Estuve de cumpleaños y entre mi celebración personal y la celebración del triunfo de Chile y su clasificación al mundial, me pasé el fin de semana de carrete en carrete. Celebraciones varias con amigos, la llamada del ex, el almuerzo familiar de rigor, sobrinitos saltando a mi alrededor y regalándome sus dibujitos garrapateados y besos inesperados.
Gracias a todo eso, hoy día amanecí con unas ojeras que me llegan al suelo y un dolor de cuello atroz. Pero no me puedo quejar, lo pasé estupendo, hasta se me olvidó el leve dolor que me queda en la pierna y todo fue alegría y risas. Y algo más...
La celebración partió el jueves con un happy hour al que fuimos después de la oficina y en el cual, pese a todas las risas y brindis, no pude evitar echar de menos a Angie. Creo que a todos nos pasó lo mismo, pero nadie quiso sacar a relucir el tema, supongo que para no aguarme la fiesta.
En todo caso Angie me había llamado temprano para saludarme y habíamos quedado de vernos el viernes, junto con otros amigos, entre los que llegó sorpresivamente (cada vez menos sorpresivamente, la verdad) Aníbal. Lo pasé increíblemente, me sentí como de 20 otra vez y me olvidé que estaba celebrando mi cuasi entrada a mi cuarta década de vida. Me desaté bailando y poco me importaron las advertencias de Óscar en relación a mi pierna todavía en recuperación. Después de todo estoy de cumpleaños una vez al año no más y hay que celebrarlo ¿no?
Nos habíamos juntado en el departamento de Andrea temprano para dejar todo listo. Óscar, el muy traidor, no me dijo que también había invitado a Aníbal en una abierta y descarada colusión con Andrea. Fue de los primeros en llegar con un ramo de flores magnífico y un paquetito que resultó traer un pañuelo de seda rosa para mí. Juro que jamás en mi vida me he sentido tan contenta por un regalo así. Incluso me reté a mí misma para no poner cara de tontorrona, pero me resultó poco y alcohol conspiró para que mis aires de mujer indiferente quedaran en nada. Lo confieso: no sé qué hora sería, pero era tarde, estábamos en lo mejor de la fiesta con Óscar gritando que le daba lo mismo que reclamaran los vecinos por el ruido cuando, entre un bailecito y otro, Aníbal me robó un beso. Y me gustó.
Me sentí como una quinceañera en su fiesta de graduación. Es cierto, me sentí liviana, torpe y feliz, pero algo cambió. Hubo veces que sentí una sensación parecida con Simón, pero en ese entonces yo estaba con la idea de que encontraría al hombre de mi vida. Ahora no. Me encantó cómo fue y todo, pero mi felicidad se detenía en el instante, sin proyecciones ni castillos en el aire. Lo disfruté y hoy es otro día donde todo puede cambiar.
Sí, es cierto, me gustaría que hubiera algo más, pero (por el momento) no voy a mover ni un dedo para que resulte. Siento que en este momento de mi vida mis prioridades son otras, que tengo que rearmarme como mujer y como profesional, que tengo que trabajar por alcanzar mis sueños y ser feliz yo sola primero antes de embarcarme en una relación.
En mis últimas (y fracasadas) relaciones, yo lo he tratado de hacer todo, he dedicado tiempo y energía a empresas inciertas, donde el otro socio jamás me respondió. Ahora quiero primero velar por mi bienestar, por mis proyectos y por mi felicidad, esos son mis propósitos para este nuevo año que para mí huele a fin de ciclo, a entrar en los 30 como una nueva Anaís, más reconciliada consigo misma, más verdadera y más plena.
Y bueno, si hay por ahí un tierno galán que me quiera conquistar no me opondré en lo absoluto, pero dejaré que trabaje un poco más de lo habitual...
martes, 13 de octubre de 2009
Casi 30: celebraciones y confesiones
lunes, 28 de septiembre de 2009
Sueños postergados
—¡Hola Angie! Qué bueno verte. ¡Te ves estupenda! ¿Qué te hiciste?
