-¿Qué es esto?
-Tu liquidación.
-Pero si todavía faltan dos semanas...
-No sé yo. Tienes que firmar ahí.
-No pienso firmar: aquí dice que me despiden por incumplimiento de contrato.
-Yo no sé nada, pero tienes que firmar.
Por supuesto, no firmo ni una mierda. Voy a buscar a mi jefe para que me explique qué pasa. Pero el muy cobarde no está en su oficina, ni en ninguna parte. “Está en una reunión muy importante con uno de nuestros clientes”, me dice su secretaria. Le estiro la lengua y averiguo que, además, se llevó a mi reemplazo, el que estaba entrenando. Así es que sumo dos más dos y pienso que más de algún abogado estaría feliz de llevar mi caso a la justicia laboral... Sobre todo ahora que la reforma penal llegó a Santiago.
Más adelante pensaré en eso. Por ahora, tengo asuntos que cerrar en la empresa (no me pienso ir antes de que se cumplan las tres semanas desde que di el aviso), contactos que afianzar y mucho trámite legal que hacer para poder abrir la empresa que estamos creando con Angie, Óscar y Andrea.
Las cosas se han precipitado en la empresa: desde que se supo que me iba, todo el mundo me mira como un bicho raro. Pero al final, todos los que han trabajado conmigo me felicitan por mi decisión y me dan ánimos para emprender mi nuevo camino. Algunos incluso me confiesan que tienen ganas de renunciar desde hace tiempo, pero no se atreven.
Pero la sorpresa más grande me la llevé cuando mi Némesis (que esta última semana se ha quedado con todos los trabajos que me habrían correspondido a mí) se acercó ayer a mi oficina y me preguntó, sin rodeos, por qué me iba. Y le conté. Su respuesta no se hizo esperar.
-Guau, Anaís... Me... Parece muy valiente de tu parte.
-Es decir, lo encuentras una mala idea.
-No, para nada. Tiene mucho sentido. Además, te he visto trabajar: siempre sabes muy bien qué quieres y cómo conseguirlo. Te va a ir muy bien como independiente. Estoy segura.
-Gracias, Cata.
Estaba a punto de salir de la oficina cuando se dio vuelta y agregó:
-Oye... Y si... necesitas una socia... Bueno, no sé. Considérame como una posibilidad. ¿Vale?
Me quedé muda unos segundos. Alcancé a murmurar un incomprensible “gracias” y se fue.
Me queda tanto por vivir, tanto por hacer... Y tan poco tiempo. También podría contar acerca de Aníbal, que estamos saliendo más seguido, que me está aconsejando en la parte logística y que está haciéndome contactos en la empresa donde trabaja. Es algo extraño esto que estamos armando, como un gólem que cada día toma más forma y fuerza, como una bola de nieve creciendo bajo mi control.
Necesito crecer, necesito espacio y tiempo para dedicarlo a mi vida y, desafortunadamente, siento que reflexionar tanto sobre mi vida en este diario me quita energías para vivirla.
¿Es posible eso? ¿Que los escritores sean personas que viven sus vidas a través de sus escritos, de sus personajes porque son incapaces de hacerse cargo de sus propias vidas?
Todos estos meses que llevo escribiendo este diario siento que he vivido más como un personaje que como persona. Que las historias que relato tienen más vida que mis recuerdos. Por ejemplo Simón, que no es más que un accidente en mi vida amorosa, cobra en mis escritos una importancia desmedida. A veces me da vergüenza revisar lo que he escrito y leerme tan melodramática, tan autocompasiva... Y me da pena ver que a las cosas y personas que realmente me importan (las onces familiares, mi papá, Óscar, Andrea, Aníbal) les dedico apenas un par de oraciones o un post efímero.
Quizás por eso he estado escribiendo menos estas últimas semanas.
No sé, lo único que tengo claro es que ya no me siento tan motivada como cuando empecé a escribir, leer otros blogs, responder mis comentarios. Y no es porque no me guste leerlos a ustedes o porque me aburran. Me siento feliz de haberlos conocido, de haberlos sentido tan cerca mío en esta aventura de pocos meses, y seguiré leyéndolo(a)s como siempre. Pero ya no escribiré más en este blog. Y me duele decirlo, porque he conocido a personas maravillosas en este mundo del blog y sé que, aunque trate de no perder el contacto, inevitablemente nos iremos alejando.
