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jueves, 17 de septiembre de 2009

Un beso de despedida (segunda parte)

-¿No te gusta como te acaricio?

-No es eso.

-¿Te molestan mis atenciones?

-Tampoco. Mira...

-¿Te molesta como te hago el amor?

-No, no es... Espera, sí: ese es uno de los problemas: “me haces” el amor. No “hacemos” el amor.

-¿Ah? ¿Quieres que sea más romántico? No hay problema: puedo ser más romántico si eso quieres.

-Córtala, Simón: no quiero nada de ti. La verdad es que ya no me importas. Quiero ser yo, quiero estar tranquila, quiero ser feliz, y lo cierto es que no te veo en mi felicidad.

-Ah, ¿entonces ya tienes planificado cómo vas a ser feliz? Eso es tan típico de las mujeres.

De pronto siento como si me hubiese topado de frente con la versión masculina de Andrea: un cavernícola convencido de estar luchando en la guerra de géneros y que, para triunfar, debe llevarse a la cama a la mayor cantidad posible de féminas. Acaricio mi celular, oculto en mi regazo, lista para hacer el discado rápido y convocar a mi caballero en armadura.

-Creo que por fin te estoy entendiendo, Simón. Crees que esto es una pelea, ¿verdad? Crees que hay una guerra de sexos y vas a usar todas tus estrategias para ganarla, ¿cierto? Me das pena, Simón, en serio. De tanto que buscas entender a “las mujeres” eres incapaz de conocer a LA mujer que tienes delante tuyo, que, a su manera, te quiso, y que, por un momento, se proyectó contigo.

No sé qué me pasa esta tarde, pero siento como si se hubiese abierto una puerta en mi cabeza y ahora entiendo todo con mucha facilidad. Ahora que lo estoy entendiendo, siento como si se hubiese roto en mil pedazos el halo de misterio que lo envolvía y que tanto me fascinaba antes. Ahora lo veo como lo que es: un niño inseguro, incapaz de despertar amor y que, para no sentirse solo, se dedica a coquetear con todas las mujeres que se le cruzan por el camino.

-Ese es el problema, ¿ves? Todas ustedes quieren proyectarse: son incapaces de vivir el momento. ¿Por qué no puedes simplemente disfrutar lo que estamos viviendo y olvidarte de lo que pase después?

-Es una pena que no lo entiendas -aprieto el botón: Óscar debe estar a recibiendo mi llamada-. Soy yo la que quiere vivir el momento, por eso te quiero lejos de mi vida. Tú, en cambio, estás pegado repitiendo el mismo esquema una y otra vez, como un ratón en un laberinto.

-Estás demasiado decidida, es obvio que hay otro. ¿Por qué inventas toda esta historia?

Suspiro con hastío. Óscar llega junto a la mesa, saludando nervioso. Aprovecho el instante de confusión para ponerme en pie, apoyándome en la muleta, y decir con un tono firme:

-De acuerdo, tienes razón. Hay otro hombre.

Óscar parece a punto de preguntar quién es cuando, sin advertencia, le doy un beso en la boca. Sus brazos están caídos, pero al segundo me abraza y responde a mis caricias.

-¿Vamos, mi amor? -le digo, tomada de su brazo.

-Por supuesto, querida -dice Óscar, burlón.

Dejo a Simón agarrado a la silla, con la mandíbula caída. Y después de despedirme con un gesto de la mano, no vuelvo la cabeza. Tengo un largo camino por delante y, por suerte, tengo grandes amigos que me apoyan para continuar.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Un beso de despedida (primera parte)

-¿Es en serio?

-Sí.

Simón se ríe y toma otro trago de cerveza. Preferí citarlo fuera de mi departamento, aunque tuviera que llegar con mi maldita muleta: no quiero darle la oportunidad de una reconciliación en mi cama (además, no sé si mi cuerpo podría soportarlo tampoco). Sin embargo, Óscar se negó a dejarme sola y se escondió a cierta distancia, en el local de al lado: si pasa algo, bastará con que le haga un ring con mi celular para que venga a rescatarme.

-¿Por qué? -en su voz se nota que se siente más dolido de lo que quiere demostrar con su rostro sonriente- ¿Hay otro? Dime la verdad: no me voy a enojar.

Ahora soy yo la que se ríe, casi con lástima.

-No Simón, no hay otro. Quiero estar sola.

-¿Por qué? Eso no puede ser.

-¿Ah sí?

-A las mujeres no les gusta estar solas, mucho menos después de haber terminado una relación larga.

De pronto se hace la luz en mi cabecita: por primera vez empiezo a entender a este hombre.

-Querido, creo que el que no puede estar solo eres tú. Yo me las apañé bastante bien después de divorciarme de Julián y no necesité otro clavo para hacerlo. Tú, en cambio, siempre estás tirando carnada en todas direcciones, por las dudas.

-A ver, ya te expliqué que no te he sido infiel desde que me tomé en serio lo nuestro...

-Te creo. En serio te creo. Pero estoy cansada de que... “lo nuestro” no tenga nombre, de que estés asegurándote por otros lados, como si te estuvieras preparando para cuando te aburras o te patee.

-¡Eso es algo tan típico de las mujeres! Es mi naturaleza ser coqueto, no puedes pedirme que sea alguien que no soy.

-¿Sabes qué? Tienes razón. No quiero que seas alguien que no eres. Por eso no quiero seguir contigo. Me... molesta como eres, no quiero alguien como tú a mi lado.

Súbitamente me siento bien conmigo misma. Me siento ligera, nueva, como si me hubiese desembarazado de un abrigo viejo, pesado y maloliente que me daba demasiado calor y no me dejaba disfrutar del día.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Conclusiones a destiempo

—Mi amor, te echaba tanto de menos...
—Córtala, Simón. Ya sé que estabas coqueteando con una enfermera.
—Pero, Anaís, ¿cómo puedes decir eso? —su cara de inocencia habría convencido al mismísimo Escrivá de Balaguer.
—Porque la enfermera bonita, esa de pelo oscuro, me dijo ayer: “Qué amable que es tu primo”. Yo le pregunté: “¿Qué primo?”. Y me dijo: “Ese alto, buenmozo, que siempre te trae rosas”.

Simón se ríe y se justifica diciendo que si no hubiese dicho que era mi primo no lo habrían dejado entrar. Yo prefiero quedarme callada y no seguir la discusión.

