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jueves, 17 de septiembre de 2009

Un beso de despedida (segunda parte)

-¿No te gusta como te acaricio?

-No es eso.

-¿Te molestan mis atenciones?

-Tampoco. Mira...

-¿Te molesta como te hago el amor?

-No, no es... Espera, sí: ese es uno de los problemas: “me haces” el amor. No “hacemos” el amor.

-¿Ah? ¿Quieres que sea más romántico? No hay problema: puedo ser más romántico si eso quieres.

-Córtala, Simón: no quiero nada de ti. La verdad es que ya no me importas. Quiero ser yo, quiero estar tranquila, quiero ser feliz, y lo cierto es que no te veo en mi felicidad.

-Ah, ¿entonces ya tienes planificado cómo vas a ser feliz? Eso es tan típico de las mujeres.

De pronto siento como si me hubiese topado de frente con la versión masculina de Andrea: un cavernícola convencido de estar luchando en la guerra de géneros y que, para triunfar, debe llevarse a la cama a la mayor cantidad posible de féminas. Acaricio mi celular, oculto en mi regazo, lista para hacer el discado rápido y convocar a mi caballero en armadura.

-Creo que por fin te estoy entendiendo, Simón. Crees que esto es una pelea, ¿verdad? Crees que hay una guerra de sexos y vas a usar todas tus estrategias para ganarla, ¿cierto? Me das pena, Simón, en serio. De tanto que buscas entender a “las mujeres” eres incapaz de conocer a LA mujer que tienes delante tuyo, que, a su manera, te quiso, y que, por un momento, se proyectó contigo.

No sé qué me pasa esta tarde, pero siento como si se hubiese abierto una puerta en mi cabeza y ahora entiendo todo con mucha facilidad. Ahora que lo estoy entendiendo, siento como si se hubiese roto en mil pedazos el halo de misterio que lo envolvía y que tanto me fascinaba antes. Ahora lo veo como lo que es: un niño inseguro, incapaz de despertar amor y que, para no sentirse solo, se dedica a coquetear con todas las mujeres que se le cruzan por el camino.

-Ese es el problema, ¿ves? Todas ustedes quieren proyectarse: son incapaces de vivir el momento. ¿Por qué no puedes simplemente disfrutar lo que estamos viviendo y olvidarte de lo que pase después?

-Es una pena que no lo entiendas -aprieto el botón: Óscar debe estar a recibiendo mi llamada-. Soy yo la que quiere vivir el momento, por eso te quiero lejos de mi vida. Tú, en cambio, estás pegado repitiendo el mismo esquema una y otra vez, como un ratón en un laberinto.

-Estás demasiado decidida, es obvio que hay otro. ¿Por qué inventas toda esta historia?

Suspiro con hastío. Óscar llega junto a la mesa, saludando nervioso. Aprovecho el instante de confusión para ponerme en pie, apoyándome en la muleta, y decir con un tono firme:

-De acuerdo, tienes razón. Hay otro hombre.

Óscar parece a punto de preguntar quién es cuando, sin advertencia, le doy un beso en la boca. Sus brazos están caídos, pero al segundo me abraza y responde a mis caricias.

-¿Vamos, mi amor? -le digo, tomada de su brazo.

-Por supuesto, querida -dice Óscar, burlón.

Dejo a Simón agarrado a la silla, con la mandíbula caída. Y después de despedirme con un gesto de la mano, no vuelvo la cabeza. Tengo un largo camino por delante y, por suerte, tengo grandes amigos que me apoyan para continuar.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Un beso de despedida (primera parte)

-¿Es en serio?

-Sí.

Simón se ríe y toma otro trago de cerveza. Preferí citarlo fuera de mi departamento, aunque tuviera que llegar con mi maldita muleta: no quiero darle la oportunidad de una reconciliación en mi cama (además, no sé si mi cuerpo podría soportarlo tampoco). Sin embargo, Óscar se negó a dejarme sola y se escondió a cierta distancia, en el local de al lado: si pasa algo, bastará con que le haga un ring con mi celular para que venga a rescatarme.

