— Ya no quiero más. Llevo menos de una semana y ya me quiero ir.
— Hum.
— ¿Estaré loca? Tengo estabilidad, un buen sueldo, mi propio departamento, mi jefe me tiene súper bien evaluada, hasta me dan facilidades para volver a trabajar... Puedo entrar a las 10 e irme a las 5 para no perder la kinesioterapia...
— El azúcar.
— Toma. Ahora estoy sola, cierto, pero me siento bien, me siento... Sólida, no sé. ¿Será muy loco pensar en hacer mi propia empresa? O sea, tengo plata ahorrada, me falta muy poco para terminar de pagar el departamento, no necesito mucha inversión para lo que quiero hacer.
— Ajá. Acércame el pan.
— Aquí está. O sea, no sé. Me pongo nerviosa de pensar en hacer las cosas por mi cuenta, de partir de cero, la incertidumbre, no sé. Ay, no sé, no sé nada.
— No te mires en menos.
— ¿Ah?
— No puedes decir que no sabes nada. Tienes miedo, eso es todo. ¿Y qué tiene de malo tomar un riesgo de vez en cuando? Eres joven, inteligente, tienes buenas ideas y amigos que te ayudan. Están muy ricos esos sándwiches, ¿los hiciste tú?
Con eso, mi papá da por terminada la conversación de la once familiar. Por supuesto, mi mamá ya no está en la mesa (se fue a hacer no sé qué cosas a la cocina). Como buena madre, ella es la voz de la prudencia: se enfureció conmigo porque me separé de Julián, lloró cuando me fui a vivir sola y tembló de miedo cuando mi papá abrió su consulta privada. No hay forma de hacerle entender que nada es seguro, que nada es para siempre, que nadie tiene la vida asegurada. En el fondo, mi mamá es una ingenua que cree que siendo buena y creyendo en Dios a uno no le puede pasar nada malo en la vida.
Pero mi papá me deja mucho en qué pensar. Es increíble cómo con unas pocas palabras me dijo tanto. Por un lado me reafirmó que yo puedo hacer otras cosas si realmente lo quiero, y por otro lado me dejó con una serie de preguntas: ¿Cuán importante es la seguridad? ¿Vale la pena hipotecar mis sueños por un depósito mensual?
Vale, no son sueños tan ambiciosos: no quiero fundar una multinacional, ni ser presidente, ni siquiera ser millonaria. Pero cuando estudiaba en la universidad soñaba con hacer mi propia empresa, pequeña, da lo mismo, pero en la que pudiera sentirme dueña de mi futuro. Y, lo reconozco, también quiero sentirme una tirana, fustigando a mis socios y empleados para que construyan mi pequeña pirámide.
El problema es que, además de plata, un proyecto así necesita tiempo, mucho esfuerzo, dedicación total. Y quizás signifique abandonar muchas actividades que me consumen tiempo.
Estaba a punto de decir que no sé nada y me acordé de lo que dijo mi papá. Tengo miedo, ese típico miedo que da la incertidumbre, el mismo miedo que tenía cuando me di cuenta de que debía separarme de Julián por mi propia sanidad mental. El mismo miedo que debieron haber sentido los navegantes vikingos antes de zarpar hacia mares desconocidos, al oeste, allá donde se acaba el mundo y viven monstruos horrorosos.
Pero claro, esos son sólo cuentos de las abuelas que no quieren que las abandonemos.

miércoles, 7 de octubre de 2009
Más sabe el Diablo por viejo...
lunes, 3 de agosto de 2009
Sobre infidelidades, mentiras y egoísmo
Tengo una seria complicación con el tema de la infidelidad. Hace once años, cuando estaba en el colegio, yo creía que ser infiel era lo peor que podía llegar a hacer alguien a su pareja: un acto tan terrible que sería imposible de ocultar; una traición tan tremenda que sería imposible volver a mirar a la pareja a los ojos; una herida tan atroz que jamás podría sanar...
Y luego de esto fui infiel. No una, sino muchas veces. No es algo de lo que me sienta orgullosa, pero tampoco me arrepiento ni siento que le debo disculpas a nadie. Julián, que era mi novio de ese entonces, nunca se enteró, y a estas alturas no creo que sea necesario que se entere.