—Me... me echaron de la pega.
Yo me quedo con la sonrisa de idiota pegada en la cara. Mi amiga me abraza y por fin se larga a llorar y me moja el hombro con mocos y lágrimas, y me convulsiona entera con sus pequeños hipidos y yo la abrazo y la acuno y no sé qué decirle.
Era un secreto a voces: todos hablaban de que el jefazo quería cerrar el departamento de asesoría psicológica y contratar servicios externos. Pero también lo habíamos estado escuchado desde hace más de un año, así es que nadie se lo tomaba en serio. Hasta que vino el lobo.
Así es que ayer salimos con Angie para darle ánimos y nuevas ideas. En el camino se nos unió Óscar, Andrea e incluso Aníbal, que ya no sé cómo hace para estarse apareciendo a cada rato en mi vida sin que lo esté llamando (unos días atrás me lo encontré de nuevo en el supermercado, comprando ropa para el “hermano” que adoptó).
—Tienes que tirar pa’ arriba nomás.
—¿Te dieron indemnización?
—Abre tu propia consulta. ¿No nos dijiste que eso querías hacer?
—El viejo es un desgraciado: te echa sólo para ahorrarse unos miserables pesos.
—¿Y no has pensado en formar tu propia empresa de asesorías psicológicas?
Así empezó, más o menos, la conversación. Cuando conseguimos que Angie se calmara y nos contara todo, pudimos ir cambiando de tema hasta que terminamos incluso hablando del debate presidencial y de la desconfianza que nos dan todos los candidatos.
—Si Piñera sale presidente me voy. No sé dónde... Pero me voy a la chucha.
—¡Es que Frei se la pasó viajando!
—MEO es tan pendejo...
—Arrate es del siglo pasado.
—¡Son todos unos conchasumadres y qué bueno que el perro culiao me echó, porque si no me iba yo!
Angie nos deja a todos mudos: jamás la habíamos escuchado lanzar garabatos de grueso calibre y menos en una sola oración. Miro su vaso: el nivel de alcohol no ha bajado más de un dedo. Sin embargo grita, patalea, se ríe e invita a Aníbal a bailar. El pobre apenas puede seguirle el paso: mi amiga está hiperventilada, se mueve como un trompo, acapara las miradas atónitas de todos los clientes (después de todo, es un pub y la música no está muy fuerte).
—Vamos a bailar —dice Angie, después de que Aníbal se derrumba en su silla, agotado.
A nadie le parece mala idea. ¡Hace tanto tiempo que no bailo! Pero en cuanto me pongo de pie me acuerdo de mi muleta y que el médico me dijo que guardara reposo y que aún estoy con licencia y que cuando vuelva a la pega Angie ya no estará allí.
—Los acompaño, pero no puedo moverme mucho —digo por fin.
El resto del fin de semana estuve ayudando a Angie a buscar pega, investigamos sobre la posibilidad de que armara su propia microempresa de asesorías psicológicas y tuve que desempolvar muchas cosas que había aprendido en la universidad respecto a cómo construir una empresa.
Me bajó la nostalgia de todos esos sueños que tenía al salir de la U: yo iba a ser una emprendedora, iba a ser una líder, iba a hacer mi propia empresa, tendría ideas choras, impondría mi estilo... nada de eso pasó y me quedé marcando el paso en la misma empresa donde hice mi práctica. No me quejo, no gano mal ni nada, pero a veces me hubiera gustado saber qué habría pasado si me hubiese arriesgado más, si no hubiese pensado tanto en “nuestra familia” como le gustaba decir a Julián y un poco más en mí, en mis ambiciones.
Mañana se me vence la licencia y no tengo ganas de volver a trabajar...

jueves, 25 de junio de 2009
Me lo advirtieron
"No hagas planes para el fin de semana".
Con su voz profunda y su frase cliché, Simón me dejó clavada al suelo con ganas de gritar como loca. Me llamó ayer en la noche para decírmelo y desde entonces que paso gran parte de mi día pensando en qué va a hacer esta vez, dónde me va a llevar.