-¿Por qué? -en su voz se nota que se siente más dolido de lo que quiere demostrar con su rostro sonriente- ¿Hay otro? Dime la verdad: no me voy a enojar.

Ahora soy yo la que se ríe, casi con lástima.

-No Simón, no hay otro. Quiero estar sola.

-¿Por qué? Eso no puede ser.

-¿Ah sí?

-A las mujeres no les gusta estar solas, mucho menos después de haber terminado una relación larga.

De pronto se hace la luz en mi cabecita: por primera vez empiezo a entender a este hombre.

-Querido, creo que el que no puede estar solo eres tú. Yo me las apañé bastante bien después de divorciarme de Julián y no necesité otro clavo para hacerlo. Tú, en cambio, siempre estás tirando carnada en todas direcciones, por las dudas.

-A ver, ya te expliqué que no te he sido infiel desde que me tomé en serio lo nuestro...

-Te creo. En serio te creo. Pero estoy cansada de que... “lo nuestro” no tenga nombre, de que estés asegurándote por otros lados, como si te estuvieras preparando para cuando te aburras o te patee.

-¡Eso es algo tan típico de las mujeres! Es mi naturaleza ser coqueto, no puedes pedirme que sea alguien que no soy.

-¿Sabes qué? Tienes razón. No quiero que seas alguien que no eres. Por eso no quiero seguir contigo. Me... molesta como eres, no quiero alguien como tú a mi lado.

Súbitamente me siento bien conmigo misma. Me siento ligera, nueva, como si me hubiese desembarazado de un abrigo viejo, pesado y maloliente que me daba demasiado calor y no me dejaba disfrutar del día.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Conclusiones a destiempo

—Mi amor, te echaba tanto de menos...
—Córtala, Simón. Ya sé que estabas coqueteando con una enfermera.
—Pero, Anaís, ¿cómo puedes decir eso? —su cara de inocencia habría convencido al mismísimo Escrivá de Balaguer.
—Porque la enfermera bonita, esa de pelo oscuro, me dijo ayer: “Qué amable que es tu primo”. Yo le pregunté: “¿Qué primo?”. Y me dijo: “Ese alto, buenmozo, que siempre te trae rosas”.

Simón se ríe y se justifica diciendo que si no hubiese dicho que era mi primo no lo habrían dejado entrar. Yo prefiero quedarme callada y no seguir la discusión.

Ya han pasado cuatro días desde que me dieron de alta y todo lo que pasó desde el momento del accidente hasta que salí de la clínica se me agolpa en la mente como si me estuviera pasando ahora mismo. Las visitas melodramáticas de mi mamá, los hijos malcriados de mi hermano que por primera vez en mi vida me parecieron cariñosos, Julián y sus visitas flash, Simón llamando “suegrito” a mi papá, Simón y Julián discutiendo por mí como dos machitos adolescentes, Óscar, Andrea, Angie, Enzo y Aníbal haciendo un brindis con champaña en mi pieza de hospital, ignorando las reprobaciones de las enfermeras...

Pero lo que más recuerdo son las horas y horas de tedio absoluto. Leía y releía el diario, veía programas de animales en televisión y me acababa tan rápido los libros que me llevaban que pronto me quedaba en silencio, como tonta, mirando por la ventana.

Poco a poco pude reconstruir el accidente: fue, indirectamente, culpa de Simón. Llevaba varios días sin responder mis llamadas y justo ese lunes, después de la pega, conseguí comunicarme con él. Por estar peleando por teléfono no me fijé que, aunque el semáforo acababa de cambiar a verde, había un loco que venía rajado tratando de pasar con roja.

No me pegó de frente, por suerte. Pero me empujó y caí de cabeza a la vereda, según me contó Andrea. Y el muy hijo de puta se escapó.

Según Andrea, yo seguía consciente: me paré y todo. Consiguió un taxi y me llevó a la clínica, perdí el conocimiento y me atendieron súper rápido. Según el médico (que es amigo de mi papá), me salvé por un pelo.