Ya han pasado cuatro días desde que me dieron de alta y todo lo que pasó desde el momento del accidente hasta que salí de la clínica se me agolpa en la mente como si me estuviera pasando ahora mismo. Las visitas melodramáticas de mi mamá, los hijos malcriados de mi hermano que por primera vez en mi vida me parecieron cariñosos, Julián y sus visitas flash, Simón llamando “suegrito” a mi papá, Simón y Julián discutiendo por mí como dos machitos adolescentes, Óscar, Andrea, Angie, Enzo y Aníbal haciendo un brindis con champaña en mi pieza de hospital, ignorando las reprobaciones de las enfermeras...

Pero lo que más recuerdo son las horas y horas de tedio absoluto. Leía y releía el diario, veía programas de animales en televisión y me acababa tan rápido los libros que me llevaban que pronto me quedaba en silencio, como tonta, mirando por la ventana.

Poco a poco pude reconstruir el accidente: fue, indirectamente, culpa de Simón. Llevaba varios días sin responder mis llamadas y justo ese lunes, después de la pega, conseguí comunicarme con él. Por estar peleando por teléfono no me fijé que, aunque el semáforo acababa de cambiar a verde, había un loco que venía rajado tratando de pasar con roja.

No me pegó de frente, por suerte. Pero me empujó y caí de cabeza a la vereda, según me contó Andrea. Y el muy hijo de puta se escapó.

Según Andrea, yo seguía consciente: me paré y todo. Consiguió un taxi y me llevó a la clínica, perdí el conocimiento y me atendieron súper rápido. Según el médico (que es amigo de mi papá), me salvé por un pelo.

A pesar de todo, no me puedo quejar de Simón: en cuanto se enteró de lo que había pasado, fue a la clínica, entre él y Andrea le avisaron a mi familia y amigos. Me fue a ver todos los días, me llevaba flores, me hizo todo tipo de mimos y atenciones, se conquistó a mi mamá y a todos mis amigos (hasta Óscar quedó, por un momento, fascinado con él) excepto a mi papá, que, aprovechando la confusión de visitas, me dijo al oído: “Es un cabro chico el tal Simón”.

Pero lejos, quien mejor se portó conmigo fue Óscar: se quedaba durante las noches, me llevó mis libros, me compraba el diario y, cuando me dieron de alta, se fue a quedar conmigo.

Bueno, hay que pensar también en que como todavía no tiene pega estable, no puede seguir arrendando y yo le ofrecí quedarse en mi casa. Pero me prepara la comida, asea el departamento, me hace la cama y me acompaña a mis horas con el kinesiólogo.

Y Simón insiste en seguirse apareciendo, como si tuviéramos algo formal. Y a mí me da cada vez más asco. De hecho, ya ni siquiera me gusta que me dé besos. Cuando se lo comento a Óscar, me dice, muy dulce:

—Mientras más te niegas, más caliente se pone el hueón. ¿Vas a hacer algo para cortarlo de una vez?
—No sé.
—¿De qué tienes miedo? —me pregunta mi amigo, mirándome a los ojos; yo no le respondo— ¿Es que acaso crees que nadie más te va a querer o que no hay hombres mejores que ese saco ‘e hueas?
—No es eso... Es que me sentiría malagradecida con todas las atenciones que...
—¿Te gusta? ¿En verdad lo quieres como pareja?

Por supuesto, Óscar sabe mi respuesta. Y también sabe que lo que tengo que hacer lo había decidido hace ya mucho tiempo, pero no me animaba a ejecutarlo: nuestro tiempo es demasiado incierto como para desperdiciarlo en una relación vacía.

lunes, 10 de agosto de 2009

La princesa caballero

Después del último numerito de Simón sería fácil para mi echar en un mismo saco a todos los hombres y decir que son todos cortados por la misma tijera: frescos que rehúyen el compromiso. Pero no es lo que pienso.

No me parece que los hombres, como género, le teman al compromiso. No creo que en los genes del cromosoma Y haya un patrón anti-matrimonio o algo así. O por lo menos no más que en las mujeres.

No creo que el hecho de que Simón no se atreva a ponerle un nombre a nuestra relación se deba a lo que tiene entre las piernas. Ni siquiera a lo mejor es un problema de madurez. O quizás no es sólo eso. Mi tesis es que ellos también están buscando a “la elegida”, a la mujer de sus sueños, pero en el intertanto son bastante más flexibles que nosotras.

Suelen decir que las mujeres somos las del instinto y la percepción, pero yo creo que los hombres también los usan al momento de entablar una relación. Ellos, casi desde el primer minuto, saben cómo enfrentar la relación o “para qué da”. Si es una relación “seria” o vas a ser una diversión “mientras tanto”, no hay cómo saberlo. No depende sólo de nosotras, sino también de ellos y el momento por el que estén pasando. En el intertanto que ellos deciden si clasificarnos en una u otra.

Hay una cosa que va a marcar en qué lado de la cancha quedemos: el nivel de interés que mostremos nosotras versus el que tengan ellos.

Puede que esté equivocada, pero me da la impresión de que entre más interés mostremos, tanto peor para nosotras mismas, pues si éste no se condice con el de ellos, corremos el riesgo de que nuestro galán de turno, al sentirse poco menos que acosados, ponga pies en polvorosa.

Quizás se deba a que quieren ser ellos los que tomen la iniciativa, los que descubran a la Cenicienta y se la lleven a su castillo. Quizás no les gusta sentir que su princesa se enfrentó con el dragón y escapó de la torre sin su ayuda.



lunes, 20 de julio de 2009

De frente, marrr

El sábado Simón fue a cenar a mi casa. No me puedo quejar, la relación anda bien. O más bien debería decir anda, porque la verdad es que a pesar de que de un tiempo a esta parte tenemos una comunicación más fluida (ya no suele desaparecerse sin avisar y me devuelve los llamados apenas puede) y que es atento y cariñoso conmigo, siento que no es suficiente.

A veces pienso que soy un ogro resentido e inconformista. Quería sentirme especial para alguien y llega Simón y me hace sentir una princesa. Hasta me llevó a las Termas en ese fin de semana de lujo.

Pero al mismo tiempo me siento como la tonta del curso, a la que le pusieron los cuernos en sus narices e hizo como si no hubiese visto nada. Hice lo que siempre juré que no iba a hacer. Lo peor de todo es que cuando me acuerdo todavía me da rabia. Pero no hice nada en el momento y ahora creo que ya no tiene caso.

Pero aún si eso no hubiese ocurrido, aún pensando que todo se va a mantener así o va a mejorar, sigo sin proyectarme con él. Una parte de mi me reta y me dice que deje de creer en utopías, que ya me equivoqué una vez y que la corte con el jueguito. Sin embargo, hay otra parte que tiene ganas de soñar y de ilusionarse que me recuerda que la vida no es eterna y en algún momento, más temprano que tarde pensaré en la maternidad... ¿pero con Simón? No, no me lo imagino. Para proyectarse de esa manera se necesitan hombres como Aníbal...

