— ¿Y por qué no lo llamas tú?
Después de tres tragos, el consejo de Angie ya no me parecía tan descabellado. Después de todo, fui yo la que dudó de su palabra. Enzo la apoyaba: me decía que no tenía suficientes pruebas como para dudar de él.
—Además, tú misma dijiste que era tu primera relación seria en años. Que él te gusta, que te mima... Creo que por lo menos deberías conversar con él y aclarar las cosas.
Andrea se mantenía en silencio, bebiendo su tequila sunrise, pero su mirada lo decía todo: ella duda de todos los hombres, sobre todo de los que pasan equivocándose de nombre cuando la llaman.
— ¿Y qué pasa con lo que me dijo Julián? —balbuceé en alcoholés.
— A ver, él es tu ex marido, ¿no? —dijo Enzo—. No me parece bien que confíes en todo lo que dice.
— Ay, es que tú no lo conoces —se apresuró a decir Angie—. Julián es el hombre más correcto y honesto que he conocido. Todo un gentleman, ¿sabes? Aunque estuviera celoso jamás le mentiría a Anaís. Él de verdad quiere lo mejor para ella...
— ¿Por qué no lo invitas a salir si te gusta tanto? —preguntó Andrea.
Yo ya no quería más guerra y me alejé. Llevaba gran parte de la noche comiendo maní salado, bebiendo y contando mis penas de amor a los compañeros de la pega. Sentía como si hubiese vuelto al colegio, a las fiestas de fin de semana donde fumábamos y tomábamos piscolas a escondidas y nos pasábamos consolando a la amiga que se había peleado con el “hombre de su vida”, con el que estaba pololeando desde hacía una semana.
Así es que, animada por el alcohol y los recuerdos de la infancia, tomé el celular y escribí un breve mensaje.
“Te quiero muxo. ¿Podemos vernos?”
Ahí quedó mi dignidad.
sábado, 6 de junio de 2009
El alcohol daña la imagen
viernes, 29 de mayo de 2009
En la escena del crimen
- ¿Por qué esa cara?
- Nada -dije, mientras miraba la mesa donde había pillado a Simón con la rubia maldita-. ¿Tenía que ser en este lugar?
- ¿No te gusta? Es el mejor café de El Bosque. Sirven un capuchino estupendo. Ya te pedí uno.
Bueno, ese es Julián. Llegó cinco minutos antes al local (el mismo café donde vi al muy hijo de puta con Patty la hamburguesa), con su terno impecable, el peinado lengua de vaca; me acomodó la silla apenas llegué. No ha cambiado nada en todos estos años.
- Aquí están los papeles -le pasé la carpeta y el lápiz, tratando de cambiar rápido de tema-. Fírmalos, por favor. No quiero seguir hueveando con la Isapre.
- Ya veo -dijo mientras sacaba sus anteojos y se los ponía en la nariz, con ese gesto típico que tanto me gustaba; se puso a hojear los documentos, los guardó y se sacó los anteojos-. Déjame llevárselos a mi abogado y él te dirá si están en orden.
- Pero... ¡Los necesito para la semana que viene!
- ... Supe que tienes algo estable con alguien, te felicito. ¿Cómo va eso?
Me estaba clavando las uñas en las palmas de las manos de tan enrabiada que estaba. No sólo seguiría evitando el tema del divorcio, sino que además me estaba espiando. Pero no me rebajaría a contarle mis penas de amor a mi ex.
- Muy bien. Llevamos casi tres meses. Es un tipo divertido y muy atento, alguien con quien una podría proyectarse.
1-0. Noté inmediatamente el gesto de celos de Julián: esa típica mueca que hace con las comisuras cuando hieren sus sentimientos.
- Me alegro por ti, Any.
- Anaís -le escupí; detesto mi apodo del colegio.
- Deberías tener cuidado con ese Simón: le llueven las mujeres y no sabe decir que no.
1-1. Lo estaba reconociendo: el muy pendejo me espiaba. “Cálmate”, me dije. “Obviamente, él lo conoce, pero no dejes que se entrometa en tu vida. Hazte la desentendida. No dejes que note que te importa”.
- ¿Y cómo sabes eso? ¿De dónde lo conoces?
2-1 por autogol. “So pelotuda”, me dije.
- De odontología, es un ex compañero que se cambió a publicidad. Decían por ahí que tuvo problemas por meterse en demasiadas bocas ajenas, ja ja ja. Nos encontramos hace un par de semanas: fue a mi consulta y lo reconocí. “Estoy saliendo con una minita de lujo”, me contó. No me costó mucho sacarle el nombre. Ese tipo no es bueno para ti, Any. Te va a romper el corazón.
Me estaba ganando por goleada y no estaba consiguiendo nada: Julián seguía pateando lo de los papeles, descubrí que me estaba espiando, me confirmó que Simón es un mujeriego y además le estaba dando lástima. No tenía nada más que hacer ahí, así es que emprendí la retirada.
- Mira, Julián, no quiero perder más el tiempo. Si no vas a firmar los papeles, no tengo nada que conversar -me puse de pie.
- Pero, ¿y tu café?
- No importa. Igual no creo que sea tan bueno -dije, retirándome indignamente.