Durante mucho tiempo le eché la culpa a él: a él se le metió en la cabeza la idea de que no podíamos acostarnos hasta casarnos y cuando entré a la universidad y probé de la manzana prohibida, me gustó. Al comienzo tuve mis dudas, por supuesto, y me sentía pésimo cada vez que me acostaba con Juan Luis. Luego terminé con él y traté de volver a serle fiel a Julián, pero me costaba mucho más. Traté de insinuarme, de sugerirle con mi ropa y con sutilezas que tenía ganas de hacerle el amor —porque en realidad llegué a amarlo—, pero él nunca se dio por enterado.
Incluso cuando llegué a preguntárselo directamente, Julián me dijo que debíamos ser pacientes, “que sólo nos faltaban unos años para recibirnos y entonces podríamos casarnos y hacerlo todo lo que quisiéramos”. Yo lo amaba y no quería dañarlo... Pero tampoco podía negar que necesitaba el elíxir del sexo... Es exquisito, embriagante. De hecho, cuando finalmente lo hicimos con Julián, me sentí plena, porque por primera vez sentía que estaba haciendo el amor, y eso me encantó, incluso si Julián era un torpe y yo tuve que hacerme la bebita virgen e inexperta.
Cuando me casé con él, nunca más le fui infiel. De hecho, desde entonces no he vuelto a jugarle sucio a ninguna de mis parejas. Ahora, si no me siento a gusto con alguien o me doy cuenta la relación no está funcionando, trato de enfrentar directamente el problema.
¿Volvería a ser infiel? No lo sé. No puedo decir que “he aprendido la lección”, porque todavía no sé de qué se trataba la lección o cuál es la moraleja. Lo poco que he podido sacar en limpio me lo explicó Óscar con peritas y manzanas: el ser humano es débil y se impone metas casi divinas. No está mal equivocarse, me dijo, lo que está mal es no tomar las precauciones necesarias para que esas equivocaciones no pasen a mayores.
Óscar se refería a mi actitud de pendeja de no usar condones ni pastillas para “forzarme a ser fiel”. Pasé más de algún susto, y hasta hoy no sé por qué santo de esos en los que no creo no quedé embarazada ni me pesqué nada más grave que algún honguito loco.
Otra cosa que me hizo entender Óscar es que, si realmente amaba a Julián y quería casarme con él, no valía la pena contarle todo lo que había hecho. “Eso sería egoísmo”, me dijo, “eso sirve para aliviar la conciencia, pero lo único que harías con eso es que Julián te patearía, porque nunca podría entenderte. La mayor parte de la gente no quiere que le digan la verdad: está pidiendo a gritos que le mientan, que le hagan creer que existen las personas buenas, fieles, correctas y perfectas. En el fondo, todos saben que eso es mentira: que todo acto de bondad tiene algo de maldad y todo acto malévolo tiene algo de bondadoso. Pero somos humanos: nos cuesta ver el mundo en colores”.
domingo, 12 de julio de 2009
Madre hay una sola...
— ¡Ya pues mamá, que están encendidas las velas!
— Espera, espera... ¡Anita María! Llévese los platos a la mesa.
— Mamá... ¡Ven de una vez!
— ¡Ay mijita! Espérate un poco, que tengo las galletitas en el horno.
— ¡Mamá! —mi hermano ya no aguanta más— Son dos minutos, ¡ven!
Por fin sale de la cocina, secándose las manos con un paño. Ana María, la nana, casi se tropieza con ella en la oscuridad del living, iluminado sólo por una velita en forma de signo de interrogación. No sé qué me revienta más los ovarios: el chistecito de la vela, que mi mamá no haya salido de la cocina desde que llegamos, o la típica idiotez que dice la Nacha (mi cuñada) cuando mi mamá por fin apaga la vela:
— Ya, ahora la guardamos para el año que viene.
Risa general más falsa que Judas. Yo sólo sonrío y trato de quedarme cerca de mi prima, tratando de esquivar a Julián.
— Feliz cumpleaños, tía —dice mi ex marido entregándole su regalo.
— ¡Ay, qué amoroso! No tenías por qué...
Por el momento voy a dejar que disfrute, que la pase bien. Pero después voy a conversar seriamente con mi mamá y le voy a prohibir que vuelva a invitar a Julián a cualquier evento familiar... Aunque ya me estoy imaginando la respuesta:
— Pero Ani, es mi cumpleaños y me gusta que vengan todos los que quiero... ¿No estarás celosa de que Julián quiera a su suegra?