A pesar de todo, no me puedo quejar de Simón: en cuanto se enteró de lo que había pasado, fue a la clínica, entre él y Andrea le avisaron a mi familia y amigos. Me fue a ver todos los días, me llevaba flores, me hizo todo tipo de mimos y atenciones, se conquistó a mi mamá y a todos mis amigos (hasta Óscar quedó, por un momento, fascinado con él) excepto a mi papá, que, aprovechando la confusión de visitas, me dijo al oído: “Es un cabro chico el tal Simón”.

Pero lejos, quien mejor se portó conmigo fue Óscar: se quedaba durante las noches, me llevó mis libros, me compraba el diario y, cuando me dieron de alta, se fue a quedar conmigo.

Bueno, hay que pensar también en que como todavía no tiene pega estable, no puede seguir arrendando y yo le ofrecí quedarse en mi casa. Pero me prepara la comida, asea el departamento, me hace la cama y me acompaña a mis horas con el kinesiólogo.

Y Simón insiste en seguirse apareciendo, como si tuviéramos algo formal. Y a mí me da cada vez más asco. De hecho, ya ni siquiera me gusta que me dé besos. Cuando se lo comento a Óscar, me dice, muy dulce:

—Mientras más te niegas, más caliente se pone el hueón. ¿Vas a hacer algo para cortarlo de una vez?
—No sé.
—¿De qué tienes miedo? —me pregunta mi amigo, mirándome a los ojos; yo no le respondo— ¿Es que acaso crees que nadie más te va a querer o que no hay hombres mejores que ese saco ‘e hueas?
—No es eso... Es que me sentiría malagradecida con todas las atenciones que...
—¿Te gusta? ¿En verdad lo quieres como pareja?

Por supuesto, Óscar sabe mi respuesta. Y también sabe que lo que tengo que hacer lo había decidido hace ya mucho tiempo, pero no me animaba a ejecutarlo: nuestro tiempo es demasiado incierto como para desperdiciarlo en una relación vacía.

martes, 8 de septiembre de 2009

Despertar

—Bip. Bip. Bip. Bip.

Escucho ese maldito pitito toda la noche. No me despierta, pero tampoco me deja dormir.

—Bip. Bip. Bip. Bip.

¿Alguien puede apagarlo, por favor? Quiero dormir.

—Hola Anaís. ¿Cómo te has sentido?
—Te echaba de menos, Any.
—Mijita, qué helada tiene las manos... ¿Puede abrigarla un poco más?
—Bip. Bip. Bip. Bip.

¿Mamá? ¿Óscar? ¿Pueden apagar esa mierdita que no me deja dormir tranquila?

Conversación. ¡Están conversando al lado mío! ¿Qué se creen? ¿Acaso no saben que tengo que levantarme temprano mañana?

—Apgrf.
—Dijo algo.
—¿Cómo?
—Movió los labios.
—Mrfknta
—Abre los ojos.
—¿Anaís?
—Drmir.
—¿Qué dices?
—Que me hejen gormir, cor la mierda...

Abro los ojos. Estoy mareada. Tengo la boca reseca. Ahora me doy cuenta del tubo que tengo metido en la garganta hacia adentro, que tengo puesto pañales, que tengo suero en el brazo y moretones. Hay una enfermera a mi lado, una muchacha amable que me pide que no me agite, que no me saque nada, ya que tienen que alimentarme. Óscar me está abrazando, llora en mi mejilla.

—¿Cor qué no tas hurmiendo? ¿Qué hora eh?

Óscar me mira, sonriendo. Le repito la pregunta. Se mira el reloj.

—Seis y media. De la mañana, preciosa.
—¿Qué hago aguí? —balbuceo.
—Te atropellaron. Hace una semana.

Sólo entonces me acuerdo. Un poco, a pedazos, como si hubiese sido un sueño. Me acuerdo que salí de la pega, que estaba con Andrea, era de noche. ¿O estaba saliendo del happy hour? No, no puede haber sido, porque era lunes. Algo pasó, porque no me acuerdo de nada más, salvo el frío del suelo, la lengua en la tierra, los gritos de Andrea.