En la mañana no pude aguantármelo más y se lo conté a Angie por msn. “A lo mejor te quiere pedir matrimonio. Imagínate, quizás te lleve a un restaurant carísimo en Borderío y te ponga un anillo de oro de la copa de champagne”.
Es cierto, no debería habérselo contado a Angie porque sus expectativas ultra elevadas hacen que cualquier otro panorama palidezca ante la perspectiva de pedir mi mano en un atardecer perfecto y con violines de fondo.
Como necesitaba un poco de realidad, decidí contárselo a Andrea.
- Después de todo lo que te ha hecho no me digas que vas a ir, Anaís Sandiego.
Sonó tan tajante, tan perentoria, que por un momento dudé. Hasta ese minuto mis grandes preguntas se reducían a: 1) ¿qué me pongo? y 2) ¿Adónde me llevará? Ahora, gracias a Andrea, mi mundo se había remecido, había cambiado completamente de dirección.
- ... pero Andrea... cómo le voy a decir que no... debe haber hecho reservas, no sé...
- Eso debería importarte un pito, Anaís. En cambio, deberías estar más preocupada por tu dignidad...
- Ya, córtala, Andrea, yo sabré lo que hago con mi vida, que para eso es mía –Andrea había tocado un punto sensible, se había metido con mi dignidad y eso sí que me sacaba de mis casillas.
- ... ok...
- Además, esto lo hago por mi, ¿ok? Quiero ir para pasar un buen rato, divertirme sin preocupaciones. No es nada personal, ¿ya? – ni yo me la creía.
- ... ok... pero no digas que no te lo advertí.
¿Qué hacer cuando los amigos cuidan de la dignidad de una más que uno misma?
Estoy entre esconderme en Siberia o aperrar no más.
sábado, 20 de junio de 2009
Un tierno happy hour
— ¿Te has dado cuenta de que en todos los mensajes publicitarios las mujeres siempre quedamos como tontas?
— ¿Cómo es eso?
— En los comerciales nuestra felicidad depende de que los hombres nos miren y nos deseen. Así es que debemos vestirnos y desvestirnos bien, debemos maquillarnos, tenemos que seducirlos con la mirada... Todo nuestro mundo gira en torno a conquistar a los hombres. Pero a nadie le preocupan nuestros objetivos profesionales: es como si no existieran.
Esa es Andrea luchando por la discriminación hacia la mujer. Reconozco que estoy de acuerdo con ella en muchas de sus ideas, pero la verdad no me desvelo pensando en eso.
— Pero ¿qué tiene que ver eso con quedar como tonta? Una mujer tiene que ser muy inteligente para conquistar al hombre perfecto.
— Angie, no hay un hombre perfecto, ¡entiende! Son todos unos machistas desconsiderados, incapaces de sentir empatía o de pensar que nosotras tenemos mundo más allá de la pareja.
— Creo que estás generalizando.
— Yo estoy de acuerdo con Angie —interrumpí.
Andrea me miró como si acabara de decirle que me voy a casar con Arnold Schwarzenegger.
— Además le estás atribuyendo demasiado poder a la publicidad. Recuerda que en la publicidad trabajamos con estereotipos y arquetipos. Ni siquiera es cierto que las mujeres en Chile son todas rubias, altas y caucásicas...
— Pero todas quieren ser así: todas se tiñen el pelo, usan taco alto y encuentran que las blancas son más bonitas. Y eso es culpa de la publicidad.
— En eso no estoy de acuerdo. La adoración a los europeos viene de mucho antes. Piensa que durante el siglo XIX todos querían ser franceses... Y entonces no existía fotografía publicitaria.
— Yo encuentro genial que estés luchando por demostrarle a las mujeres que su mundo es más grande que los hombres. A mí, por lo menos, me gustan las mujeres cultas y que piensen más allá del matrimonio y los hijos.