Ese era mi sombrío ánimo el sábado cuando llegó Simón. Había preparado una receta de pollo a la naranja de mi mamá y debo decir que me quedó bastante bueno.

Durante toda la cena estuve dándole vueltas al tema hasta que recién en el postre, después de haber pasado por una amplia gama de temas irrelevantes, encontré el valor para lanzarme a la piscina.

- Simón, ya no somos niñitos de 15, no puede ser que cada vez que me encuentre con un amigo no sepa cómo presentarte... ¿qué digo? ¿que eres mi amigo? Es evidente que somos algo más... ¿que eres ‘mi pareja’? siempre he odiado ese tono tan indefinido ¿que eres el tipo con el que me acuesto de vez en cuando? Sí, super presentable.
- Anaís... deja de preocuparte por el qué dirán y vive la vida que es una sola. Que no te importe el resto, lo importante somos nosotros, que estamos juntos y que nos queremos.
- Sí, si eso lo tengo claro, no creas que soy de las que le da mucha importancia a las apariencias y eso tú lo sabes. Si fuera por eso jamás habría iniciado esta relación contigo, de partida.
- ...
- A lo que yo me refiero es que si realmente nos queremos y estamos juntos, como tú dices, pues bien, entonces pongámosle nombre a eso.
- Creo que te estás apurando mucho Anaís, esas cosas no se dan por decreto, sino que fluyen naturalmente.

Después de eso juro que quería echarlo a patadas de mi casa.

martes, 30 de junio de 2009

Fin de semana de lujo

Casi no pude dormir la noche del viernes al sábado entre mi alegría alcoholizada después de nuestro tradicional happy hour y la ansiedad por saber adónde me llevaría Simón. Después de nuestra conversación del martes – invitación mediante-, estuvimos todo el día viernes mandándonos mensajitos entre tiernos e indecorosos.

Me sentía como una colegiala. Sólo Andrea, con sus funestos pronósticos y sus pragmáticas advertencias, logró quitarme la sonrisa de la cara. Pero tampoco duró mucho. Decidí silenciar esa parte de mí que le encontraba razón a Andrea. ¿Para qué me iba a echar a perder esta alegría con cosas que sólo estaban en mi cabeza? Ok, es cierto, hay antecedentes, pero no por eso iba a privarme de pasar un fin de semana de lujo.

Porque fue un fin de semana de lujo.

El sábado me levanté tempranísimo (como con una hora de antelación) de los puros nervios. Me di mil vueltas antes de meterme a la ducha, me demoré otra hora entre elegir qué ropa me pondría, qué cosas empacaría y (muy importante) qué ropa interior usaría.

Cuando Simón llegó a buscarme, a eso de las 8 de la mañana, yo estaba sentada en el sillón junto a mi bolso y a mi cartera ensayando mi mejor sonrisa. Había revisado por enésima vez mis cosas preocupándome de llevar todo lo necesario cuando sonó el citófono: “Te espero abajo, nena”. Esas frases clichés que Simón dice sin ningún remordimiento, me matan. Son insoportablemente atractivas y me detesto a mí misma por caer rendida ante ellas, sabiendo que las he escuchado y leído un sinnúmero de veces en novelitas baratas y en malas películas románticas.

Me miré por última vez al espejo asegurándome de ser la mejor versión de mí misma que podía ser, y bajé, radiante.

Él estaba guapísimo y apenas me vio salir del ascensor se acercó, me plantó un tremendo beso y, acto seguido, me ofreció su brazo. Y juro que todo el fin de semana fue igual, lleno de gestos sacados de película romántica de los años 50.

- ¿Y adónde me vas a llevar? – le pregunté con la sonrisa más coqueta de mi repertorio.
- Mmm… curiosilla… ya verás –me dijo mientras hacía partir el auto.

Condujo fuera de Santiago y se desvió por la carretera camino a Los Andes. Cuando ya pensaba con cara de espanto que me iba a llevar al Santuario de nunca acabar de Santa Teresita, pasó de largo y enfiló hacia las Termas del Corazón.

¿Qué les puedo decir? Creo que fue casi perfecto o por lo menos tuvo todos los ingredientes perfectos: rica comida, masajes con cosas extrañas que dejan la piel ultra suave, termas de esas que no dan ganas de salir y quedas arrugada como pasa y, por supuesto, mucho y buen sexo.

La cara de felicidad que tendré hoy día no se me borrará ni con el comentario más desubicado de Angie o la frase más deprimente de Andrea.

jueves, 25 de junio de 2009

Me lo advirtieron

"No hagas planes para el fin de semana".

Con su voz profunda y su frase cliché, Simón me dejó clavada al suelo con ganas de gritar como loca. Me llamó ayer en la noche para decírmelo y desde entonces que paso gran parte de mi día pensando en qué va a hacer esta vez, dónde me va a llevar.

En la mañana no pude aguantármelo más y se lo conté a Angie por msn. “A lo mejor te quiere pedir matrimonio. Imagínate, quizás te lleve a un restaurant carísimo en Borderío y te ponga un anillo de oro de la copa de champagne”.

Es cierto, no debería habérselo contado a Angie porque sus expectativas ultra elevadas hacen que cualquier otro panorama palidezca ante la perspectiva de pedir mi mano en un atardecer perfecto y con violines de fondo.

Como necesitaba un poco de realidad, decidí contárselo a Andrea.

- Después de todo lo que te ha hecho no me digas que vas a ir, Anaís Sandiego.

Sonó tan tajante, tan perentoria, que por un momento dudé. Hasta ese minuto mis grandes preguntas se reducían a: 1) ¿qué me pongo? y 2) ¿Adónde me llevará? Ahora, gracias a Andrea, mi mundo se había remecido, había cambiado completamente de dirección.

- ... pero Andrea... cómo le voy a decir que no... debe haber hecho reservas, no sé...
- Eso debería importarte un pito, Anaís. En cambio, deberías estar más preocupada por tu dignidad...
- Ya, córtala, Andrea, yo sabré lo que hago con mi vida, que para eso es mía –Andrea había tocado un punto sensible, se había metido con mi dignidad y eso sí que me sacaba de mis casillas.
- ... ok...
- Además, esto lo hago por mi, ¿ok? Quiero ir para pasar un buen rato, divertirme sin preocupaciones. No es nada personal, ¿ya? – ni yo me la creía.
- ... ok... pero no digas que no te lo advertí.

¿Qué hacer cuando los amigos cuidan de la dignidad de una más que uno misma?
Estoy entre esconderme en Siberia o aperrar no más.

martes, 23 de junio de 2009

Los hombres atractivos y los buenos

Casi en todos los blogs de mujeres que he visitado en algún momento les da por escribir sobre el típico dilema femenino entre los chicos malos y rudos, pero que usualmente nos hacen sufrir, y los buenos que nos ofrecen el paraíso terrenal, pero que son fomes.

