Mostrando entradas con la etiqueta En busca del paraíso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta En busca del paraíso. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de octubre de 2009

Hasta siempre, blogspot

-¿Qué es esto?
-Tu liquidación.
-Pero si todavía faltan dos semanas...
-No sé yo. Tienes que firmar ahí.
-No pienso firmar: aquí dice que me despiden por incumplimiento de contrato.
-Yo no sé nada, pero tienes que firmar.

Por supuesto, no firmo ni una mierda. Voy a buscar a mi jefe para que me explique qué pasa. Pero el muy cobarde no está en su oficina, ni en ninguna parte. “Está en una reunión muy importante con uno de nuestros clientes”, me dice su secretaria. Le estiro la lengua y averiguo que, además, se llevó a mi reemplazo, el que estaba entrenando. Así es que sumo dos más dos y pienso que más de algún abogado estaría feliz de llevar mi caso a la justicia laboral... Sobre todo ahora que la reforma penal llegó a Santiago.

Más adelante pensaré en eso. Por ahora, tengo asuntos que cerrar en la empresa (no me pienso ir antes de que se cumplan las tres semanas desde que di el aviso), contactos que afianzar y mucho trámite legal que hacer para poder abrir la empresa que estamos creando con Angie, Óscar y Andrea.

Las cosas se han precipitado en la empresa: desde que se supo que me iba, todo el mundo me mira como un bicho raro. Pero al final, todos los que han trabajado conmigo me felicitan por mi decisión y me dan ánimos para emprender mi nuevo camino. Algunos incluso me confiesan que tienen ganas de renunciar desde hace tiempo, pero no se atreven.

Pero la sorpresa más grande me la llevé cuando mi Némesis (que esta última semana se ha quedado con todos los trabajos que me habrían correspondido a mí) se acercó ayer a mi oficina y me preguntó, sin rodeos, por qué me iba. Y le conté. Su respuesta no se hizo esperar.

-Guau, Anaís... Me... Parece muy valiente de tu parte.
-Es decir, lo encuentras una mala idea.
-No, para nada. Tiene mucho sentido. Además, te he visto trabajar: siempre sabes muy bien qué quieres y cómo conseguirlo. Te va a ir muy bien como independiente. Estoy segura.
-Gracias, Cata.

Estaba a punto de salir de la oficina cuando se dio vuelta y agregó:

-Oye... Y si... necesitas una socia... Bueno, no sé. Considérame como una posibilidad. ¿Vale?

Me quedé muda unos segundos. Alcancé a murmurar un incomprensible “gracias” y se fue.

Me queda tanto por vivir, tanto por hacer... Y tan poco tiempo. También podría contar acerca de Aníbal, que estamos saliendo más seguido, que me está aconsejando en la parte logística y que está haciéndome contactos en la empresa donde trabaja. Es algo extraño esto que estamos armando, como un gólem que cada día toma más forma y fuerza, como una bola de nieve creciendo bajo mi control.

Necesito crecer, necesito espacio y tiempo para dedicarlo a mi vida y, desafortunadamente, siento que reflexionar tanto sobre mi vida en este diario me quita energías para vivirla.

¿Es posible eso? ¿Que los escritores sean personas que viven sus vidas a través de sus escritos, de sus personajes porque son incapaces de hacerse cargo de sus propias vidas?

Todos estos meses que llevo escribiendo este diario siento que he vivido más como un personaje que como persona. Que las historias que relato tienen más vida que mis recuerdos. Por ejemplo Simón, que no es más que un accidente en mi vida amorosa, cobra en mis escritos una importancia desmedida. A veces me da vergüenza revisar lo que he escrito y leerme tan melodramática, tan autocompasiva... Y me da pena ver que a las cosas y personas que realmente me importan (las onces familiares, mi papá, Óscar, Andrea, Aníbal) les dedico apenas un par de oraciones o un post efímero.

Quizás por eso he estado escribiendo menos estas últimas semanas.

No sé, lo único que tengo claro es que ya no me siento tan motivada como cuando empecé a escribir, leer otros blogs, responder mis comentarios. Y no es porque no me guste leerlos a ustedes o porque me aburran. Me siento feliz de haberlos conocido, de haberlos sentido tan cerca mío en esta aventura de pocos meses, y seguiré leyéndolo(a)s como siempre. Pero ya no escribiré más en este blog. Y me duele decirlo, porque he conocido a personas maravillosas en este mundo del blog y sé que, aunque trate de no perder el contacto, inevitablemente nos iremos alejando.