— EX suegra, mamá.
— Ay, mijita, pero si todavía están casados...
Afortunadamente, hay suficientes personas con las que puedo conversar sin necesidad de acercarme a él. Los niños se van a jugar a una de las piezas y yo me quedo en el círculo de primos: a la mayoría no los veía en años. A una de ellas, Mariana, la recordaba como una petisa molestosa a la que le gustaba tocar la guitarra y cantarle a todo el mundo: ahora está convertida en una emo de quince años.
— ¿En qué estás, Anaís? —me pregunta uno de mis primos mayores— ¿Tienes hijos ya?
— No —casi agrego “por suerte”.
— Pero las cosas van bien con tu marido...
— Sí, van muy bien: hace más de cuatro años que nos separamos.
Mis primos se quedan atónitos; los que ya lo sabían, le explican al resto las circunstancias. Y Mariana me queda mirando con su único ojo ensombrecido por el maquillaje (el otro está cubierto por su pelo planchado):
— ¡Qué desatinada la tía! ¿Por qué lo invitó?
Quería abrazarla: por fin había alguien que me entendía. Me encogí de hombros.
— Tonteras de madre —respondí—. Creerá que puede hacerme gancho para volver con él...
— A mí me pasó algo parecido —siguió mi prima—: cuando terminé con mi pololo y empecé con mi banda, mi vieja pasaba invitando al pelotudo a tomar once. Al final tuve que echarlo a golpes de baqueta.
Nos reímos de buena gana. Al final, la pasé tan bien conversando de música y pololos con mi prima que ni siquiera me di cuenta cuándo se fue Julián. Lo único que me queda dando vueltas es por qué Mariana, una típica adolescente rebelde, vino al cumpleaños de mi mamá. Mi hipótesis original era que había sido obligada, hasta que me dijo que le había traído de regalo un peluche que ella misma había hecho.
— ¿Te cae bien mi mamá? —le pregunté; Mariana sonrió.
— Cuando mi mamá me prohibió que formara mi banda (me obligó a subir las notas antes), la tía me defendió y me regaló mi primera guitarra eléctrica.
— ¿En serio?
Me quedo mirando a mi mamá: es increíble cómo las personas que uno cree conocer siempre nos terminan sorprendiendo.
Soy la última en irse de la casa. Me quedo ordenando junto a mi mamá. Ella insiste en que me vaya luego, que mañana trabajo y toda la tontera. Cuando por fin me voy a ir, la abrazo fuerte.
— Feliz cumpleaños mamá.
— Gracias, mi amor. Ay, me encantaron las flores que me trajiste... Y los aros, ¡son tan bonitos! Perdona que no te agradeciera antes.
— Está bien.
Siento que en cualquier momento me voy a poner a llorar. Y entonces mi madre remata:
— Bueno, ¿cuándo vuelves con Julián?
martes, 23 de junio de 2009
Los hombres atractivos y los buenos
Casi en todos los blogs de mujeres que he visitado en algún momento les da por escribir sobre el típico dilema femenino entre los chicos malos y rudos, pero que usualmente nos hacen sufrir, y los buenos que nos ofrecen el paraíso terrenal, pero que son fomes.
Todas soñamos con el hombre ideal, esa especie de mezcla perfecta entre un orangután y un príncipe, un tipo alto y gimnástico que será capaz de hacernos gozar en la cama, sintiéndonos sucias y libidinosas, pero que, al mismo tiempo, nos abrirá la puerta del auto y nos retirará la silla en el restaurant.
Porque para qué estamos con leseras, si igual nos gusta que nuestro hombre tenga ese tipo de gestos caballerosos. Siempre hay unas cuantas mujeres que, según ellas, reivindican los derechos femeninos y lo encuentran machista, pero la verdad, es que yo todavía no he conocido a ninguna mujer que se sienta vulnerada o pasada a llevar porque la traten bien. Bueno, quizás la Andrea, pero ella es un caso especial.
Lo que pasa es que no nos gusta que nuestro macho alfa sea excesivamente atento porque eso nos genera sospechas. Alguien demasiado educado, demasiado obsequioso, demasiado comedido como que inmediatamente nos baja el termómetro. Tiene que tener un par de gramos de brutalidad (bien aplicada eso sí) para que nos haga sentir bonitas y deseadas.
