—Bip. Bip. Bip. Bip.
Escucho ese maldito pitito toda la noche. No me despierta, pero tampoco me deja dormir.
—Bip. Bip. Bip. Bip.
¿Alguien puede apagarlo, por favor? Quiero dormir.
—Hola Anaís. ¿Cómo te has sentido?
—Te echaba de menos, Any.
—Mijita, qué helada tiene las manos... ¿Puede abrigarla un poco más?
—Bip. Bip. Bip. Bip.
¿Mamá? ¿Óscar? ¿Pueden apagar esa mierdita que no me deja dormir tranquila?
Conversación. ¡Están conversando al lado mío! ¿Qué se creen? ¿Acaso no saben que tengo que levantarme temprano mañana?
—Apgrf.
—Dijo algo.
—¿Cómo?
—Movió los labios.
—Mrfknta
—Abre los ojos.
—¿Anaís?
—Drmir.
—¿Qué dices?
—Que me hejen gormir, cor la mierda...
Abro los ojos. Estoy mareada. Tengo la boca reseca. Ahora me doy cuenta del tubo que tengo metido en la garganta hacia adentro, que tengo puesto pañales, que tengo suero en el brazo y moretones. Hay una enfermera a mi lado, una muchacha amable que me pide que no me agite, que no me saque nada, ya que tienen que alimentarme. Óscar me está abrazando, llora en mi mejilla.
—¿Cor qué no tas hurmiendo? ¿Qué hora eh?
Óscar me mira, sonriendo. Le repito la pregunta. Se mira el reloj.
—Seis y media. De la mañana, preciosa.
—¿Qué hago aguí? —balbuceo.
—Te atropellaron. Hace una semana.
Sólo entonces me acuerdo. Un poco, a pedazos, como si hubiese sido un sueño. Me acuerdo que salí de la pega, que estaba con Andrea, era de noche. ¿O estaba saliendo del happy hour? No, no puede haber sido, porque era lunes. Algo pasó, porque no me acuerdo de nada más, salvo el frío del suelo, la lengua en la tierra, los gritos de Andrea.
Hasta que desperté, tres días después, en la cama de una clínica, con mi mejor amigo abrazándome.
—¡Anaís, por favor, no vuelvas a hacer eso nunca más!
—Canquilo, no yogueh... Me guhca ecar cor aquí. ¿Me cuegue hacar esta mieguita ‘e ‘a ‘oca? Cometo que me como coda ‘a comía...
martes, 8 de septiembre de 2009
Despertar
jueves, 20 de agosto de 2009
Time is money
— ¡Da más energía al condensador Igor!
— Sí, amo.
— ¡Por fin! Mi creación está viva... ¡¡¡VIVA!!!
Me miro al espejo: el pelo revuelto, las ojeras de varios días, el caracho pálido como chirimoya. Me siento como el doctor Frankenstein: mi creación está por fin terminada. Me pasé dos semanas trabajando en ella, aunque por supuesto los últimos días me desvelé afinando los detalles. Se trata de la presentación de una completísima campaña de relaciones públicas y publicidad con la que engancharemos a un “cliente tan importante que podría cambiar para siempre el rumbo de esta empresa”.
A mi jefe le gusta dramatizar. Le hemos escuchado la misma frase un sinfín de veces, y la empresa nunca ha cambiado de rumbo por eso: sigue pagando los mismos sueldos, recorta personal cada vez que puede y llora pobreza a la hora de pagar los aguinaldos.
Pero no importa: se trata de un desafío personal. Demostrarme a mí misma que puedo hacer un excelente trabajo. Escuchar los murmullos de aprobación de los clientes y ver la admiración en la cara de mis compañeros es casi tan maravilloso como tener tres orgasmos seguidos.
Esa mañana llego a la empresa con 45 minutos de anticipación. No he dormido en toda la noche, pero hay pocas cosas que un buen maquillaje y el ánimo en alto no puedan arreglar. La sala de presentaciones está vacía, así es que abro, ordeno las sillas, bajo la pantalla, pruebo el datashow y me aseguro de que todo funcione correctamente. Hasta me doy el tiempo de preparar los cafés para que no queden como agua de calcetín.