Es por ello que quiero enviar un abrazo muy fuerte a quienes me han seguido desde el principio: Blanky, Señorita Morfina, Pau (Señorita Templaria), Beetlejuice Girl, Michelle, Nina Giordano, Saruki, Sandra y, por supuesto, San (Corazón de Nuez), José Carlos y Leslie Miranda. Tampoco puedo dejar de lado a algunos que se sumaron más tarde, pero que he sentido muy cerca mío: Mely, Floripondia, Francisca, Polin, una Nadia, Guadyx...
Podría dedicar una entrada entera a agradecerle a todos los que han pasado por mi blog a mis 56 seguidores y a todos los que me han dejado mensajes hermosos. Me han consolado cuando he estado mal, han celebrado mis alegrías y, sobre todo, me han aceptado y me han querido como soy, con mis grandes defectos, mis tonterías y mis desvaríos.
Me duele terminar este diario, esta tribuna donde tantos me han leído y yo he leído, pero alguien muy sabio me dijo una vez que para que las cosas terminen bien, hay que ponerles un punto final y no hacerle alargues innecesarios (¡Aprendan, guionistas de teleserie!). Si no, lo hermoso es tragado por la indiferencia, por la amargura de tener al muerto pudriéndose en la habitación cuando podría estar enterrado y haberse convertido en un bello recuerdo.
Así es que para cerrar, con el punto final que corresponde para este diario, pero que es sólo un punto seguido en la vida de Anaís Sandiego, les dejo este hermoso cuento de Cristina Peri Rossi.
Un abrazo a todos. Los llevaré siempre en mi corazón.
Con amor,
viernes, 30 de octubre de 2009
Hasta siempre, blogspot
miércoles, 21 de octubre de 2009
De cierres y bienvenidas
-¿Qué es esto?
-Mi renuncia.
-Anaís, ¿es broma, verdad?
-No. Es en serio. Muy en serio.
Mi jefe está boquiabierto, casi parece destruido.
-Anaís, pero... No puedes irte, te necesitamos más que nunca...
-No me voy de inmediato. Me quedo otras tres semanas para que tengan tiempo de contratar un reemplazo.
-A ver, no se trata de eso. Tú llevas muchos años en la empresa, sabes cómo se hacen las cosas y no podemos dejar nada al azar.
-Lo sé. De hecho, me tomé la molestia de buscar a alguien muy capaz que podría reemplazarme, si en verdad necesitas un reemplazo. Puedo capacitarlo estas semanas.
-Mira, si es un problema de cuánto ganas, podemos discutirlo. Pero no sé si se pueda aumentar mucho más, tienes que entender que tienes un buen ingreso para tu puesto...
-No se trata del sueldo.
-¿Te hizo una oferta la competencia?
A esas alturas, mi jefe me ve como una traidora: casi me lo imagino revolcándose en el suelo, cual Julio César, mientras exhala un “¡Tu quoque fili!” entre gárgaras de sangre. ¿Cómo explicarle que abandono la seguridad de mi pega para empezar yo mi propio negocio? ¿Porque quiero volar con mis propias alas? ¿Porque creo que las asesorías psicológicas son un buen negocio y quiero trabajar con Angie y con Óscar?
Tengo dos amigos cesantes, buenas ideas, algo de capital ahorrado y ganas de hacer cosas por mí misma. E incluso tengo un jote revoloteando por ahí que me apoya y no ve mis desvaríos como locura.
Aníbal. Salimos el fin de semana. Esta vez él no me robó un beso, ni siquiera intentó acercárseme. Simplemente nos contamos nuestra vida: él es apenas unos años mayor que yo, pero parece que hubiese vivido tres de mis vidas. Hijo de madre soltera, se sacó la mugre estudiando para poder entrar a la universidad. No tenían buena situación, pero tampoco les faltó nunca qué comer, aunque sólo recibía ropa como regalo de cumpleaños y Navidad. Finalmente, se tituló de ingeniero --era el sueño de su mamá--, pero ella falleció de cáncer poco después de que consiguiera su primer trabajo como ingeniero.