Hasta que desperté, tres días después, en la cama de una clínica, con mi mejor amigo abrazándome.

—¡Anaís, por favor, no vuelvas a hacer eso nunca más!
—Canquilo, no yogueh... Me guhca ecar cor aquí. ¿Me cuegue hacar esta mieguita ‘e ‘a ‘oca? Cometo que me como coda ‘a comía...

jueves, 6 de agosto de 2009

Ovarios hiperestrogenados

Ayer Óscar me invitó a un trago para conversar. Me pasó a buscar a la pega, pasamos al super a comprar un par de cosas para comer (y tomar, obvio) y de ahí nos fuimos a su departamento.

Mientras él cocinaba y yo ordenaba un poco por aquí y por allá, Óscar me contó, como siempre lo hace, las últimas novedades y chismes que se manejan dentro del mundillo periodístico y alegó una vez más contra la concentración de los medios, lo que le dio el tiempo suficiente para cocer los ravioles, calentar la salsa de queso y servir la comida. Siempre tan en punto él.

Me disponía ya a comer el segundo bocado y elogiar la cocina Express, pero sabrosa de mi amigo cuando me lanza un “Anaís estoy chato, en este país de mierda no hay pega, y cuando la hay, contratan a cualquier mequetrefe hijito de su papá que apenas si sabe escribir”.

- Pucha, Óscar, pero ¿no tienes nada de nada?
- O sea, igual me consigo pitutos por aquí y por allá, tú sabes cómo es este medio de mierda: te llaman cuando se les para el hoyo – mi amigo es bien florido para hablar, sobre todo cuando se emputece.
- ¿Y la pega esa en la revista de decoración?
- ¡Ni me hablí de esa weá!
- ¿Qué onda, qué pasó?
- Puras minas parás de raja, hijitas de su papá que me miraron a huevo desde el primer día... ¿y sabí por qué? Porque soy hombre – a pesar de que Óscar estaba enrabiadísimo contándomelo, no pude evitar reírme... hasta me salieron un par de lagrimones de tanta risa.
- Por ser... ¡¿Hombre?!... jajajaja – por suerte mi abierta burla sobre la paradoja que eso significaba (teniendo en cuenta la orientación sexual de mi amigo) relajó el ambiente y a los 2 segundos estábamos los dos muertos de la risa.
- Pa que veai poh... jajajaja. No en serio, la cagá de revista es un reducto de ovarios hiperestrogenados. Todas bien ABC1 con casa con perro y 1 ó 2 pendejos y marido ingeniero. De esas que veranean fuera de Chile, pero no en Cancún porque encuentran que va todo el rasquerío pa allá.
- Pero no entiendo, ¿qué te hicieron? Porque algo te deben haber hecho esas minas para que te caigan tan mal, y no sólo eso, sino para sacarte de la revista.
- Lo típico que le hacen al pajarito nuevo que quieren cagar: me encontraban todo malo y siempre mis artículos tenían un pero. Al final me dijeron que las perdonaran que ellas se habían equivocado en elegir porque claramente yo no era la persona que buscaban y que no daba con el ‘perfil del medio’ – dijo haciendo las comillas con los dedos e imitando el hablar pelolais con la papa en la boca.

Es cierto, me dio rabia. Conozco a mi amigo y sé que es un muy buen profesional y me duele que pase por este tipo de situaciones. Me da mucha bronca que este país quiera tan poco a los buenos elementos y el pituto y el compadrazgo sigan siendo institución.

Lo bueno de Óscar es que desde que lo conozco (desde la U, imagínense) nunca se ha echado a morir. Es muy positivo y siempre se las rebusca para salir adelante (cualidad que yo admiro mucho en él).