Todas soñamos con el hombre ideal, esa especie de mezcla perfecta entre un orangután y un príncipe, un tipo alto y gimnástico que será capaz de hacernos gozar en la cama, sintiéndonos sucias y libidinosas, pero que, al mismo tiempo, nos abrirá la puerta del auto y nos retirará la silla en el restaurant.

Porque para qué estamos con leseras, si igual nos gusta que nuestro hombre tenga ese tipo de gestos caballerosos. Siempre hay unas cuantas mujeres que, según ellas, reivindican los derechos femeninos y lo encuentran machista, pero la verdad, es que yo todavía no he conocido a ninguna mujer que se sienta vulnerada o pasada a llevar porque la traten bien. Bueno, quizás la Andrea, pero ella es un caso especial.

Lo que pasa es que no nos gusta que nuestro macho alfa sea excesivamente atento porque eso nos genera sospechas. Alguien demasiado educado, demasiado obsequioso, demasiado comedido como que inmediatamente nos baja el termómetro. Tiene que tener un par de gramos de brutalidad (bien aplicada eso sí) para que nos haga sentir bonitas y deseadas.

Con Julián, por ejemplo, yo tenía a mi hombre educado y fome. Julián es del tipo de hombre ultra ordenado y meticuloso. Todo en su departamento está en su lugar, limpio y pulcro; más encima tiene una fijación con el color blanco. Mientras estuvimos casados, no di mi brazo a torcer y traté de que la casa que compartíamos fuera lo más acogedora posible, pero desde que vive solo, el departamento que ocupa pare0ce una extensión de su consulta (es odontólogo): blanco, impecable y con olor a desinfectante mezclado con glade.

Y hasta en la cama era así. Lo juro. Para él sexo era igual a cama, creo que jamás se le pasó por la mente que lo hiciéramos en otro lugar. Además tenía una fijación con todo lo que eran secreciones corporales: una vez llegó a cambiar las sábanas de la cama porque las había manchado con semen.

Simón, en cambio, es nada que ver es fresco, patudo y entrador. Una vez me invitó a cenar a un restaurant medio cuico, yo iba toda perfumada y escotada y mientras el mesero nos traía nuestro pedido comenzó a acariciarme las piernas por debajo de la mesa y a decirme cosas subidas de tono. No sé cuántas horas estuvimos en el restaurant, pero se me hicieron eternas porque no hallaba las horas de llegar a su departamento y sacarle la ropa.

Lo que es yo, todavía no soluciono mi dilema, a veces pienso que las mujeres nos compartamos como un péndulo que está en constante oscilación entre uno y otro extremo.

miércoles, 17 de junio de 2009

Retroceder nunca, rendirse… tal vez

Ok, lo confieso: sucumbí ante Simón… ¿o más bien debería decir que sucumbí ante mis propios deseos?

No entraré en detalles, pero el punto es que no me puedo quejar: fue una noche fantástica. El problema es que otra vez me dejó llena de dudas: ¿estaré haciendo lo correcto? No, no me pidió disculpas ni yo le pedí explicaciones. Me siento como una tarada.

Se supone que con todas estas cosas que hablan sobre el empoderamiento femenino y llamados a rechazar el machismo, yo debería darle una feroz patada en el trasero a Simón y NEXT! Pero no puedo. Lo peor: no sé si quiero.

Todavía me gusta, lo paso bien con él, me resulta terriblemente atractivo y soy capaz de caer como una mosca a sus pies si llega a mi casa con un ramo de rosas y champagne. No estoy orgullosa de mí, eso está claro, pero no puedo evitar sentirme cómoda con él.

A veces pienso que me quedo con Simón no porque lo quiera, sino porque es lo único relativamente serio que he conseguido desde que me separé de Julián. Por soledad. Porque después de 3 años de aislamiento voluntario y otros 2 de relaciones desastrosas y fugaces, quería que alguien me sedujera, quería verme a través de los ojos de otro y encontrarme bonita, quería sentir que alguien se la jugaba por mí.

Pero me doy cuenta de que con Simón tampoco tengo eso. O por lo menos no todo. No me siento especial para él. Así como un día él me abordó y comenzó a coquetear conmigo hasta que logró sacarme mi número telefónico, así mismo lo debe haber hecho con Patty, la hamburguesa… Para él las mujeres somos cosas lindas, placenteras y desechables. A veces siento que nunca me ha tomado en serio.

Nunca ha querido darle un nombre a nuestra relación. Según él “estamos juntos”, no conozco a casi ninguno de sus amigos, así que no sé si me presentaría como “su pareja”, “su amiga” o, simplemente, “Anaís”. Tampoco ha querido conocer a mis amigos por más happy hour a los que lo he invitado. La vez que le propuse que fuéramos a almorzar a casa de mis papás estuvo a punto de lanzarse por el balcón y salir corriendo calle abajo, estoy segura, por mucho que haya intentado disimularlo con un “¿y por qué no lo dejamos para más adelante, linda?”.

Para variar estoy confundida, no sé si jugármela por Simón y continuar con “esto”, este engendro ambiguo y sin nombre que tenemos, o darle una patada que lo mande directamente a la frontera.

domingo, 14 de junio de 2009

Simón dice...

Ding Dong. Son las ocho de la noche del sábado. Ding Dong ¿Y sin pasar por el conserje del edificio? Mmmm... raro.

Mientras me pongo mis pantuflas, pienso que debe ser mi mamá, preocupada porque no la he llamado en más de una semana. Es horrible cómo todavía se mete en mi vida como si fuera una nena de quince. Y lo más cómico es cómo involucra a mi papá: ‘con tu papá pensamos que estás muy aislada’ o ‘¿por qué no nos has llamado, Anaís?’. Es cómico porque usualmente mi papá no mete la cuchara, son iniciativas de mi madre que intenta pasar como que son de ambos.

Pero aún así no es propio de mi mamá venir a meterse a mi departamento un sábado en la noche. Como es ella llegaría al mediodía con todo lo necesario para hacer un almuerzo dominguero ultra calórico suficiente para luego resistir varias horas de caminata por el mall.

Ding Dong.

Espío por el visor. No lo puedo creer. Es Simón.

Casi me da un patatús. Corrí a la pieza donde hace tan sólo 5 minutos mi vida transcurría tranquilamente, tirada en la cama, viendo un documental de NatGeo. Me deshice de mi pijama, me puse un vestido, zapatos y perfume. Me tomé el pelo en un moño bien poco católico y me dirigí a la puerta tratando de ser todo lo seductoramente digna y pro del mundo, con un toque de ira contenida, pero que lindara en la indiferencia.