Y aunque la ha pasado muy mal en su vida y su papá apenas se apareció un par de veces, él no le guarda rencor y anda siempre con la cabeza en alto, feliz. Y, debo reconocerlo, a mí me fascina su vitalidad, su sonrisa y su fortaleza para enfrentar la adversidad.
¿Va a entrar en mi vida? No sé todavía. Antes quiero volver a sentirme bien conmigo y desearía que él me esperara. Fue algo que quedó implícito en las conversaciones que tuvimos. Y parece que me va a esperar.
A mí, él me interesa. Y mucho. Pero me interesa mucho más dedicarle toda mi fuerza y energías a sacar adelante el proyecto que tengo. Y aunque sé que va a ser difícil y que probablemente me voy a caer varias veces, tengo fe en que lo voy a conseguir.

jueves, 17 de septiembre de 2009
Un beso de despedida (segunda parte)
-¿No te gusta como te acaricio?
-No es eso.
-¿Te molestan mis atenciones?
-Tampoco. Mira...
-¿Te molesta como te hago el amor?
-No, no es... Espera, sí: ese es uno de los problemas: “me haces” el amor. No “hacemos” el amor.
-¿Ah? ¿Quieres que sea más romántico? No hay problema: puedo ser más romántico si eso quieres.
-Córtala, Simón: no quiero nada de ti. La verdad es que ya no me importas. Quiero ser yo, quiero estar tranquila, quiero ser feliz, y lo cierto es que no te veo en mi felicidad.
-Ah, ¿entonces ya tienes planificado cómo vas a ser feliz? Eso es tan típico de las mujeres.
De pronto siento como si me hubiese topado de frente con la versión masculina de Andrea: un cavernícola convencido de estar luchando en la guerra de géneros y que, para triunfar, debe llevarse a la cama a la mayor cantidad posible de féminas. Acaricio mi celular, oculto en mi regazo, lista para hacer el discado rápido y convocar a mi caballero en armadura.
-Creo que por fin te estoy entendiendo, Simón. Crees que esto es una pelea, ¿verdad? Crees que hay una guerra de sexos y vas a usar todas tus estrategias para ganarla, ¿cierto? Me das pena, Simón, en serio. De tanto que buscas entender a “las mujeres” eres incapaz de conocer a LA mujer que tienes delante tuyo, que, a su manera, te quiso, y que, por un momento, se proyectó contigo.
No sé qué me pasa esta tarde, pero siento como si se hubiese abierto una puerta en mi cabeza y ahora entiendo todo con mucha facilidad. Ahora que lo estoy entendiendo, siento como si se hubiese roto en mil pedazos el halo de misterio que lo envolvía y que tanto me fascinaba antes. Ahora lo veo como lo que es: un niño inseguro, incapaz de despertar amor y que, para no sentirse solo, se dedica a coquetear con todas las mujeres que se le cruzan por el camino.
-Ese es el problema, ¿ves? Todas ustedes quieren proyectarse: son incapaces de vivir el momento. ¿Por qué no puedes simplemente disfrutar lo que estamos viviendo y olvidarte de lo que pase después?
-Es una pena que no lo entiendas -aprieto el botón: Óscar debe estar a recibiendo mi llamada-. Soy yo la que quiere vivir el momento, por eso te quiero lejos de mi vida. Tú, en cambio, estás pegado repitiendo el mismo esquema una y otra vez, como un ratón en un laberinto.
-Estás demasiado decidida, es obvio que hay otro. ¿Por qué inventas toda esta historia?
Suspiro con hastío. Óscar llega junto a la mesa, saludando nervioso. Aprovecho el instante de confusión para ponerme en pie, apoyándome en la muleta, y decir con un tono firme:
-De acuerdo, tienes razón. Hay otro hombre.
Óscar parece a punto de preguntar quién es cuando, sin advertencia, le doy un beso en la boca. Sus brazos están caídos, pero al segundo me abraza y responde a mis caricias.
-¿Vamos, mi amor? -le digo, tomada de su brazo.
-Por supuesto, querida -dice Óscar, burlón.