Con Julián, por ejemplo, yo tenía a mi hombre educado y fome. Julián es del tipo de hombre ultra ordenado y meticuloso. Todo en su departamento está en su lugar, limpio y pulcro; más encima tiene una fijación con el color blanco. Mientras estuvimos casados, no di mi brazo a torcer y traté de que la casa que compartíamos fuera lo más acogedora posible, pero desde que vive solo, el departamento que ocupa pare0ce una extensión de su consulta (es odontólogo): blanco, impecable y con olor a desinfectante mezclado con glade.
Y hasta en la cama era así. Lo juro. Para él sexo era igual a cama, creo que jamás se le pasó por la mente que lo hiciéramos en otro lugar. Además tenía una fijación con todo lo que eran secreciones corporales: una vez llegó a cambiar las sábanas de la cama porque las había manchado con semen.
Simón, en cambio, es nada que ver es fresco, patudo y entrador. Una vez me invitó a cenar a un restaurant medio cuico, yo iba toda perfumada y escotada y mientras el mesero nos traía nuestro pedido comenzó a acariciarme las piernas por debajo de la mesa y a decirme cosas subidas de tono. No sé cuántas horas estuvimos en el restaurant, pero se me hicieron eternas porque no hallaba las horas de llegar a su departamento y sacarle la ropa.
Lo que es yo, todavía no soluciono mi dilema, a veces pienso que las mujeres nos compartamos como un péndulo que está en constante oscilación entre uno y otro extremo.
domingo, 31 de mayo de 2009
Fue un simple topón
— Eres muy linda.
— G-gracias —sentí que mi cara estaba a cien grados.
— ¿Quieres pololear conmigo? —dijo, acercándose a mí, mientras bailábamos “Back For Good” de Take That.
— ¡Ay, Julián! No sé... —lo miré y me derretí: quería que ese hombre me besara, que me arrancara la ropa y me tocara todo el cuerpo— Sí. Me gustaría.
— ¿Puedo darte un beso? —dijo con voz agitada, llena de felicidad.
— Me... me encantaría.
Fue un simple topón. Yo abrí la boca, esperando su lengua, pero no pasó nada. En ese entonces yo me sentía una experta en besos, pero Julián era francamente fome. Ahora entiendo que eso era un mal presagio: tardé más de 3 años en convencerlo para que hiciéramos el amor. Y eso que conseguí que lo hiciéramos antes de casarnos.
Julián viene de una familia tradicional: descendiente de alemanes, el concho de la familia, es de los que va a misa todos los domingos con la mamá y luego almuerza con ella. Incluso al comienzo de nuestra relación, y aunque nunca me he sentido muy cerca de Dios ni de mi ex suegra, solía acompañar a Julián a la misa dominical de vez en cuando.
En el colegio, Julián era el mejor partido de su generación: todas las niñas de la media andaban detrás de él y yo no era la excepción. No sé por qué se fijó en mí: nunca me he considerado muy bonita, ni muy brillante. Mis notas eran buenas, pero no excepcionales. Él estaba en cuarto medio y yo en segundo cuando nos conocimos. Nos cruzamos en un par de fiestas, bailamos algunas veces, conversamos trivialidades y de pronto, cuando compartíamos nuestro primer lento, me pidió pololeo.
De inmediato pasé a ser el blanco de la ira de todas las minas de la media: Julián nunca había pololeado, ni siquiera había dado un beso, y un lunes de primavera llegamos juntos de la mano. Desde entonces, mi vida en el colegio se convirtió en un infierno: las minas se hacían amigas mías para acercarse a Julián, coqueteaban con él frente a mis ojos, y pasaban pelándome a mis espaldas. Lo más suave que escuché de rebote fue que “Julián estaba conmigo por lástima”.
Oriana, la niña más linda de la media era, de lejos, la que estaba más furiosa. En una ocasión, mientras yo estaba en el cubículo del baño, entró Oriana con sus amiguis.
— ¿Viste cómo te miraba las pechugas el muy fresco? —lanzó una mina con su voz permanentemente disfónica.
— Ay, sí. Ese Julián es un carepalo —reconocí la voz de Oriana—. Mira que pololear con la pajarita y andar mirando pechugas ajenas... Atroz.