De pronto oigo ruido en el pasillo: es mi jefe, conversando con los clientes. Me arreglo la falda y reviso mi peinado en el reflejo de la cafetera: no podría verme mejor. Entonces salgo a recibirlos... Y me encuentro cara a cara con Catalina, mi Némesis.
— Ah, hola Anaís.
— Ho... Hola. ¿Qué haces aquí?
— Voy a hacer la presentación a los clientes.
— ¿Cómo?
— ¡Mi querida Anaís! —mi jefe me ve y me saluda de mano— ¿Conoces al señor Respingado y al señor Caradeasco? —los saludo con mi mejor cara de “soy una profesional que está enterada de todo lo que pasa”— Ellos son los que tomarán la decisión de cuál es la mejor campaña.
— ¿La mejor campaña...?
— Claro, la mejor campaña —mi jefe me mira como si estuviera tratando de decirme que la tierra es redonda—. Y creo que deberíamos empezar con la de Catalina, que ha estado trabajando muy duro estos últimos días. ¿Pasamos, señores?
Antes de que pueda decir “yo he estado trabajando dos semanas” ya están todos adentro, tomando café con galletitas y agradeciéndole a Karina, que acaba de llegar, por tener todo listo y arreglado. Mi Némesis se adueña entonces de la situación y en quince minutos hace una presentación magistral, que deja a los clientes y su equipo evaluador con la boca abierta. Yo misma debo reconocerlo: la campaña es excelente. Al punto que me cuesta creer que mi Némesis haya trabajado con los mismos creativos y diseñadores con los que trabajo yo.
Mi jefe, por supuesto, está feliz con su chiche. Con la sonrisa de oreja a oreja, le pregunta a los clientes si están satisfechos. El señor Respingado y el señor Caradeasco conversan entre ellos en voz baja, sin escuchar siquiera a su equipo evaluador.
— Me parece muy bien, está aprobado —dice Caradeasco—.
Yo miro a mi jefe con cara asesina: él parece leerme la mente.
— Pero... ¿no quieren ver la segunda presentación...?
— No me parece necesario —dice Respingado—. Además, mientras menos tardemos en esto, mejor. Time is money. Ja ja ja.
Mientras yo intento recoger mis pedazos del suelo escondida tras una risa más falsa que la cara de Michael Jackson, puedo ver que mi Némesis, con su tranquilidad de siempre, pregunta si puede retirarse, porque tiene mucho trabajo que hacer.
Qué deseos tengo de mandarle al monstruo de Frankenstein para que la ahorque durante su sueño.
jueves, 6 de agosto de 2009
Ovarios hiperestrogenados
Ayer Óscar me invitó a un trago para conversar. Me pasó a buscar a la pega, pasamos al super a comprar un par de cosas para comer (y tomar, obvio) y de ahí nos fuimos a su departamento.
Mientras él cocinaba y yo ordenaba un poco por aquí y por allá, Óscar me contó, como siempre lo hace, las últimas novedades y chismes que se manejan dentro del mundillo periodístico y alegó una vez más contra la concentración de los medios, lo que le dio el tiempo suficiente para cocer los ravioles, calentar la salsa de queso y servir la comida. Siempre tan en punto él.
Me disponía ya a comer el segundo bocado y elogiar la cocina Express, pero sabrosa de mi amigo cuando me lanza un “Anaís estoy chato, en este país de mierda no hay pega, y cuando la hay, contratan a cualquier mequetrefe hijito de su papá que apenas si sabe escribir”.
- Pucha, Óscar, pero ¿no tienes nada de nada?
- O sea, igual me consigo pitutos por aquí y por allá, tú sabes cómo es este medio de mierda: te llaman cuando se les para el hoyo – mi amigo es bien florido para hablar, sobre todo cuando se emputece.
- ¿Y la pega esa en la revista de decoración?
- ¡Ni me hablí de esa weá!
- ¿Qué onda, qué pasó?
- Puras minas parás de raja, hijitas de su papá que me miraron a huevo desde el primer día... ¿y sabí por qué? Porque soy hombre – a pesar de que Óscar estaba enrabiadísimo contándomelo, no pude evitar reírme... hasta me salieron un par de lagrimones de tanta risa.