Es por ello que quiero enviar un abrazo muy fuerte a quienes me han seguido desde el principio: Blanky, Señorita Morfina, Pau (Señorita Templaria), Beetlejuice Girl, Michelle, Nina Giordano, Saruki, Sandra y, por supuesto, San (Corazón de Nuez), José Carlos y Leslie Miranda. Tampoco puedo dejar de lado a algunos que se sumaron más tarde, pero que he sentido muy cerca mío: Mely, Floripondia, Francisca, Polin, una Nadia, Guadyx...

Podría dedicar una entrada entera a agradecerle a todos los que han pasado por mi blog a mis 56 seguidores y a todos los que me han dejado mensajes hermosos. Me han consolado cuando he estado mal, han celebrado mis alegrías y, sobre todo, me han aceptado y me han querido como soy, con mis grandes defectos, mis tonterías y mis desvaríos.

Me duele terminar este diario, esta tribuna donde tantos me han leído y yo he leído, pero alguien muy sabio me dijo una vez que para que las cosas terminen bien, hay que ponerles un punto final y no hacerle alargues innecesarios (¡Aprendan, guionistas de teleserie!). Si no, lo hermoso es tragado por la indiferencia, por la amargura de tener al muerto pudriéndose en la habitación cuando podría estar enterrado y haberse convertido en un bello recuerdo.

Así es que para cerrar, con el punto final que corresponde para este diario, pero que es sólo un punto seguido en la vida de Anaís Sandiego, les dejo este hermoso cuento de Cristina Peri Rossi.

Un abrazo a todos. Los llevaré siempre en mi corazón.

Con amor,

miércoles, 21 de octubre de 2009

De cierres y bienvenidas

-¿Qué es esto?
-Mi renuncia.
-Anaís, ¿es broma, verdad?
-No. Es en serio. Muy en serio.

Mi jefe está boquiabierto, casi parece destruido.

-Anaís, pero... No puedes irte, te necesitamos más que nunca...
-No me voy de inmediato. Me quedo otras tres semanas para que tengan tiempo de contratar un reemplazo.
-A ver, no se trata de eso. Tú llevas muchos años en la empresa, sabes cómo se hacen las cosas y no podemos dejar nada al azar.
-Lo sé. De hecho, me tomé la molestia de buscar a alguien muy capaz que podría reemplazarme, si en verdad necesitas un reemplazo. Puedo capacitarlo estas semanas.
-Mira, si es un problema de cuánto ganas, podemos discutirlo. Pero no sé si se pueda aumentar mucho más, tienes que entender que tienes un buen ingreso para tu puesto...
-No se trata del sueldo.
-¿Te hizo una oferta la competencia?

A esas alturas, mi jefe me ve como una traidora: casi me lo imagino revolcándose en el suelo, cual Julio César, mientras exhala un “¡Tu quoque fili!” entre gárgaras de sangre. ¿Cómo explicarle que abandono la seguridad de mi pega para empezar yo mi propio negocio? ¿Porque quiero volar con mis propias alas? ¿Porque creo que las asesorías psicológicas son un buen negocio y quiero trabajar con Angie y con Óscar?

Tengo dos amigos cesantes, buenas ideas, algo de capital ahorrado y ganas de hacer cosas por mí misma. E incluso tengo un jote revoloteando por ahí que me apoya y no ve mis desvaríos como locura.

Aníbal. Salimos el fin de semana. Esta vez él no me robó un beso, ni siquiera intentó acercárseme. Simplemente nos contamos nuestra vida: él es apenas unos años mayor que yo, pero parece que hubiese vivido tres de mis vidas. Hijo de madre soltera, se sacó la mugre estudiando para poder entrar a la universidad. No tenían buena situación, pero tampoco les faltó nunca qué comer, aunque sólo recibía ropa como regalo de cumpleaños y Navidad. Finalmente, se tituló de ingeniero --era el sueño de su mamá--, pero ella falleció de cáncer poco después de que consiguiera su primer trabajo como ingeniero.