Ese es Aníbal. Tiene un nombre que hace pensar en conquistadores cartagineses y caníbales de película, pero el tipo no podría ser más pacífico. Lo conocí anoche, mientras estábamos en el Happy Hour después de la pega. Es un conocido de Andrea, al parecer el hermano de una de sus amigas. Sospecho que lo incluyó en el paquete porque quiere tentarme para que deje a Simón.
— Me siento discriminada, ¿saben? —Angie no se veía muy contenta— ¿Qué tiene de malo querer casarse y tener hijos? Ese es el orden natural. Hasta Erikson dice que es lo que corresponde de acuerdo a nuestra etapa de desarrollo.
— No me vengas de nuevo con el rollo de ese nazi sexista —Andrea estaba realmente irritada.
— ¿Qué tal si pedimos algo para comer?
Mi genial estrategia para enfriar los ánimos no estaba resultando.
— Me parece que se están yendo a los extremos. Angie, no tiene nada de malo casarse y tener hijos: lo que le molesta a Andrea es que eso sea lo único de lo que hablan las mujeres. Andrea: es importante que la mujer tenga más mundo que el matrimonio, pero no podemos dejar de lado nuestro lado femenino...
— Tienen champiñones salteados, tablas de queso...
— ¿Te das cuenta? Hasta el lenguaje es machista: consideras que esclavizarse con el marido y los hijos es “femenino”.
— Angie, ¿te tinca la tabla que tienen en esa mesa? Se ve muy rica.
— Estás fuera de foco, Andrea: Aníbal se refiere a lo femenino y lo masculino como lo entiende Pilar Sordo, ¿cierto? —si esa era la estrategia de Angie para calmar a Andrea, no le estaba resultando.
— Algo así —Aníbal miró a Andrea, conciliador—. Lo que quiero decir es que igual tenemos que procrear y todo se puede hacer más fácil si el hombre también se encarga de la crianza.
— Yo voy a pedir los quesos. Me da lo mismo lo que quieran ustedes, pero yo quiero comer.
— No sé si te has dado cuenta, querido, pero nunca lo hacen. Al hombre no le gustan los niños. ¿O me vas a decir que tú estarías dispuesto a criar a un chiquillo llorón y manipulador?
— La verdad...
— ¡Eh! ¡Disculpa! — ¿Por qué nos cuesta tanto decir “garzona”? Siempre terminamos buscándola con la mirada, esperando que se dé cuenta, casi por gracia divina, que queremos que nos atienda— ¿Puedes traernos la tabla de quesos con frutos secos que tienen en la mesa del lado?
— No me mientas, Aníbal. Yo sé que no tienes hijos.
— No, no es eso. Adopté un hermano. Salimos juntos todos los fines de semana.
Por primera vez en la noche, Andrea se quedó sin habla.
— Es lo más tierno que he escuchado nunca —dijo Angie con estrellas en los ojos.
— ¡Ah, qué rico! —la mesera acababa de traer la tabla—. ¿Quién quiere comer?
viernes, 5 de junio de 2009
El teléfono es mi enemigo
Viernes en la noche. Estaba echada en la cama esperando que suene el celular. Simón siempre me llamaba los viernes en la tarde para decirme que no hiciera planes para el fin de semana, porque iba a pasar por el departamento para raptarme. Pero pasaron las noticias y el celular seguía mudo.
No es que esté esperando que me invite a algún lado para reconciliarnos, no soy tan patética. Quiero que me llame para darme una explicación, quizás pedirme perdón, y cuando lo haga lo voy a mandar a la mierda.
De pronto comenzó a sonar el teléfono fijo. ¿Sería Simón? Quizás me llamaba a la casa primero, para ver si estaba aquí. “No le voy a contestar al tiro”, pensé. “Voy a dejar que suene unas tres o cuatro veces antes: no le voy a dar el gusto de mostrarle que estaba esperando su llamado”. Me paré, fui tranquilamente junto a la mesita del teléfono, esperé cuatro rings y tomé el auricular.
—¿Aló?