Dejo a Simón agarrado a la silla, con la mandíbula caída. Y después de despedirme con un gesto de la mano, no vuelvo la cabeza. Tengo un largo camino por delante y, por suerte, tengo grandes amigos que me apoyan para continuar.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Un beso de despedida (primera parte)
-¿Es en serio?
-Sí.
Simón se ríe y toma otro trago de cerveza. Preferí citarlo fuera de mi departamento, aunque tuviera que llegar con mi maldita muleta: no quiero darle la oportunidad de una reconciliación en mi cama (además, no sé si mi cuerpo podría soportarlo tampoco). Sin embargo, Óscar se negó a dejarme sola y se escondió a cierta distancia, en el local de al lado: si pasa algo, bastará con que le haga un ring con mi celular para que venga a rescatarme.
-¿Por qué? -en su voz se nota que se siente más dolido de lo que quiere demostrar con su rostro sonriente- ¿Hay otro? Dime la verdad: no me voy a enojar.
Ahora soy yo la que se ríe, casi con lástima.
-No Simón, no hay otro. Quiero estar sola.
-¿Por qué? Eso no puede ser.
-¿Ah sí?
-A las mujeres no les gusta estar solas, mucho menos después de haber terminado una relación larga.
De pronto se hace la luz en mi cabecita: por primera vez empiezo a entender a este hombre.
-Querido, creo que el que no puede estar solo eres tú. Yo me las apañé bastante bien después de divorciarme de Julián y no necesité otro clavo para hacerlo. Tú, en cambio, siempre estás tirando carnada en todas direcciones, por las dudas.
-A ver, ya te expliqué que no te he sido infiel desde que me tomé en serio lo nuestro...
-Te creo. En serio te creo. Pero estoy cansada de que... “lo nuestro” no tenga nombre, de que estés asegurándote por otros lados, como si te estuvieras preparando para cuando te aburras o te patee.
-¡Eso es algo tan típico de las mujeres! Es mi naturaleza ser coqueto, no puedes pedirme que sea alguien que no soy.
-¿Sabes qué? Tienes razón. No quiero que seas alguien que no eres. Por eso no quiero seguir contigo. Me... molesta como eres, no quiero alguien como tú a mi lado.
Súbitamente me siento bien conmigo misma. Me siento ligera, nueva, como si me hubiese desembarazado de un abrigo viejo, pesado y maloliente que me daba demasiado calor y no me dejaba disfrutar del día.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Conclusiones a destiempo
—Mi amor, te echaba tanto de menos...
—Córtala, Simón. Ya sé que estabas coqueteando con una enfermera.
—Pero, Anaís, ¿cómo puedes decir eso? —su cara de inocencia habría convencido al mismísimo Escrivá de Balaguer.
—Porque la enfermera bonita, esa de pelo oscuro, me dijo ayer: “Qué amable que es tu primo”. Yo le pregunté: “¿Qué primo?”. Y me dijo: “Ese alto, buenmozo, que siempre te trae rosas”.
Simón se ríe y se justifica diciendo que si no hubiese dicho que era mi primo no lo habrían dejado entrar. Yo prefiero quedarme callada y no seguir la discusión.
Ya han pasado cuatro días desde que me dieron de alta y todo lo que pasó desde el momento del accidente hasta que salí de la clínica se me agolpa en la mente como si me estuviera pasando ahora mismo. Las visitas melodramáticas de mi mamá, los hijos malcriados de mi hermano que por primera vez en mi vida me parecieron cariñosos, Julián y sus visitas flash, Simón llamando “suegrito” a mi papá, Simón y Julián discutiendo por mí como dos machitos adolescentes, Óscar, Andrea, Angie, Enzo y Aníbal haciendo un brindis con champaña en mi pieza de hospital, ignorando las reprobaciones de las enfermeras...
Pero lo que más recuerdo son las horas y horas de tedio absoluto. Leía y releía el diario, veía programas de animales en televisión y me acababa tan rápido los libros que me llevaban que pronto me quedaba en silencio, como tonta, mirando por la ventana.
Poco a poco pude reconstruir el accidente: fue, indirectamente, culpa de Simón. Llevaba varios días sin responder mis llamadas y justo ese lunes, después de la pega, conseguí comunicarme con él. Por estar peleando por teléfono no me fijé que, aunque el semáforo acababa de cambiar a verde, había un loco que venía rajado tratando de pasar con roja.