Ding Dong. Abro la puerta.

— ¡¿Simón?! Pero... ¿qué haces tú aquí a esta hora? – el muy patudo venía con un enorme ramo de rosas rojas y una botella de un champagne carísimo. Bien vestido y con ese perfume que me mata.
— Anaís – me dice mientras entra en mi departamento como Pedro por su casa — no creerás que me he olvidado de ti, linda ¿no?

No alcanzo a responder, porque antes de que pueda reaccionar, Simón se ha desembarazado de las flores y el champagne y me toma de la cintura, mientras me planta un tremendo beso.

— Simón – le digo mientras trato de quitármelo de encima— Simón, no puedes llegar así a mi casa como si nada, después de todo lo que ha pasado – mi honra reclama para que ponga los puntos sobre las íes. Lo confieso: mi cuerpo preferiría quedarse sin honra con tal de tener el cuerpo de Simón.
— Anaís, olvídate de eso, yo te quiero – me besa otra vez.
— Pero Simón... — me resistí con la fuerza de un diabético sin voluntad ante una torta de merengue.
— Anaís, sabes que para mí eres la única, en serio – me miró a los ojos con su mejor cara de sinceridad.

Honestamente no sé si le creí, pero tanto quise creerle y volver a confiar en él, que poco me importó si era verdad lo que me decía o no.

(¿Es idea mía o a los hombres les gusta que los traten mal?)

viernes, 12 de junio de 2009

Espíritu Andreístico

Nuevo mensaje
de: Simón

“Vamos a cenar mañana?”

Debo haber puesto cara de que me iba a desmayar, porque al tiro Andrea me agarró por los hombros y me preguntó si estaba bien.

— Tu... Tu familia está bien, ¿cierto?

Entonces me sentí patética, como un personaje de novela rosa que acaba de recibir la carta del hombre que creía muerto en el campo de batalla.

— Sí, no es nada grave. Es Simón.

No alcancé a morderme la lengua. Andrea soltó un inexpresivo “ah” y seguimos conversando sobre la presentación para el cliente.

— ¿Qué dijo? — preguntó entre un informe y otro.
— Nada.
— Te está invitando a salir, ¿cierto?

A veces me pregunto si mi amiga no tendrá telepatía.

— Quiere que conversemos.
— No me jodas. Ese no es de los que les gusta conversar.
— ¡Que no es nada, mujer!
— Quiérete a ti misma, Anaís. Mándalo a la mierda.

Luego seguimos hablando de los informes. No volvimos a tocar el tema. Durante el almuerzo, Andrea me miraba con desaprobación, pero no mencionó nada del asunto.

¿Qué tenía que hacer? Hasta ahora, no lo sé. Lo más fácil habría sido ignorar el mensaje. Entonces me puse a pensar en que el pelotudo ese no respondía mis llamados, se desapareció el fin de semana y ahora actuaba como si nada pasara. Tanto me subió la mostaza que me vi invadida por el espíritu andreístico y respondí con mi propio mensaje de texto:

“No tengo ganas”

sábado, 6 de junio de 2009

El alcohol daña la imagen

— ¿Y por qué no lo llamas tú?

Después de tres tragos, el consejo de Angie ya no me parecía tan descabellado. Después de todo, fui yo la que dudó de su palabra. Enzo la apoyaba: me decía que no tenía suficientes pruebas como para dudar de él.

—Además, tú misma dijiste que era tu primera relación seria en años. Que él te gusta, que te mima... Creo que por lo menos deberías conversar con él y aclarar las cosas.

Andrea se mantenía en silencio, bebiendo su tequila sunrise, pero su mirada lo decía todo: ella duda de todos los hombres, sobre todo de los que pasan equivocándose de nombre cuando la llaman.

— ¿Y qué pasa con lo que me dijo Julián? —balbuceé en alcoholés.
— A ver, él es tu ex marido, ¿no? —dijo Enzo—. No me parece bien que confíes en todo lo que dice.
— Ay, es que tú no lo conoces —se apresuró a decir Angie—. Julián es el hombre más correcto y honesto que he conocido. Todo un gentleman, ¿sabes? Aunque estuviera celoso jamás le mentiría a Anaís. Él de verdad quiere lo mejor para ella...
— ¿Por qué no lo invitas a salir si te gusta tanto? —preguntó Andrea.

Yo ya no quería más guerra y me alejé. Llevaba gran parte de la noche comiendo maní salado, bebiendo y contando mis penas de amor a los compañeros de la pega. Sentía como si hubiese vuelto al colegio, a las fiestas de fin de semana donde fumábamos y tomábamos piscolas a escondidas y nos pasábamos consolando a la amiga que se había peleado con el “hombre de su vida”, con el que estaba pololeando desde hacía una semana.

Así es que, animada por el alcohol y los recuerdos de la infancia, tomé el celular y escribí un breve mensaje.

“Te quiero muxo. ¿Podemos vernos?”

Ahí quedó mi dignidad.

viernes, 5 de junio de 2009

El teléfono es mi enemigo

Viernes en la noche. Estaba echada en la cama esperando que suene el celular. Simón siempre me llamaba los viernes en la tarde para decirme que no hiciera planes para el fin de semana, porque iba a pasar por el departamento para raptarme. Pero pasaron las noticias y el celular seguía mudo.

No es que esté esperando que me invite a algún lado para reconciliarnos, no soy tan patética. Quiero que me llame para darme una explicación, quizás pedirme perdón, y cuando lo haga lo voy a mandar a la mierda.

De pronto comenzó a sonar el teléfono fijo. ¿Sería Simón? Quizás me llamaba a la casa primero, para ver si estaba aquí. “No le voy a contestar al tiro”, pensé. “Voy a dejar que suene unas tres o cuatro veces antes: no le voy a dar el gusto de mostrarle que estaba esperando su llamado”. Me paré, fui tranquilamente junto a la mesita del teléfono, esperé cuatro rings y tomé el auricular.

—¿Aló?

Levanté justo para oír que alguien colgaba al otro lado. Quería romperme la cabeza con el teléfono por no haberlo levantado un ring antes. Con los nervios de punta, me eché de nuevo en la cama. No alcancé a relajarme cuando empezó a sonar el teléfono otra vez. Corrí y lo levanté antes de que sonara el segundo ring.