Pasamos una noche entretenida y después de comer se nos ocurrió bajar a la botillería para tomarnos unos golpeaditos y brindar porque a pesar de todo y de todos decidimos que la vida no nos va a dejar de sonreír aunque tengamos que hacerle cosquillas para conseguirlo.


lunes, 3 de agosto de 2009

Sobre infidelidades, mentiras y egoísmo

Tengo una seria complicación con el tema de la infidelidad. Hace once años, cuando estaba en el colegio, yo creía que ser infiel era lo peor que podía llegar a hacer alguien a su pareja: un acto tan terrible que sería imposible de ocultar; una traición tan tremenda que sería imposible volver a mirar a la pareja a los ojos; una herida tan atroz que jamás podría sanar...

Y luego de esto fui infiel. No una, sino muchas veces. No es algo de lo que me sienta orgullosa, pero tampoco me arrepiento ni siento que le debo disculpas a nadie. Julián, que era mi novio de ese entonces, nunca se enteró, y a estas alturas no creo que sea necesario que se entere.

Durante mucho tiempo le eché la culpa a él: a él se le metió en la cabeza la idea de que no podíamos acostarnos hasta casarnos y cuando entré a la universidad y probé de la manzana prohibida, me gustó. Al comienzo tuve mis dudas, por supuesto, y me sentía pésimo cada vez que me acostaba con Juan Luis. Luego terminé con él y traté de volver a serle fiel a Julián, pero me costaba mucho más. Traté de insinuarme, de sugerirle con mi ropa y con sutilezas que tenía ganas de hacerle el amor —porque en realidad llegué a amarlo—, pero él nunca se dio por enterado.

Incluso cuando llegué a preguntárselo directamente, Julián me dijo que debíamos ser pacientes, “que sólo nos faltaban unos años para recibirnos y entonces podríamos casarnos y hacerlo todo lo que quisiéramos”. Yo lo amaba y no quería dañarlo... Pero tampoco podía negar que necesitaba el elíxir del sexo... Es exquisito, embriagante. De hecho, cuando finalmente lo hicimos con Julián, me sentí plena, porque por primera vez sentía que estaba haciendo el amor, y eso me encantó, incluso si Julián era un torpe y yo tuve que hacerme la bebita virgen e inexperta.

Cuando me casé con él, nunca más le fui infiel. De hecho, desde entonces no he vuelto a jugarle sucio a ninguna de mis parejas. Ahora, si no me siento a gusto con alguien o me doy cuenta la relación no está funcionando, trato de enfrentar directamente el problema.

¿Volvería a ser infiel? No lo sé. No puedo decir que “he aprendido la lección”, porque todavía no sé de qué se trataba la lección o cuál es la moraleja. Lo poco que he podido sacar en limpio me lo explicó Óscar con peritas y manzanas: el ser humano es débil y se impone metas casi divinas. No está mal equivocarse, me dijo, lo que está mal es no tomar las precauciones necesarias para que esas equivocaciones no pasen a mayores.

Óscar se refería a mi actitud de pendeja de no usar condones ni pastillas para “forzarme a ser fiel”. Pasé más de algún susto, y hasta hoy no sé por qué santo de esos en los que no creo no quedé embarazada ni me pesqué nada más grave que algún honguito loco.

Otra cosa que me hizo entender Óscar es que, si realmente amaba a Julián y quería casarme con él, no valía la pena contarle todo lo que había hecho. “Eso sería egoísmo”, me dijo, “eso sirve para aliviar la conciencia, pero lo único que harías con eso es que Julián te patearía, porque nunca podría entenderte. La mayor parte de la gente no quiere que le digan la verdad: está pidiendo a gritos que le mientan, que le hagan creer que existen las personas buenas, fieles, correctas y perfectas. En el fondo, todos saben que eso es mentira: que todo acto de bondad tiene algo de maldad y todo acto malévolo tiene algo de bondadoso. Pero somos humanos: nos cuesta ver el mundo en colores”.

martes, 7 de julio de 2009

La importancia de llamarse Óscar

— Pucha niña, ¿cómo te lo cuento? Me echaron de la pega.
— Pero... ¿Cuándo? ¿Por qué?
— Fue de a poco. Cada semana me daban menos trabajo, no me llamaban para las pautas. Hasta que esta mañana, cuando fui a la pauta, me dijeron que ya no me necesitaban. Así de simple.
— ¿Alguna razón justificada?
— Sí, aunque no era la oficial: haberme acostado con el antiguo editor.