— No les doy más de dos meses —espetó una tercera—. Se viene el verano y ella no va a tener cómo competir.
— Sí, pobrecita —concluyó Oriana—. Ella no tiene la culpa de ser tan poco desarrollada.
Salieron inmediatamente después de ese breve diálogo, lo que dejaba en evidencia que ellas sabían que yo estaba ahí. Pero habían conseguido su objetivo: en ese momento me estaba tocando las pechugas.
viernes, 29 de mayo de 2009
En la escena del crimen
- ¿Por qué esa cara?
- Nada -dije, mientras miraba la mesa donde había pillado a Simón con la rubia maldita-. ¿Tenía que ser en este lugar?
- ¿No te gusta? Es el mejor café de El Bosque. Sirven un capuchino estupendo. Ya te pedí uno.
Bueno, ese es Julián. Llegó cinco minutos antes al local (el mismo café donde vi al muy hijo de puta con Patty la hamburguesa), con su terno impecable, el peinado lengua de vaca; me acomodó la silla apenas llegué. No ha cambiado nada en todos estos años.
- Aquí están los papeles -le pasé la carpeta y el lápiz, tratando de cambiar rápido de tema-. Fírmalos, por favor. No quiero seguir hueveando con la Isapre.
- Ya veo -dijo mientras sacaba sus anteojos y se los ponía en la nariz, con ese gesto típico que tanto me gustaba; se puso a hojear los documentos, los guardó y se sacó los anteojos-. Déjame llevárselos a mi abogado y él te dirá si están en orden.
- Pero... ¡Los necesito para la semana que viene!
- ... Supe que tienes algo estable con alguien, te felicito. ¿Cómo va eso?
Me estaba clavando las uñas en las palmas de las manos de tan enrabiada que estaba. No sólo seguiría evitando el tema del divorcio, sino que además me estaba espiando. Pero no me rebajaría a contarle mis penas de amor a mi ex.
- Muy bien. Llevamos casi tres meses. Es un tipo divertido y muy atento, alguien con quien una podría proyectarse.
1-0. Noté inmediatamente el gesto de celos de Julián: esa típica mueca que hace con las comisuras cuando hieren sus sentimientos.
- Me alegro por ti, Any.
- Anaís -le escupí; detesto mi apodo del colegio.
- Deberías tener cuidado con ese Simón: le llueven las mujeres y no sabe decir que no.
1-1. Lo estaba reconociendo: el muy pendejo me espiaba. “Cálmate”, me dije. “Obviamente, él lo conoce, pero no dejes que se entrometa en tu vida. Hazte la desentendida. No dejes que note que te importa”.
- ¿Y cómo sabes eso? ¿De dónde lo conoces?
2-1 por autogol. “So pelotuda”, me dije.
- De odontología, es un ex compañero que se cambió a publicidad. Decían por ahí que tuvo problemas por meterse en demasiadas bocas ajenas, ja ja ja. Nos encontramos hace un par de semanas: fue a mi consulta y lo reconocí. “Estoy saliendo con una minita de lujo”, me contó. No me costó mucho sacarle el nombre. Ese tipo no es bueno para ti, Any. Te va a romper el corazón.
Me estaba ganando por goleada y no estaba consiguiendo nada: Julián seguía pateando lo de los papeles, descubrí que me estaba espiando, me confirmó que Simón es un mujeriego y además le estaba dando lástima. No tenía nada más que hacer ahí, así es que emprendí la retirada.
- Mira, Julián, no quiero perder más el tiempo. Si no vas a firmar los papeles, no tengo nada que conversar -me puse de pie.
- Pero, ¿y tu café?
- No importa. Igual no creo que sea tan bueno -dije, retirándome indignamente.
jueves, 21 de mayo de 2009
El abrazo que necesitaba
Son las tres de la mañana y todavía estoy llorando, aunque ahora me siento más tranquila. Óscar está durmiendo en el sofá, con el vaso de pisco en la mano; lo llamé porque ya no aguantaba más. El ver a Simón tan coqueto con una tipa regia, la infinidad de rollos que me pasé, sentirme una cornuda y para más remate que cuando le conté a Angie, ella me reprochó que dudara de él, y me sacó en cara todos mis traumas reales o ficticios.
