Ok, lo confieso: sucumbí ante Simón… ¿o más bien debería decir que sucumbí ante mis propios deseos?
No entraré en detalles, pero el punto es que no me puedo quejar: fue una noche fantástica. El problema es que otra vez me dejó llena de dudas: ¿estaré haciendo lo correcto? No, no me pidió disculpas ni yo le pedí explicaciones. Me siento como una tarada.
Se supone que con todas estas cosas que hablan sobre el empoderamiento femenino y llamados a rechazar el machismo, yo debería darle una feroz patada en el trasero a Simón y NEXT! Pero no puedo. Lo peor: no sé si quiero.
Todavía me gusta, lo paso bien con él, me resulta terriblemente atractivo y soy capaz de caer como una mosca a sus pies si llega a mi casa con un ramo de rosas y champagne. No estoy orgullosa de mí, eso está claro, pero no puedo evitar sentirme cómoda con él.
A veces pienso que me quedo con Simón no porque lo quiera, sino porque es lo único relativamente serio que he conseguido desde que me separé de Julián. Por soledad. Porque después de 3 años de aislamiento voluntario y otros 2 de relaciones desastrosas y fugaces, quería que alguien me sedujera, quería verme a través de los ojos de otro y encontrarme bonita, quería sentir que alguien se la jugaba por mí.
Pero me doy cuenta de que con Simón tampoco tengo eso. O por lo menos no todo. No me siento especial para él. Así como un día él me abordó y comenzó a coquetear conmigo hasta que logró sacarme mi número telefónico, así mismo lo debe haber hecho con Patty, la hamburguesa… Para él las mujeres somos cosas lindas, placenteras y desechables. A veces siento que nunca me ha tomado en serio.
Nunca ha querido darle un nombre a nuestra relación. Según él “estamos juntos”, no conozco a casi ninguno de sus amigos, así que no sé si me presentaría como “su pareja”, “su amiga” o, simplemente, “Anaís”. Tampoco ha querido conocer a mis amigos por más happy hour a los que lo he invitado. La vez que le propuse que fuéramos a almorzar a casa de mis papás estuvo a punto de lanzarse por el balcón y salir corriendo calle abajo, estoy segura, por mucho que haya intentado disimularlo con un “¿y por qué no lo dejamos para más adelante, linda?”.
Para variar estoy confundida, no sé si jugármela por Simón y continuar con “esto”, este engendro ambiguo y sin nombre que tenemos, o darle una patada que lo mande directamente a la frontera.
miércoles, 17 de junio de 2009
Retroceder nunca, rendirse… tal vez
viernes, 5 de junio de 2009
El teléfono es mi enemigo
Viernes en la noche. Estaba echada en la cama esperando que suene el celular. Simón siempre me llamaba los viernes en la tarde para decirme que no hiciera planes para el fin de semana, porque iba a pasar por el departamento para raptarme. Pero pasaron las noticias y el celular seguía mudo.
No es que esté esperando que me invite a algún lado para reconciliarnos, no soy tan patética. Quiero que me llame para darme una explicación, quizás pedirme perdón, y cuando lo haga lo voy a mandar a la mierda.
De pronto comenzó a sonar el teléfono fijo. ¿Sería Simón? Quizás me llamaba a la casa primero, para ver si estaba aquí. “No le voy a contestar al tiro”, pensé. “Voy a dejar que suene unas tres o cuatro veces antes: no le voy a dar el gusto de mostrarle que estaba esperando su llamado”. Me paré, fui tranquilamente junto a la mesita del teléfono, esperé cuatro rings y tomé el auricular.
—¿Aló?
Levanté justo para oír que alguien colgaba al otro lado. Quería romperme la cabeza con el teléfono por no haberlo levantado un ring antes. Con los nervios de punta, me eché de nuevo en la cama. No alcancé a relajarme cuando empezó a sonar el teléfono otra vez. Corrí y lo levanté antes de que sonara el segundo ring.
—¿Aló? —estaba visiblemente agitada.
—Buenas noches —me respondió una voz masculina—, ¿hablo con Anaís Sandiego?
—Con ella —traté de reconocer la voz—. ¿Y tú eres...?
—Raimundo Fernández, de Compañía Telefónica. Estoy ofreciendo una excelente promoción de telefonía más banda ancha. Dígame señora, ¿usted tiene computador?
—Sí, claro.
—Se nota que usted es una ejecutiva joven, emprendedora, que necesita de una conexión a Internet rápida y segura, y Compañía Telf...
—Oye, ¿me estás llamando a las nueve y tanto de la noche de un viernes para venderme cosas?
—No vendo, señorita: estoy ofreciendo un producto.
—Mira, lo que sea. Dile a tu jefe que no sea idiota, que los deje salir temprano alguna vez. Vayan a ver las noticias a la casa, salgan en la noche... ¿Quién va a querer comprarle porquerías un viernes en la noche?
—Yo no creo...
—Chao Raimundo. Que te vaya bien.
Y colgué. Luego me eché de nuevo en la cama, esperando el maldito llamado. Me estaba sintiendo ridícula: horas echada en la cama, esperando que me llamara alguien con quien no quería hablar. Así es que encendí la tele y me puse a ver el tiempo.
De pronto me despertó el celular vibrando en la mano. Contesté sin tener mucha idea de dónde estaba, qué estaba haciendo o qué programa había estado viendo antes de quedarme dormida.
