pero lo hice.

Y entonces quise demostrarme a mí misma (y de paso al resto) que yo también podía y puse mi mejor esfuerzo en ello. Entonces me dijeron que eso era una especie de “envidia sana” porque yo seguía queriendo a mi amiga, deseándole lo mejor y a mi me había servido para ponerle más empeño. Pero yo pienso que la envidia es una sola.

Lo que me diferencia de la mina que por envidia le levanta el pololo a sus amigas o el idiota que por envidia le raya el auto al vecino porque es mejor que el propio, es que yo no voy con mala leche porque sé que el otro no tiene la culpa. Lo que me da envidia es el hecho, no la persona. Pero el sentimiento es el mismo.

La envidia, al igual que el amor, es una sola. Somos nosotros los que debemos aprender a manejarla bien. Incluso el amor puede convertirse en un horror si no sabemos manejarlo: los amores malos, enfermizos, dañinos, es convertir lo que debería ser el paraíso en el infierno, las nubes en campos de ortigas. Y sin embargo, no por eso vamos a decir que el amor es malo. El amor sigue siendo la emoción más maravillosa del mundo.

Para mí, tener una Némesis es una forma de canalizar esa envidia, enfocar todo mi deseo de ser mejor, de dar lo mejor de mí misma en una competencia que ocurre sólo en mi cabeza. Mi Némesis ni siquiera sabe que la envidio (y no creo que le importe), pero su mera existencia me permite disfrutar cada pequeño triunfo: si le gano un proyecto a ella, lo celebro. Cuando algunos de mis colegas dicen que prefieren trabajar conmigo, me río maquiavélicamente de ella. E incluso cuando siento que hice un mejor trabajo que ella, aunque no sea reconocido, me siento mejor conmigo misma.

Quizás algún día, tal como pasa en las películas, me haga amiga de Catalina y le cuente todos estos rollos. Puede ser que algún día deje de ser mi Némesis y se convierta en mi compañera. Mientras tanto, la seguiré envidiando y lucharé como si ella fuera el Correcaminos y yo el Coyote.

miércoles, 27 de mayo de 2009

La desconfianza

¿Qué soledad es más solitaria que la desconfianza?
George Eliot

Encontré esa frase hoy y me hizo mucho sentido. Es triste desconfiar porque uno corre el riesgo de quedarse solo y de encerrarse cada vez más en sus sospechas. La desconfianza es como un germen muy difícil de sacar, una especie de virus que puedes controlar, pero no acabar con él, siempre quedarán restos, fantasmas.

La desconfianza en la pareja no se da por el hecho de ser infiel, sino por querer negar verdades obvias o por tratar de convencernos de algo que para nosotros es, evidentemente, una mentira. Yo no sé si Simón realmente tiene (o tuvo) algo con Patty la hamburguesa, pero el hecho de que no me lo haya aclarado bien y que más encima me haya cambiado de tema, me hace dudar de él y de sus intenciones.

La desconfianza no se limita al ámbito de las relaciones amorosas, también puedo desconfiar de una amiga que pasa diciéndome lo bonita y regia que estoy cuando es obvio que tengo kilos de más, unas tremendas ojeras y se me olvidó maquillarme. Es, en el fondo, cuando una careta se vuelve tan evidente que deja ver lo que hay detrás, cuando se deja en evidencia segundas intenciones.

Cuando llega la desconfianza, no hay nada que se pueda hacer para extirparla. Se instala en nuestras cabezas para siempre, como una especie de Pepe Grillo, pero que permanentemente se está cuestionando todo a su alrededor: ¿sólo se estaba tomando un café con Patty? ¿y si era algo más? Pero esa amiga tuya que te dijo que te iba a apoyar y después no apareció ¿será que en realidad no es tu amiga? ¿no te quiere? O peor ¿te querrá hacer daño?

Aprender a vivir con la desconfianza es aprender a convivir con esa vocecita interior que siempre te estará haciendo preguntas y poniendo en evidencia lo tonta que eres al confiar en la gente. Pero también significa aprender a controlarla, a no dejar que esa voz te convenza y a enfrentarla permanentemente con tu razón. No es fácil y no siempre ganamos, pero hay que dar la batalla hasta el final.



 
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