No me pegó de frente, por suerte. Pero me empujó y caí de cabeza a la vereda, según me contó Andrea. Y el muy hijo de puta se escapó.
Según Andrea, yo seguía consciente: me paré y todo. Consiguió un taxi y me llevó a la clínica, perdí el conocimiento y me atendieron súper rápido. Según el médico (que es amigo de mi papá), me salvé por un pelo.
A pesar de todo, no me puedo quejar de Simón: en cuanto se enteró de lo que había pasado, fue a la clínica, entre él y Andrea le avisaron a mi familia y amigos. Me fue a ver todos los días, me llevaba flores, me hizo todo tipo de mimos y atenciones, se conquistó a mi mamá y a todos mis amigos (hasta Óscar quedó, por un momento, fascinado con él) excepto a mi papá, que, aprovechando la confusión de visitas, me dijo al oído: “Es un cabro chico el tal Simón”.
Pero lejos, quien mejor se portó conmigo fue Óscar: se quedaba durante las noches, me llevó mis libros, me compraba el diario y, cuando me dieron de alta, se fue a quedar conmigo.
Bueno, hay que pensar también en que como todavía no tiene pega estable, no puede seguir arrendando y yo le ofrecí quedarse en mi casa. Pero me prepara la comida, asea el departamento, me hace la cama y me acompaña a mis horas con el kinesiólogo.
Y Simón insiste en seguirse apareciendo, como si tuviéramos algo formal. Y a mí me da cada vez más asco. De hecho, ya ni siquiera me gusta que me dé besos. Cuando se lo comento a Óscar, me dice, muy dulce:
—Mientras más te niegas, más caliente se pone el hueón. ¿Vas a hacer algo para cortarlo de una vez?
—No sé.
—¿De qué tienes miedo? —me pregunta mi amigo, mirándome a los ojos; yo no le respondo— ¿Es que acaso crees que nadie más te va a querer o que no hay hombres mejores que ese saco ‘e hueas?
—No es eso... Es que me sentiría malagradecida con todas las atenciones que...
—¿Te gusta? ¿En verdad lo quieres como pareja?
Por supuesto, Óscar sabe mi respuesta. Y también sabe que lo que tengo que hacer lo había decidido hace ya mucho tiempo, pero no me animaba a ejecutarlo: nuestro tiempo es demasiado incierto como para desperdiciarlo en una relación vacía.
viernes, 12 de junio de 2009
Espíritu Andreístico
Nuevo mensaje
de: Simón
“Vamos a cenar mañana?”
Debo haber puesto cara de que me iba a desmayar, porque al tiro Andrea me agarró por los hombros y me preguntó si estaba bien.
— Tu... Tu familia está bien, ¿cierto?
Entonces me sentí patética, como un personaje de novela rosa que acaba de recibir la carta del hombre que creía muerto en el campo de batalla.
— Sí, no es nada grave. Es Simón.
No alcancé a morderme la lengua. Andrea soltó un inexpresivo “ah” y seguimos conversando sobre la presentación para el cliente.
— ¿Qué dijo? — preguntó entre un informe y otro.
— Nada.
— Te está invitando a salir, ¿cierto?
A veces me pregunto si mi amiga no tendrá telepatía.
— Quiere que conversemos.
— No me jodas. Ese no es de los que les gusta conversar.
— ¡Que no es nada, mujer!
— Quiérete a ti misma, Anaís. Mándalo a la mierda.
Luego seguimos hablando de los informes. No volvimos a tocar el tema. Durante el almuerzo, Andrea me miraba con desaprobación, pero no mencionó nada del asunto.
¿Qué tenía que hacer? Hasta ahora, no lo sé. Lo más fácil habría sido ignorar el mensaje. Entonces me puse a pensar en que el pelotudo ese no respondía mis llamados, se desapareció el fin de semana y ahora actuaba como si nada pasara. Tanto me subió la mostaza que me vi invadida por el espíritu andreístico y respondí con mi propio mensaje de texto:
“No tengo ganas”