El pobre Óscar estaba a punto de llorar. Pero se contuvo, como lo hace siempre... Excepto cuando vemos una comedia romántica: con esas siempre llora. Pero nunca lo hace cuando habla de sus dramas.

Me llamó al celular justo después de la pega. Yo ya había empezado a contarle mis tonterías de pareja cuando me dijo con un tono que me asustó: “Anaís, tenemos que hablar. ¿Podemos juntarnos en mi casa?”.

Si hubiese sido Simón o cualquier otro hombre, esa frase me habría hecho temblar de miedo. Pero siendo Óscar, lo único que sentía era preocupación.

— ¿Cómo sabes que fue por eso? Puede que estén haciendo reducción de personal, que alguien te haya aserruchado el piso...
— No, niña. Fue por eso. Te conté que estuve saliendo un tiempo con un ex editor de Nacional, ¿verdad?
— Sí... ¿el que siempre usaba corbatas negras, que estaba cagado de miedo cuando cachó que le gustaban los hombres? Me decías que te encantaba su voz.
— Cuando estudiaba estuvo en el coro de la universidad. Era bajo. De la voz, digo. ¡Y tan tierno!
— ¿Y qué pasó?
— Se cagó de miedo cuando su señora quedó embarazada por segunda vez. Así es que agarró sus cosas y se fue a Estados Unidos a hacer un magíster en no-sé-qué. Y yo me quedé solito, chupándome el dedo.
— Pucha, Óscar...
— Igual encuentro que fue lo mejor. No quería dejar a su señora, ¿sabes? No la amaba, pero la quería mucho. Y también a su hijo. Yo jamás le habría pedido que dejara a su familia. Pero eso no importa. Lo nuestro fue súper bonito, me deja como un recuerdo dulce, ¿sabes? Lo malo pasó después...
— Se supo.
— No sé cómo. Siempre fuimos súper discretos. Pero un día noté que la actitud de mis compañeros había cambiado: aumentaron los chistes de maricones a la hora de almuerzo; el fotógrafo con el que siempre trabajaba, que era re bueno para echar la talla, de pronto se quedó mudo; el nuevo editor me pasaba rechazando las notas y tenía que reescribirlas tres o cuatro veces. Al final me dijeron que “podían prescindir de mis servicios”. Me pagaron lo que me debían y me dieron una patada en el culo.
— Pucha, Óscar...

Lo abracé, le di un beso en la frente y le hice cariño en la cabeza. Él se pegó a mí y me dijo que me quería mucho, que gracias por haber venido y que yo era su mejor amiga. Pensé que quizás ahora se le ocurriría reflotar su abandonado proyecto de crear una revista digital: siempre había querido embarcarme en él, pero yo siempre trataba de escabullirme.

De pronto se paró y me ofreció un café. Mientras estaba preparándolo, sonrió.

— ¿Sabes qué? La semana pasada, una amiga me mandó un mail avisando que se liberaba un puesto en una revista de decoración. Creo que me iría súper bien ahí: tengo re buen gusto.
— En eso tienes toda la razón.

Siempre le he alabado a Óscar la decoración de su casa. Es cierto que a veces no hace la cama y se olvida de lavar la loza, pero sabe combinar colores y cómo organizar el espacio. Aunque decora con puras cosas de remates y cerámicas de todos los diseños imaginables, Óscar consigue darles un toque muy chic. Siempre tiene flores frescas y sabe aprovechar la luminosidad del departamento.

— Le voy a responder. Igual ya estaba medio cansado del diario: es un ritmo súper agotador. Ahora quizás voy a tener más tiempo para mí y para el proyecto.

Me miró con cara cómplice, pero yo lo evité. Igual sonreí. Eso es lo que más me gusta de Óscar: nunca se queda pegado en los problemas. Me gustaría parecerme a él en eso.

lunes, 8 de junio de 2009

El cumple de Óscar

Hoy es, oficialmente, el cumpleaños de mi mejor amigo: Óscar. Pero como el lunes es un pésimo día para celebrar, prefirió hacerlo la noche del sábado al domingo.