—¿Aló? —estaba visiblemente agitada.
—Buenas noches —me respondió una voz masculina—, ¿hablo con Anaís Sandiego?
—Con ella —traté de reconocer la voz—. ¿Y tú eres...?
—Raimundo Fernández, de Compañía Telefónica. Estoy ofreciendo una excelente promoción de telefonía más banda ancha. Dígame señora, ¿usted tiene computador?
—Sí, claro.
—Se nota que usted es una ejecutiva joven, emprendedora, que necesita de una conexión a Internet rápida y segura, y Compañía Telf...
—Oye, ¿me estás llamando a las nueve y tanto de la noche de un viernes para venderme cosas?
—No vendo, señorita: estoy ofreciendo un producto.
—Mira, lo que sea. Dile a tu jefe que no sea idiota, que los deje salir temprano alguna vez. Vayan a ver las noticias a la casa, salgan en la noche... ¿Quién va a querer comprarle porquerías un viernes en la noche?
—Yo no creo...
—Chao Raimundo. Que te vaya bien.

Y colgué. Luego me eché de nuevo en la cama, esperando el maldito llamado. Me estaba sintiendo ridícula: horas echada en la cama, esperando que me llamara alguien con quien no quería hablar. Así es que encendí la tele y me puse a ver el tiempo.

De pronto me despertó el celular vibrando en la mano. Contesté sin tener mucha idea de dónde estaba, qué estaba haciendo o qué programa había estado viendo antes de quedarme dormida.

— ¿Anaís?
— ¿Sí? ¿Qué?
— ¿Estabas durmiendo?
— No... Estaba viendo tele. ¿Angie?
— ¿Estabas viendo tele? ¿Un viernes en la noche? Vamos, Anaís. Estoy con Andrea y Enzo en un pub de Provi. ¿Te tinca si te unes a nosotros?

Por supuesto que dije que sí. Entre pasarla bien con los amigos de la pega y esperar la llamada de Simón...

Pero, ¿y si me llama después?

martes, 2 de junio de 2009

Caso cerrado

“Anaís, te tinca q almorcemos juntas para conversar?”

El mensaje era de Andrea, una de mis mejores amigas y, además, compañera de trabajo. No me habría parecido raro que Andrea hubiese querido almorzar conmigo si antes no me hubiese preguntado como mil veces cómo estaba. Era obvio que por algún medio se había enterado de mi lío con Simón.

No le había querido contar sobre el temita porque sabía que ella me iba a retar. Y con toda la razón del mundo.

Andrea es lo que se llama una mina ‘pro’. Entró a la empresa poco después que yo, pero para entonces ya era una mujer fogueada por la vida. Andrea es combativa y medio feminista, además de trabajar en la empresa, yo no se cómo lo hace, pero asesora a una ONG pro derechos de la mujer. Bueno, si sé cómo lo hace: a costa de su vida.

Andrea es de esas mujeres que vive y muere por su pega. Después de casi 4 años de amistad todavía no puedo determinar si se vuelca a la pega porque no tiene vida o si no tiene vida porque se lo pasa trabajando.

Rara vez nos acompaña a los happy hour de los viernes. Parece que nos encuentra medio pendejos. Viniendo de cualquier otra persona me sentiría ofendida, pero la Andrea es mi amiga. A pesar de que yo ya me había separado cuando la conocí, el proceso fue largo y ella fue una de las pocas personas que, en cuanto llegó, estuvo ahí, apoyándome, siempre al pie del cañón.

Yo no le había querido contar mucho sobre mi relación con Simón porque sabía lo que me diría Andrea: “pero Anaís, ¡otra vez metiéndote con gallos sin futuro! Deja de buscar mujer, que siempre te encuentras con lo que dejó la ola, desarróllate tú y olvídate de los hombres por un rato”. Pero Angie -quién si no- tenía que abrir su bocota.

Cinco minutos antes de lo que me había dicho, Andrea estaba parada delante de mi escritorio quejándose por el alza de la bencina, el tiempo y no sé qué otra cosa más. Me hice una apuesta a mi misma: cuánto se demoraría en sacar a colación el único tema que realmente le interesaba: Simón y yo.

Bastó que nos sentáramos con nuestras bandejas para que Andrea disparara: “Anaís, soy tu amiga, sabes que puedes confiar en mí, cuéntame ¿qué onda con ese tipo?”. No le pregunté quién le había contado, en primer lugar porque ya me lo imaginaba, y segundo porque me sentía un poco culpable de no haberle contado antes. Más que mal es una de mis mejores amigas.

Le conté sobre “mi relación con Simón”, tratando de quedar lo más cool y lo menos patética posible. Pero pese a todo me bastaba mirar a Andrea para saber que estaba pensando (otra vez) que era una mina poco evolucionada que anda con el mazo caza-hombres en la cartera. Su cara de asco cada vez que nombraba a Simón y de algo parecido a la lástima cada vez que le decía que yo igual estaba bien así y que no volvería a sufrir por un hombre, me lo decían todo.

Al final, después de un par de comentarios del tipo “los hombres son todos iguales”, “no valen la pena”, “bien ahí, amiga” y “así se habla Anaís”, me dijo lo que yo realmente estaba esperando: uno de sus tajantes veredictos.

“Amiga, si el tal Simón te mima y es bueno en la cama, aprovéchalo mientras dure, pero ni siquiera sueñes con proyectarte con él”. Tras lo cual miró su plato con la misma cara de asco que antes había puesto cuando le nombraba a Simón y me dijo: “estaba muy cocido el brócoli”.

viernes, 29 de mayo de 2009

En la escena del crimen

- ¿Por qué esa cara?
- Nada -dije, mientras miraba la mesa donde había pillado a Simón con la rubia maldita-. ¿Tenía que ser en este lugar?
- ¿No te gusta? Es el mejor café de El Bosque. Sirven un capuchino estupendo. Ya te pedí uno.

Bueno, ese es Julián. Llegó cinco minutos antes al local (el mismo café donde vi al muy hijo de puta con Patty la hamburguesa), con su terno impecable, el peinado lengua de vaca; me acomodó la silla apenas llegué. No ha cambiado nada en todos estos años.

- Aquí están los papeles -le pasé la carpeta y el lápiz, tratando de cambiar rápido de tema-. Fírmalos, por favor. No quiero seguir hueveando con la Isapre.
- Ya veo -dijo mientras sacaba sus anteojos y se los ponía en la nariz, con ese gesto típico que tanto me gustaba; se puso a hojear los documentos, los guardó y se sacó los anteojos-. Déjame llevárselos a mi abogado y él te dirá si están en orden.
- Pero... ¡Los necesito para la semana que viene!
- ... Supe que tienes algo estable con alguien, te felicito. ¿Cómo va eso?

Me estaba clavando las uñas en las palmas de las manos de tan enrabiada que estaba. No sólo seguiría evitando el tema del divorcio, sino que además me estaba espiando. Pero no me rebajaría a contarle mis penas de amor a mi ex.