- Por ser... ¡¿Hombre?!... jajajaja – por suerte mi abierta burla sobre la paradoja que eso significaba (teniendo en cuenta la orientación sexual de mi amigo) relajó el ambiente y a los 2 segundos estábamos los dos muertos de la risa.
- Pa que veai poh... jajajaja. No en serio, la cagá de revista es un reducto de ovarios hiperestrogenados. Todas bien ABC1 con casa con perro y 1 ó 2 pendejos y marido ingeniero. De esas que veranean fuera de Chile, pero no en Cancún porque encuentran que va todo el rasquerío pa allá.
- Pero no entiendo, ¿qué te hicieron? Porque algo te deben haber hecho esas minas para que te caigan tan mal, y no sólo eso, sino para sacarte de la revista.
- Lo típico que le hacen al pajarito nuevo que quieren cagar: me encontraban todo malo y siempre mis artículos tenían un pero. Al final me dijeron que las perdonaran que ellas se habían equivocado en elegir porque claramente yo no era la persona que buscaban y que no daba con el ‘perfil del medio’ – dijo haciendo las comillas con los dedos e imitando el hablar pelolais con la papa en la boca.
Es cierto, me dio rabia. Conozco a mi amigo y sé que es un muy buen profesional y me duele que pase por este tipo de situaciones. Me da mucha bronca que este país quiera tan poco a los buenos elementos y el pituto y el compadrazgo sigan siendo institución.
Lo bueno de Óscar es que desde que lo conozco (desde la U, imagínense) nunca se ha echado a morir. Es muy positivo y siempre se las rebusca para salir adelante (cualidad que yo admiro mucho en él).
Pasamos una noche entretenida y después de comer se nos ocurrió bajar a la botillería para tomarnos unos golpeaditos y brindar porque a pesar de todo y de todos decidimos que la vida no nos va a dejar de sonreír aunque tengamos que hacerle cosquillas para conseguirlo.
lunes, 20 de julio de 2009
De frente, marrr
El sábado Simón fue a cenar a mi casa. No me puedo quejar, la relación anda bien. O más bien debería decir anda, porque la verdad es que a pesar de que de un tiempo a esta parte tenemos una comunicación más fluida (ya no suele desaparecerse sin avisar y me devuelve los llamados apenas puede) y que es atento y cariñoso conmigo, siento que no es suficiente.
A veces pienso que soy un ogro resentido e inconformista. Quería sentirme especial para alguien y llega Simón y me hace sentir una princesa. Hasta me llevó a las Termas en ese fin de semana de lujo.
Pero al mismo tiempo me siento como la tonta del curso, a la que le pusieron los cuernos en sus narices e hizo como si no hubiese visto nada. Hice lo que siempre juré que no iba a hacer. Lo peor de todo es que cuando me acuerdo todavía me da rabia. Pero no hice nada en el momento y ahora creo que ya no tiene caso.
Pero aún si eso no hubiese ocurrido, aún pensando que todo se va a mantener así o va a mejorar, sigo sin proyectarme con él. Una parte de mi me reta y me dice que deje de creer en utopías, que ya me equivoqué una vez y que la corte con el jueguito. Sin embargo, hay otra parte que tiene ganas de soñar y de ilusionarse que me recuerda que la vida no es eterna y en algún momento, más temprano que tarde pensaré en la maternidad... ¿pero con Simón? No, no me lo imagino. Para proyectarse de esa manera se necesitan hombres como Aníbal...
Ese era mi sombrío ánimo el sábado cuando llegó Simón. Había preparado una receta de pollo a la naranja de mi mamá y debo decir que me quedó bastante bueno.
Durante toda la cena estuve dándole vueltas al tema hasta que recién en el postre, después de haber pasado por una amplia gama de temas irrelevantes, encontré el valor para lanzarme a la piscina.
- Simón, ya no somos niñitos de 15, no puede ser que cada vez que me encuentre con un amigo no sepa cómo presentarte... ¿qué digo? ¿que eres mi amigo? Es evidente que somos algo más... ¿que eres ‘mi pareja’? siempre he odiado ese tono tan indefinido ¿que eres el tipo con el que me acuesto de vez en cuando? Sí, super presentable.