Levanté justo para oír que alguien colgaba al otro lado. Quería romperme la cabeza con el teléfono por no haberlo levantado un ring antes. Con los nervios de punta, me eché de nuevo en la cama. No alcancé a relajarme cuando empezó a sonar el teléfono otra vez. Corrí y lo levanté antes de que sonara el segundo ring.
—¿Aló? —estaba visiblemente agitada.
—Buenas noches —me respondió una voz masculina—, ¿hablo con Anaís Sandiego?
—Con ella —traté de reconocer la voz—. ¿Y tú eres...?
—Raimundo Fernández, de Compañía Telefónica. Estoy ofreciendo una excelente promoción de telefonía más banda ancha. Dígame señora, ¿usted tiene computador?
—Sí, claro.
—Se nota que usted es una ejecutiva joven, emprendedora, que necesita de una conexión a Internet rápida y segura, y Compañía Telf...
—Oye, ¿me estás llamando a las nueve y tanto de la noche de un viernes para venderme cosas?
—No vendo, señorita: estoy ofreciendo un producto.
—Mira, lo que sea. Dile a tu jefe que no sea idiota, que los deje salir temprano alguna vez. Vayan a ver las noticias a la casa, salgan en la noche... ¿Quién va a querer comprarle porquerías un viernes en la noche?
—Yo no creo...
—Chao Raimundo. Que te vaya bien.
Y colgué. Luego me eché de nuevo en la cama, esperando el maldito llamado. Me estaba sintiendo ridícula: horas echada en la cama, esperando que me llamara alguien con quien no quería hablar. Así es que encendí la tele y me puse a ver el tiempo.
De pronto me despertó el celular vibrando en la mano. Contesté sin tener mucha idea de dónde estaba, qué estaba haciendo o qué programa había estado viendo antes de quedarme dormida.
— ¿Anaís?
— ¿Sí? ¿Qué?
— ¿Estabas durmiendo?
— No... Estaba viendo tele. ¿Angie?
— ¿Estabas viendo tele? ¿Un viernes en la noche? Vamos, Anaís. Estoy con Andrea y Enzo en un pub de Provi. ¿Te tinca si te unes a nosotros?
Por supuesto que dije que sí. Entre pasarla bien con los amigos de la pega y esperar la llamada de Simón...
Pero, ¿y si me llama después?
martes, 2 de junio de 2009
Caso cerrado
“Anaís, te tinca q almorcemos juntas para conversar?”
El mensaje era de Andrea, una de mis mejores amigas y, además, compañera de trabajo. No me habría parecido raro que Andrea hubiese querido almorzar conmigo si antes no me hubiese preguntado como mil veces cómo estaba. Era obvio que por algún medio se había enterado de mi lío con Simón.
No le había querido contar sobre el temita porque sabía que ella me iba a retar. Y con toda la razón del mundo.
Andrea es lo que se llama una mina ‘pro’. Entró a la empresa poco después que yo, pero para entonces ya era una mujer fogueada por la vida. Andrea es combativa y medio feminista, además de trabajar en la empresa, yo no se cómo lo hace, pero asesora a una ONG pro derechos de la mujer. Bueno, si sé cómo lo hace: a costa de su vida.
Andrea es de esas mujeres que vive y muere por su pega. Después de casi 4 años de amistad todavía no puedo determinar si se vuelca a la pega porque no tiene vida o si no tiene vida porque se lo pasa trabajando.
Rara vez nos acompaña a los happy hour de los viernes. Parece que nos encuentra medio pendejos. Viniendo de cualquier otra persona me sentiría ofendida, pero la Andrea es mi amiga. A pesar de que yo ya me había separado cuando la conocí, el proceso fue largo y ella fue una de las pocas personas que, en cuanto llegó, estuvo ahí, apoyándome, siempre al pie del cañón.
Yo no le había querido contar mucho sobre mi relación con Simón porque sabía lo que me diría Andrea: “pero Anaís, ¡otra vez metiéndote con gallos sin futuro! Deja de buscar mujer, que siempre te encuentras con lo que dejó la ola, desarróllate tú y olvídate de los hombres por un rato”. Pero Angie -quién si no- tenía que abrir su bocota.