- Muy bien. Llevamos casi tres meses. Es un tipo divertido y muy atento, alguien con quien una podría proyectarse.

1-0. Noté inmediatamente el gesto de celos de Julián: esa típica mueca que hace con las comisuras cuando hieren sus sentimientos.

- Me alegro por ti, Any.
- Anaís -le escupí; detesto mi apodo del colegio.
- Deberías tener cuidado con ese Simón: le llueven las mujeres y no sabe decir que no.

1-1. Lo estaba reconociendo: el muy pendejo me espiaba. “Cálmate”, me dije. “Obviamente, él lo conoce, pero no dejes que se entrometa en tu vida. Hazte la desentendida. No dejes que note que te importa”.

- ¿Y cómo sabes eso? ¿De dónde lo conoces?

2-1 por autogol. “So pelotuda”, me dije.

- De odontología, es un ex compañero que se cambió a publicidad. Decían por ahí que tuvo problemas por meterse en demasiadas bocas ajenas, ja ja ja. Nos encontramos hace un par de semanas: fue a mi consulta y lo reconocí. “Estoy saliendo con una minita de lujo”, me contó. No me costó mucho sacarle el nombre. Ese tipo no es bueno para ti, Any. Te va a romper el corazón.

Me estaba ganando por goleada y no estaba consiguiendo nada: Julián seguía pateando lo de los papeles, descubrí que me estaba espiando, me confirmó que Simón es un mujeriego y además le estaba dando lástima. No tenía nada más que hacer ahí, así es que emprendí la retirada.

- Mira, Julián, no quiero perder más el tiempo. Si no vas a firmar los papeles, no tengo nada que conversar -me puse de pie.
- Pero, ¿y tu café?
- No importa. Igual no creo que sea tan bueno -dije, retirándome indignamente.

lunes, 25 de mayo de 2009

¿Es lo que me imagino?

- No es lo que te imaginas – me dijo el muy desgraciado, dándome a entender que era exactamente lo que yo me había imaginado desde un principio.

Hice lo que se supone que debe hacer toda mujer inteligente, progre, independiente y todas esas cosas que les encanta decir a las minas que están pegadas con algún tema: lo llamé.

Lo ensayé mil veces en voz alta y hasta frente al espejo, como si me fuera a estar mirando desde el otro lado de la línea telefónica. Quería que me escuchara lo suficientemente relajada y buena onda como para que pensara que soy una mina moderna, cero rollos y evolucionada, pero a la vez sonar decidida y fuerte.

- ¡¿Quién chucha era esa mina con la que te vi en El Bosque?!
- ¿Cómo?
- El lunes pasado, en un café de El Bosque. Te vi, no te hagai el tonto– mi máscara de mina ‘pro’ ya había mostrado la hilacha.
- ¿Estás segura de que era yo? Porque justo ese día tenía una reunión...
- ¡Bonita tu reunión! ¡Supongo que estaban haciendo un b2b! – no sé si fue en este preciso instante cuando mi dignidad se hizo humo o en realidad se había tomado vacaciones desde el momento mismo en que tomé el teléfono para llamarlo.
- ¡Ahhhh... tú te refieres a la Patty! – me dijo fresco como una lechuga
- ¡¿La hamburguesa?! – risa nerviosa de ‘estoy a punto de asesinarte’.
- Anaís, déjate con esas tonteras de cabra chica, ¿quieres? No es lo que te imaginas…
- ¿Ah no? Entonces ¿qué demonios es? - articulé a duras penas, tratando de pasar de sonar lo más compuesta posible.

Había esperado una semana por una respuesta medianamente coherente y ante mí tenía al tipo más patudo del mundo, creo que hasta lo veía sonreír a través del teléfono sin una pizca de algo parecido al arrepentimiento.

Tres días atrás probablemente mi reacción habría sido mucho más sentimental, apelando a un ‘nosotros’ cada vez más lejano, sin embargo ahora lo que me dominaba era la ira. Ojalá lo hubiese tenido justo frente a mí para sacarle los ojos...

- Patty es la modelo con la que estoy trabajando para el nuevo comercial de la compañía... tú sabes... Business are Business... jeje – rió. Él se reía de lo que para mí era un drama. Una tragedia.
- Ah, la modelo... ¿y qué tenías que estar tú coqueteando con la modelo en un cafecito?
- No estaba coqueteando con la modelo, Anaís. Estábamos conversando sobre el comercial, qué era lo que queríamos de ella... tú sabes...
- No, yo no sé nada. Explícame.
- ¿Sabes qué más? Tus celos de pendeja me cansaron.

Me colgó. Y yo me quedé como una tonta, con el teléfono en la mano, con mil preguntas y otros mil reproches en la boca...

sábado, 23 de mayo de 2009

Tomando la iniciativa

Aconsejada por Óscar, decidí que tenía que llamarlo. Después de hablar insensateces – con harto alcohol de por medio- llorar, cantar y patalear, la decisión era clara como el agua: lo llamaría para, civilizadamente, saber cómo estaba (puesto que él no había dado señales de vida en la semana) y, como que no quiere la cosa, preguntar por la rubia del café.

Hoy me levanté tarde, anduve en pijama lo que quedaba de mañana y almorcé algún elemento congelado sacado directamente de mi nevera. La vida se veía casi fácil sólo ensombrecida cada unos 15 minutos más o menos con pensamientos del tipo: ¿y si le gusta esa chica? Porque evidentemente es más joven que yo. Y más bonita. Sí, realmente tenía un cuero… debe ser argentina, y a él le encantan las argentinas. ¿Y si tengo razón y estaban coqueteando?

Rápidamente trataba de cambiar de tema. Puse música bien fuerte, como esperando que toda esa cantidad de decibeles me impidieran escuchar mis propios pensamientos.

Me vestí como para salir y me puse a ensayar frente al espejo de mi closet: ‘Hola Simón, cómo has estado?’, ‘¿Yo? ¡Excelente! Realmente ha sido una gran semana, jeje’, ‘No me lo vas a creer, pero el otro día te vi por ahí por El Bosque, casi paso a saludarte, pero estaba ultra ocupada’.

¡Qué gran mentirosa!

En verdad me he pasado toda la semana llorando como una Magdalena porque siento que tengo unos cuernos inmensos sobre mi cabeza.

Respiré hondo y tomé el teléfono. ¿Lo llamo a su casa o al celular? Probemos con la casa primero… un día sábado por la tarde debería estar allí… creo…

Tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut tut. Nada

Ok, tranquila Anaís, quizás salió a…qué sé yo ver a la mamá, comprar al supermercado, con los amigos… quizás me venga a ver…

Intenté con el celular y… ¡estaba desconectado!