— ¿Anaís?
— ¿Sí? ¿Qué?
— ¿Estabas durmiendo?
— No... Estaba viendo tele. ¿Angie?
— ¿Estabas viendo tele? ¿Un viernes en la noche? Vamos, Anaís. Estoy con Andrea y Enzo en un pub de Provi. ¿Te tinca si te unes a nosotros?
Por supuesto que dije que sí. Entre pasarla bien con los amigos de la pega y esperar la llamada de Simón...
Pero, ¿y si me llama después?
lunes, 25 de mayo de 2009
¿Es lo que me imagino?
- No es lo que te imaginas – me dijo el muy desgraciado, dándome a entender que era exactamente lo que yo me había imaginado desde un principio.
Hice lo que se supone que debe hacer toda mujer inteligente, progre, independiente y todas esas cosas que les encanta decir a las minas que están pegadas con algún tema: lo llamé.
Lo ensayé mil veces en voz alta y hasta frente al espejo, como si me fuera a estar mirando desde el otro lado de la línea telefónica. Quería que me escuchara lo suficientemente relajada y buena onda como para que pensara que soy una mina moderna, cero rollos y evolucionada, pero a la vez sonar decidida y fuerte.
- ¡¿Quién chucha era esa mina con la que te vi en El Bosque?!
- ¿Cómo?
- El lunes pasado, en un café de El Bosque. Te vi, no te hagai el tonto– mi máscara de mina ‘pro’ ya había mostrado la hilacha.
- ¿Estás segura de que era yo? Porque justo ese día tenía una reunión...
- ¡Bonita tu reunión! ¡Supongo que estaban haciendo un b2b! – no sé si fue en este preciso instante cuando mi dignidad se hizo humo o en realidad se había tomado vacaciones desde el momento mismo en que tomé el teléfono para llamarlo.
- ¡Ahhhh... tú te refieres a la Patty! – me dijo fresco como una lechuga
- ¡¿La hamburguesa?! – risa nerviosa de ‘estoy a punto de asesinarte’.
- Anaís, déjate con esas tonteras de cabra chica, ¿quieres? No es lo que te imaginas…
- ¿Ah no? Entonces ¿qué demonios es? - articulé a duras penas, tratando de pasar de sonar lo más compuesta posible.
Había esperado una semana por una respuesta medianamente coherente y ante mí tenía al tipo más patudo del mundo, creo que hasta lo veía sonreír a través del teléfono sin una pizca de algo parecido al arrepentimiento.
Tres días atrás probablemente mi reacción habría sido mucho más sentimental, apelando a un ‘nosotros’ cada vez más lejano, sin embargo ahora lo que me dominaba era la ira. Ojalá lo hubiese tenido justo frente a mí para sacarle los ojos...
- Patty es la modelo con la que estoy trabajando para el nuevo comercial de la compañía... tú sabes... Business are Business... jeje – rió. Él se reía de lo que para mí era un drama. Una tragedia.
- Ah, la modelo... ¿y qué tenías que estar tú coqueteando con la modelo en un cafecito?
- No estaba coqueteando con la modelo, Anaís. Estábamos conversando sobre el comercial, qué era lo que queríamos de ella... tú sabes...
- No, yo no sé nada. Explícame.
- ¿Sabes qué más? Tus celos de pendeja me cansaron.
Me colgó. Y yo me quedé como una tonta, con el teléfono en la mano, con mil preguntas y otros mil reproches en la boca...
jueves, 21 de mayo de 2009
El abrazo que necesitaba
Son las tres de la mañana y todavía estoy llorando, aunque ahora me siento más tranquila. Óscar está durmiendo en el sofá, con el vaso de pisco en la mano; lo llamé porque ya no aguantaba más. El ver a Simón tan coqueto con una tipa regia, la infinidad de rollos que me pasé, sentirme una cornuda y para más remate que cuando le conté a Angie, ella me reprochó que dudara de él, y me sacó en cara todos mis traumas reales o ficticios.
Me sentía sucia, me sentía sola, me sentía una mierda. ¿Por qué nadie cree que me estaba engañando? ¿Me habré equivocado?
Más encima, ayer llamé a Julián para que arreglemos de una vez por todas los papeles del divorcio y escurrió el bulto... para variar. Me invitó a cenar el martes que viene, para que lo conversemos.
- ¿Dónde? - le pregunté
- En el ‘Como agua para chocolate’ - me dijo el muy maricón, como si yo no supiera que me invita allá para hacerse el lindo conmigo, para tratar cualquier tema menos el puto divorcio.
- ¿Sabes, Julián? En realidad tengo demasiada pega la semana que viene así es que dejémoslo para después.
Se despidió torpemente y yo casi rompí el teléfono cuando le colgué.
Fue entonces cuando llamé a Óscar y me puse a llorar como adolescente que acaba de ser pateada. Y él, como siempre, no me hizo ninguna pregunta, no me prohibió las lágrimas, sino que pasó por la botillería y se vino directo al departamento. Me abrazó, escuchó todo mi melodrama, luego tomamos un Alto del Crimen entero, nos contamos chistes, cantamos karaoke y me puse a llorar de nuevo, y Óscar me tuvo entre sus brazos hasta que se durmió.
Por cierto, está decidido: hablaré con Simón y dejaré de pasarme rollos.