Me sentía sucia, me sentía sola, me sentía una mierda. ¿Por qué nadie cree que me estaba engañando? ¿Me habré equivocado?
Más encima, ayer llamé a Julián para que arreglemos de una vez por todas los papeles del divorcio y escurrió el bulto... para variar. Me invitó a cenar el martes que viene, para que lo conversemos.
- ¿Dónde? - le pregunté
- En el ‘Como agua para chocolate’ - me dijo el muy maricón, como si yo no supiera que me invita allá para hacerse el lindo conmigo, para tratar cualquier tema menos el puto divorcio.
- ¿Sabes, Julián? En realidad tengo demasiada pega la semana que viene así es que dejémoslo para después.
Se despidió torpemente y yo casi rompí el teléfono cuando le colgué.
Fue entonces cuando llamé a Óscar y me puse a llorar como adolescente que acaba de ser pateada. Y él, como siempre, no me hizo ninguna pregunta, no me prohibió las lágrimas, sino que pasó por la botillería y se vino directo al departamento. Me abrazó, escuchó todo mi melodrama, luego tomamos un Alto del Crimen entero, nos contamos chistes, cantamos karaoke y me puse a llorar de nuevo, y Óscar me tuvo entre sus brazos hasta que se durmió.
Por cierto, está decidido: hablaré con Simón y dejaré de pasarme rollos.
jueves, 14 de mayo de 2009
El origen de todo
Tengo 28 años y soy separada. Lo dije y qué, como diría cierto personajillo de la TV. Tengo 28, soy profesional y tengo un buen trabajo, sin embargo no he logrado equilibrar esa vida profesional exitosa con una vida emocional exitosa.
Me separé hace casi 5 años y desde entonces es como si hubiese tirado todos los contrapesos por la borda. Emocionalmente hablando claro, porque mientras eso que llaman corazón se debate entre hacerse monja o hacerse el harakiri, la Anaís profesional se pasea con su blusa provocativa, su falda ajustada y sus zapatos de taco, por oficinas alfombradas y gerencias varias.
No, yo no soy la femme fatal, aquel típico personaje de serie nocturna enfundada en un trajecillo chanel, seductora y comehombres. ¡Ojalá los hombres me llovieran así! En cambio, suelo relacionarme con puros pasteles.
Tampoco respondo al estereotipo de la mina de familia que busca desesperadamente casarse. Debe ser porque ya estuve casada. Aunque mi ex parece que todavía no se da cuenta que hay que conjugar el verbo en pasado. A veces me trata como si todo siguiera igual que antes, como si siguiera siendo “su chica”, aquella niña ilusa de segundo medio que se enamoró perdidamente del churrazo del colegio.
No, claramente hace tiempo que dejé de serlo. Aunque no sé exactamente cuándo… quizás fue cuando entré a la universidad y supe que hasta entonces había estado viviendo en una burbuja donde todo era brillante y rosado. En la universidad descubrí que esa niñita bien podía convertirse en la perra más sucia… y me gustó.
Lo tomé como parte de un crecimiento traumático, de una rebeldía pasajera. Y volví con Julián, nos casamos y jugamos a que yo era Barbie y el Ken y teníamos una vida soñada. Éramos jóvenes y pronto seríamos profesionales. Nos amábamos, sí. Yo lo amaba y realmente pensé que a su lado sería feliz.
Debería haber escuchado a mi abuela Irma. Ella pensaba que, en efecto, Julián era un buen chico y que ése era su mayor problema. “Mijita”, me decía cuando yo recién llevaba un par de meses como su polola y gritaba a los 4 vientos que me quería casar con él, “mijita, Juliancito es un amor, pero se nota a la legua que jamás le ha visto el ojo a la papa. Usted es joven, necesita vivir la vida y no jugar al papá y la mamá con ese mocoso metido en el cuerpo de un hombre”.
Sabia como siempre, vio mucho antes que yo el gran defecto de Julián: su dulzura empalagosa, su carácter de Peter Pan no asumido y su cartuchez crónica. A mí, en cambio, me costó 6 años de mi vida darme cuenta y otros 2 asumirlo.
No me importa tanto equivocarme como no volver a tropezarme con la misma piedra. Ya una vez intenté que todo fuera perfecto y me di cuenta que no se podía. Ahora no me interesa tener una vida perfecta, sino una con la que yo me sienta feliz.