- Anaís... deja de preocuparte por el qué dirán y vive la vida que es una sola. Que no te importe el resto, lo importante somos nosotros, que estamos juntos y que nos queremos.
- Sí, si eso lo tengo claro, no creas que soy de las que le da mucha importancia a las apariencias y eso tú lo sabes. Si fuera por eso jamás habría iniciado esta relación contigo, de partida.
- ...
- A lo que yo me refiero es que si realmente nos queremos y estamos juntos, como tú dices, pues bien, entonces pongámosle nombre a eso.
- Creo que te estás apurando mucho Anaís, esas cosas no se dan por decreto, sino que fluyen naturalmente.
Después de eso juro que quería echarlo a patadas de mi casa.
lunes, 25 de mayo de 2009
¿Es lo que me imagino?
- No es lo que te imaginas – me dijo el muy desgraciado, dándome a entender que era exactamente lo que yo me había imaginado desde un principio.
Hice lo que se supone que debe hacer toda mujer inteligente, progre, independiente y todas esas cosas que les encanta decir a las minas que están pegadas con algún tema: lo llamé.
Lo ensayé mil veces en voz alta y hasta frente al espejo, como si me fuera a estar mirando desde el otro lado de la línea telefónica. Quería que me escuchara lo suficientemente relajada y buena onda como para que pensara que soy una mina moderna, cero rollos y evolucionada, pero a la vez sonar decidida y fuerte.
- ¡¿Quién chucha era esa mina con la que te vi en El Bosque?!
- ¿Cómo?
- El lunes pasado, en un café de El Bosque. Te vi, no te hagai el tonto– mi máscara de mina ‘pro’ ya había mostrado la hilacha.
- ¿Estás segura de que era yo? Porque justo ese día tenía una reunión...
- ¡Bonita tu reunión! ¡Supongo que estaban haciendo un b2b! – no sé si fue en este preciso instante cuando mi dignidad se hizo humo o en realidad se había tomado vacaciones desde el momento mismo en que tomé el teléfono para llamarlo.
- ¡Ahhhh... tú te refieres a la Patty! – me dijo fresco como una lechuga
- ¡¿La hamburguesa?! – risa nerviosa de ‘estoy a punto de asesinarte’.
- Anaís, déjate con esas tonteras de cabra chica, ¿quieres? No es lo que te imaginas…
- ¿Ah no? Entonces ¿qué demonios es? - articulé a duras penas, tratando de pasar de sonar lo más compuesta posible.
Había esperado una semana por una respuesta medianamente coherente y ante mí tenía al tipo más patudo del mundo, creo que hasta lo veía sonreír a través del teléfono sin una pizca de algo parecido al arrepentimiento.
Tres días atrás probablemente mi reacción habría sido mucho más sentimental, apelando a un ‘nosotros’ cada vez más lejano, sin embargo ahora lo que me dominaba era la ira. Ojalá lo hubiese tenido justo frente a mí para sacarle los ojos...
- Patty es la modelo con la que estoy trabajando para el nuevo comercial de la compañía... tú sabes... Business are Business... jeje – rió. Él se reía de lo que para mí era un drama. Una tragedia.
- Ah, la modelo... ¿y qué tenías que estar tú coqueteando con la modelo en un cafecito?
- No estaba coqueteando con la modelo, Anaís. Estábamos conversando sobre el comercial, qué era lo que queríamos de ella... tú sabes...
- No, yo no sé nada. Explícame.
- ¿Sabes qué más? Tus celos de pendeja me cansaron.
Me colgó. Y yo me quedé como una tonta, con el teléfono en la mano, con mil preguntas y otros mil reproches en la boca...
sábado, 23 de mayo de 2009
Tomando la iniciativa
Aconsejada por Óscar, decidí que tenía que llamarlo. Después de hablar insensateces – con harto alcohol de por medio- llorar, cantar y patalear, la decisión era clara como el agua: lo llamaría para, civilizadamente, saber cómo estaba (puesto que él no había dado señales de vida en la semana) y, como que no quiere la cosa, preguntar por la rubia del café.