Lo llamé una, dos, diez veces. Volví a intentar media hora, una hora, dos horas más tarde. Nada. Me las va a pagar, juro que me las va a pagar.

jueves, 21 de mayo de 2009

El abrazo que necesitaba

Son las tres de la mañana y todavía estoy llorando, aunque ahora me siento más tranquila. Óscar está durmiendo en el sofá, con el vaso de pisco en la mano; lo llamé porque ya no aguantaba más. El ver a Simón tan coqueto con una tipa regia, la infinidad de rollos que me pasé, sentirme una cornuda y para más remate que cuando le conté a Angie, ella me reprochó que dudara de él, y me sacó en cara todos mis traumas reales o ficticios.

Me sentía sucia, me sentía sola, me sentía una mierda. ¿Por qué nadie cree que me estaba engañando? ¿Me habré equivocado?

Más encima, ayer llamé a Julián para que arreglemos de una vez por todas los papeles del divorcio y escurrió el bulto... para variar. Me invitó a cenar el martes que viene, para que lo conversemos.

- ¿Dónde? - le pregunté
- En el ‘Como agua para chocolate’ - me dijo el muy maricón, como si yo no supiera que me invita allá para hacerse el lindo conmigo, para tratar cualquier tema menos el puto divorcio.
- ¿Sabes, Julián? En realidad tengo demasiada pega la semana que viene así es que dejémoslo para después.

Se despidió torpemente y yo casi rompí el teléfono cuando le colgué.

Fue entonces cuando llamé a Óscar y me puse a llorar como adolescente que acaba de ser pateada. Y él, como siempre, no me hizo ninguna pregunta, no me prohibió las lágrimas, sino que pasó por la botillería y se vino directo al departamento. Me abrazó, escuchó todo mi melodrama, luego tomamos un Alto del Crimen entero, nos contamos chistes, cantamos karaoke y me puse a llorar de nuevo, y Óscar me tuvo entre sus brazos hasta que se durmió.

Por cierto, está decidido: hablaré con Simón y dejaré de pasarme rollos.

martes, 19 de mayo de 2009

Colección de decepciones

— Tu problema es que nunca has querido entender a los hombres

El misil de Angie hizo polvo lo que me quedaba de autoestima. Ni siquiera me dejó vomitar toda la bronca que había acumulado a lo largo estos dos días. Su análisis lapidario me dejó con la mierda hirviendo y a punto de llorar.

Según Angie la que tiene el problema soy yo. Yo no me debería haber pasado ese rollo (aún con toda la evidencia en contra), yo soy poco comunicativa, yo debería haber cruzado la calle, haberlos saludado amablemente y hacer que Simón me presentara a la chica.

— Claro, también me faltó pedirle la tarjeta de presentación y anotar su fecha de cumpleaños y su celu para saludarla, ¿no? – le suelto en modo “Chispita te acompaña” en versión día de furia, mientras me empino mi cuarto pisco sour.

Angie no se da por enterada y sigue con su discurso de psicoloca hippie:

— No, no se trata de eso, Anaís. Lo que pasa es que según Erikson tú estás en la crisis de la “Identidad v/s Aislamiento” y todavía no has logrado solucionarla. Tú te empeñas en mantener cerrada tu intimidad, cuando deberías abrirte frente al hombre que te gusta. O si no, nunca vas a poder desarrollar la virtud del amor que...
— ¡Deja de psicoanalizarme!, que si quiero un psicólogo prefiero pagar uno. Vo’ soy mi amiga, hueona — y me largo a llorar mi poco digna borrachera.

Angie siempre tiene buenas intenciones y eso hace que sus consejos sean en un eterno tonito de ‘yo te enseñaré cómo se vive, hija mía’. Quería ayudarme, de eso no tengo dudas, pero la verdad es que habría sido mejor ponerme en modalidad zombie: hacer mi pega, irme a la casa, tratar de dormir, levantarme temprano y volver a la pega para no tener que pensar en Simón.

En vez de eso, invité a Angie a un happy hour. Mientras yo me emborrachaba a base de pisco sour, ella me refregó en la cara mis problemas para comunicarme, mi desconfianza hacia los hombres y mis traumas de separada.

Yo lo único que quería era un abrazo, quería que me dijeran que mi vida no es una colección de decepciones, quería...

¿Y si Angie tiene razón?

lunes, 18 de mayo de 2009

Yo, la cornuda

Estaban de lo más relajados riendo y conversando frente a unas minúsculas tazas de café. Simón le hablaba lo más cerca que podía (el muy hijo de puta) y ella se reía, toda coqueta, echando la cabeza hacia atrás y jugando con sus mechas rubias. Estuve tentada de cruzar la calle y echarle el café sobre el impecable vestido blanco que llevaba la muy puta (lo juro). En vez de eso, cambié de recorrido y me di una vuelta enorme para poder llegar al trabajo sin tener que pasar frente a ellos.

Había pedido permiso para ir al médico (ginecólogo, examen de rutina). Me carga llegar tarde y había un taco infernal, así que le pedí al taxi que me dejara en la esquina de Apoquindo con El Bosque y apuré el paso como si se me fuera la vida en eso.

Estaba esperando la luz verde para cruzar cuando veo a Simón, el idiota con el que salgo desde hace un par de meses, en actitud evidentemente ‘cercana’ con una mina estupenda. ¿Qué quieren que piense? ¿Que es su prima? ¿Es justo la amiguita que le faltaba por presentarme?

Me enganché con Simón después de años de estar sola y llevar el cartel de ‘separada antes de los treinta’. Al contrario de mi ex, Simón era un tipo canchero, simpático, bastante atractivo y hasta un poquito sinvergüenza. Me gustaba eso de que llegara a mi casa sin previo aviso y con una botella de vino en la mano, mientras con la otra me tomaba de la cintura y me acercaba a él para darme un beso. Me hacía sentir viva otra vez.

Sin embargo, las cosas no eran tan color de rosa. En más de una ocasión me había cambiado el nombre y había días en que era imposible ubicarlo porque desconectaba el celular. Cuando le preguntaba qué había hecho, se hacía el leso y cambiaba de tema.

Quizás la desconfianza ya se había instalado en mí y verlo en la terraza del café con esa chica no hizo sino confirmarme algo que yo ya intuía...

En estos momentos escribo desde mi oficina sintiéndome una mierda... y con astas de reno, más encima. Siento que, otra vez, estuve a un tris de alcanzar mi felicidad. Pero al mismo tiempo me siento enrabiada. Siento que la sangre es un líquido espeso y palpitante que recorre mis venas a un ritmo vertiginoso. Quiero gritar, quiero llorar... quiero no ser yo por unas cuantas horas.



 
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