Cinco minutos antes de lo que me había dicho, Andrea estaba parada delante de mi escritorio quejándose por el alza de la bencina, el tiempo y no sé qué otra cosa más. Me hice una apuesta a mi misma: cuánto se demoraría en sacar a colación el único tema que realmente le interesaba: Simón y yo.
Bastó que nos sentáramos con nuestras bandejas para que Andrea disparara: “Anaís, soy tu amiga, sabes que puedes confiar en mí, cuéntame ¿qué onda con ese tipo?”. No le pregunté quién le había contado, en primer lugar porque ya me lo imaginaba, y segundo porque me sentía un poco culpable de no haberle contado antes. Más que mal es una de mis mejores amigas.
Le conté sobre “mi relación con Simón”, tratando de quedar lo más cool y lo menos patética posible. Pero pese a todo me bastaba mirar a Andrea para saber que estaba pensando (otra vez) que era una mina poco evolucionada que anda con el mazo caza-hombres en la cartera. Su cara de asco cada vez que nombraba a Simón y de algo parecido a la lástima cada vez que le decía que yo igual estaba bien así y que no volvería a sufrir por un hombre, me lo decían todo.
Al final, después de un par de comentarios del tipo “los hombres son todos iguales”, “no valen la pena”, “bien ahí, amiga” y “así se habla Anaís”, me dijo lo que yo realmente estaba esperando: uno de sus tajantes veredictos.
“Amiga, si el tal Simón te mima y es bueno en la cama, aprovéchalo mientras dure, pero ni siquiera sueñes con proyectarte con él”. Tras lo cual miró su plato con la misma cara de asco que antes había puesto cuando le nombraba a Simón y me dijo: “estaba muy cocido el brócoli”.
martes, 19 de mayo de 2009
Colección de decepciones
— Tu problema es que nunca has querido entender a los hombres
El misil de Angie hizo polvo lo que me quedaba de autoestima. Ni siquiera me dejó vomitar toda la bronca que había acumulado a lo largo estos dos días. Su análisis lapidario me dejó con la mierda hirviendo y a punto de llorar.
Según Angie la que tiene el problema soy yo. Yo no me debería haber pasado ese rollo (aún con toda la evidencia en contra), yo soy poco comunicativa, yo debería haber cruzado la calle, haberlos saludado amablemente y hacer que Simón me presentara a la chica.
— Claro, también me faltó pedirle la tarjeta de presentación y anotar su fecha de cumpleaños y su celu para saludarla, ¿no? – le suelto en modo “Chispita te acompaña” en versión día de furia, mientras me empino mi cuarto pisco sour.
Angie no se da por enterada y sigue con su discurso de psicoloca hippie:
— No, no se trata de eso, Anaís. Lo que pasa es que según Erikson tú estás en la crisis de la “Identidad v/s Aislamiento” y todavía no has logrado solucionarla. Tú te empeñas en mantener cerrada tu intimidad, cuando deberías abrirte frente al hombre que te gusta. O si no, nunca vas a poder desarrollar la virtud del amor que...
— ¡Deja de psicoanalizarme!, que si quiero un psicólogo prefiero pagar uno. Vo’ soy mi amiga, hueona — y me largo a llorar mi poco digna borrachera.
Angie siempre tiene buenas intenciones y eso hace que sus consejos sean en un eterno tonito de ‘yo te enseñaré cómo se vive, hija mía’. Quería ayudarme, de eso no tengo dudas, pero la verdad es que habría sido mejor ponerme en modalidad zombie: hacer mi pega, irme a la casa, tratar de dormir, levantarme temprano y volver a la pega para no tener que pensar en Simón.
En vez de eso, invité a Angie a un happy hour. Mientras yo me emborrachaba a base de pisco sour, ella me refregó en la cara mis problemas para comunicarme, mi desconfianza hacia los hombres y mis traumas de separada.
Yo lo único que quería era un abrazo, quería que me dijeran que mi vida no es una colección de decepciones, quería...
¿Y si Angie tiene razón?