El sábado, yo llegué temprano a su casa para dejarle su regalo (aunque él, supersticioso como siempre, no quería abrirlo hasta hoy). Pasé toda la semana pasada quebrándome la cabeza para que se me ocurriera algo genial, y cuando ya pensaba que tendría que comprarle algún trago rico como “mientras tanto”, vino la iluminación. Hace unos meses le pedí a Óscar que me acompañara a un mall para comprarme ropa y, de pasadita, entramos a una librería donde mi amigo encontró el éxtasis entre las páginas de un libro de arquitectura y diseño.

Era una de esas ediciones grandes, de tapas duras y una portada con unos colores fenomenales. La gracia del libro, según me explicó Óscar, que yo no soy muy versada en eso, es que no sólo contenía las cosas clásicas o, al contrario, los íconos posmodernos ultra vanguardistas, sino que era una buena selección de ambos, con excelentes fotografías y bien documentado.

Me acordé de eso y hasta me dio la impresión de tener una ampolleta brillando sobre mi cabeza. Así que partí el sábado temprano corriendo a buscar el libro de sus sueños (siempre me pregunto porqué acá no envuelven los regalos como en las películas con papeles de colores hermosos y cintas de verdad).

Por más que intentó convencerme de que mejor lo abría hoy, yo insistí en que tenía que hacerlo en el acto. No quería perderme su cara priceless ni por nada del mundo (me encanta la cara que ponen las personas cuando abren los regalos, es como si volvieran a ser niños). Después de un par de rezongos, mi amigo me dio en el gusto y tuve la satisfacción de ver dibujada en su rostro esas sonrisas luminosas que te llenan de felicidad. Le encantó.

Después nos arreglamos, lindos como somos, y partimos a gozar la noche con los amigos. El tour partió en un bar, siguió en un karaoke y terminó en los sillones del departamento de Óscar con todos los honorables presentes más que arriba de la pelota. Pero lo comido y lo bailado no me lo quita nadie.

PD: he tenido el celular apagado casi todo el fin de semana. El orgullo volvió tarde, pero volvió.

jueves, 21 de mayo de 2009

El abrazo que necesitaba

Son las tres de la mañana y todavía estoy llorando, aunque ahora me siento más tranquila. Óscar está durmiendo en el sofá, con el vaso de pisco en la mano; lo llamé porque ya no aguantaba más. El ver a Simón tan coqueto con una tipa regia, la infinidad de rollos que me pasé, sentirme una cornuda y para más remate que cuando le conté a Angie, ella me reprochó que dudara de él, y me sacó en cara todos mis traumas reales o ficticios.

Me sentía sucia, me sentía sola, me sentía una mierda. ¿Por qué nadie cree que me estaba engañando? ¿Me habré equivocado?

Más encima, ayer llamé a Julián para que arreglemos de una vez por todas los papeles del divorcio y escurrió el bulto... para variar. Me invitó a cenar el martes que viene, para que lo conversemos.

- ¿Dónde? - le pregunté
- En el ‘Como agua para chocolate’ - me dijo el muy maricón, como si yo no supiera que me invita allá para hacerse el lindo conmigo, para tratar cualquier tema menos el puto divorcio.
- ¿Sabes, Julián? En realidad tengo demasiada pega la semana que viene así es que dejémoslo para después.

Se despidió torpemente y yo casi rompí el teléfono cuando le colgué.

Fue entonces cuando llamé a Óscar y me puse a llorar como adolescente que acaba de ser pateada. Y él, como siempre, no me hizo ninguna pregunta, no me prohibió las lágrimas, sino que pasó por la botillería y se vino directo al departamento. Me abrazó, escuchó todo mi melodrama, luego tomamos un Alto del Crimen entero, nos contamos chistes, cantamos karaoke y me puse a llorar de nuevo, y Óscar me tuvo entre sus brazos hasta que se durmió.

Por cierto, está decidido: hablaré con Simón y dejaré de pasarme rollos.



 
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