Hoy me levanté tarde, anduve en pijama lo que quedaba de mañana y almorcé algún elemento congelado sacado directamente de mi nevera. La vida se veía casi fácil sólo ensombrecida cada unos 15 minutos más o menos con pensamientos del tipo: ¿y si le gusta esa chica? Porque evidentemente es más joven que yo. Y más bonita. Sí, realmente tenía un cuero… debe ser argentina, y a él le encantan las argentinas. ¿Y si tengo razón y estaban coqueteando?
Rápidamente trataba de cambiar de tema. Puse música bien fuerte, como esperando que toda esa cantidad de decibeles me impidieran escuchar mis propios pensamientos.
Me vestí como para salir y me puse a ensayar frente al espejo de mi closet: ‘Hola Simón, cómo has estado?’, ‘¿Yo? ¡Excelente! Realmente ha sido una gran semana, jeje’, ‘No me lo vas a creer, pero el otro día te vi por ahí por El Bosque, casi paso a saludarte, pero estaba ultra ocupada’.
¡Qué gran mentirosa!
En verdad me he pasado toda la semana llorando como una Magdalena porque siento que tengo unos cuernos inmensos sobre mi cabeza.
Respiré hondo y tomé el teléfono. ¿Lo llamo a su casa o al celular? Probemos con la casa primero… un día sábado por la tarde debería estar allí… creo…
Tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut. Nada
Ok, tranquila Anaís, quizás salió a…qué sé yo ver a la mamá, comprar al supermercado, con los amigos… quizás me venga a ver…
Intenté con el celular y… ¡estaba desconectado!
Lo llamé una, dos, diez veces. Volví a intentar media hora, una hora, dos horas más tarde. Nada. Me las va a pagar, juro que me las va a pagar.
lunes, 18 de mayo de 2009
Yo, la cornuda
Estaban de lo más relajados riendo y conversando frente a unas minúsculas tazas de café. Simón le hablaba lo más cerca que podía (el muy hijo de puta) y ella se reía, toda coqueta, echando la cabeza hacia atrás y jugando con sus mechas rubias. Estuve tentada de cruzar la calle y echarle el café sobre el impecable vestido blanco que llevaba la muy puta (lo juro). En vez de eso, cambié de recorrido y me di una vuelta enorme para poder llegar al trabajo sin tener que pasar frente a ellos.
Había pedido permiso para ir al médico (ginecólogo, examen de rutina). Me carga llegar tarde y había un taco infernal, así que le pedí al taxi que me dejara en la esquina de Apoquindo con El Bosque y apuré el paso como si se me fuera la vida en eso.
Estaba esperando la luz verde para cruzar cuando veo a Simón, el idiota con el que salgo desde hace un par de meses, en actitud evidentemente ‘cercana’ con una mina estupenda. ¿Qué quieren que piense? ¿Que es su prima? ¿Es justo la amiguita que le faltaba por presentarme?
Me enganché con Simón después de años de estar sola y llevar el cartel de ‘separada antes de los treinta’. Al contrario de mi ex, Simón era un tipo canchero, simpático, bastante atractivo y hasta un poquito sinvergüenza. Me gustaba eso de que llegara a mi casa sin previo aviso y con una botella de vino en la mano, mientras con la otra me tomaba de la cintura y me acercaba a él para darme un beso. Me hacía sentir viva otra vez.
Sin embargo, las cosas no eran tan color de rosa. En más de una ocasión me había cambiado el nombre y había días en que era imposible ubicarlo porque desconectaba el celular. Cuando le preguntaba qué había hecho, se hacía el leso y cambiaba de tema.
Quizás la desconfianza ya se había instalado en mí y verlo en la terraza del café con esa chica no hizo sino confirmarme algo que yo ya intuía...
En estos momentos escribo desde mi oficina sintiéndome una mierda... y con astas de reno, más encima. Siento que, otra vez, estuve a un tris de alcanzar mi felicidad. Pero al mismo tiempo me siento enrabiada. Siento que la sangre es un líquido espeso y palpitante que recorre mis venas a un ritmo vertiginoso. Quiero gritar, quiero llorar... quiero no ser yo por unas cuantas horas.