Y aunque la ha pasado muy mal en su vida y su papá apenas se apareció un par de veces, él no le guarda rencor y anda siempre con la cabeza en alto, feliz. Y, debo reconocerlo, a mí me fascina su vitalidad, su sonrisa y su fortaleza para enfrentar la adversidad.

¿Va a entrar en mi vida? No sé todavía. Antes quiero volver a sentirme bien conmigo y desearía que él me esperara. Fue algo que quedó implícito en las conversaciones que tuvimos. Y parece que me va a esperar.

A mí, él me interesa. Y mucho. Pero me interesa mucho más dedicarle toda mi fuerza y energías a sacar adelante el proyecto que tengo. Y aunque sé que va a ser difícil y que probablemente me voy a caer varias veces, tengo fe en que lo voy a conseguir.

martes, 13 de octubre de 2009

Casi 30: celebraciones y confesiones

Estuve de cumpleaños y entre mi celebración personal y la celebración del triunfo de Chile y su clasificación al mundial, me pasé el fin de semana de carrete en carrete. Celebraciones varias con amigos, la llamada del ex, el almuerzo familiar de rigor, sobrinitos saltando a mi alrededor y regalándome sus dibujitos garrapateados y besos inesperados.

Gracias a todo eso, hoy día amanecí con unas ojeras que me llegan al suelo y un dolor de cuello atroz. Pero no me puedo quejar, lo pasé estupendo, hasta se me olvidó el leve dolor que me queda en la pierna y todo fue alegría y risas. Y algo más...

La celebración partió el jueves con un happy hour al que fuimos después de la oficina y en el cual, pese a todas las risas y brindis, no pude evitar echar de menos a Angie. Creo que a todos nos pasó lo mismo, pero nadie quiso sacar a relucir el tema, supongo que para no aguarme la fiesta.

En todo caso Angie me había llamado temprano para saludarme y habíamos quedado de vernos el viernes, junto con otros amigos, entre los que llegó sorpresivamente (cada vez menos sorpresivamente, la verdad) Aníbal. Lo pasé increíblemente, me sentí como de 20 otra vez y me olvidé que estaba celebrando mi cuasi entrada a mi cuarta década de vida. Me desaté bailando y poco me importaron las advertencias de Óscar en relación a mi pierna todavía en recuperación. Después de todo estoy de cumpleaños una vez al año no más y hay que celebrarlo ¿no?

Nos habíamos juntado en el departamento de Andrea temprano para dejar todo listo. Óscar, el muy traidor, no me dijo que también había invitado a Aníbal en una abierta y descarada colusión con Andrea. Fue de los primeros en llegar con un ramo de flores magnífico y un paquetito que resultó traer un pañuelo de seda rosa para mí. Juro que jamás en mi vida me he sentido tan contenta por un regalo así. Incluso me reté a mí misma para no poner cara de tontorrona, pero me resultó poco y alcohol conspiró para que mis aires de mujer indiferente quedaran en nada. Lo confieso: no sé qué hora sería, pero era tarde, estábamos en lo mejor de la fiesta con Óscar gritando que le daba lo mismo que reclamaran los vecinos por el ruido cuando, entre un bailecito y otro, Aníbal me robó un beso. Y me gustó.

Me sentí como una quinceañera en su fiesta de graduación. Es cierto, me sentí liviana, torpe y feliz, pero algo cambió. Hubo veces que sentí una sensación parecida con Simón, pero en ese entonces yo estaba con la idea de que encontraría al hombre de mi vida. Ahora no. Me encantó cómo fue y todo, pero mi felicidad se detenía en el instante, sin proyecciones ni castillos en el aire. Lo disfruté y hoy es otro día donde todo puede cambiar.

Sí, es cierto, me gustaría que hubiera algo más, pero (por el momento) no voy a mover ni un dedo para que resulte. Siento que en este momento de mi vida mis prioridades son otras, que tengo que rearmarme como mujer y como profesional, que tengo que trabajar por alcanzar mis sueños y ser feliz yo sola primero antes de embarcarme en una relación.

En mis últimas (y fracasadas) relaciones, yo lo he tratado de hacer todo, he dedicado tiempo y energía a empresas inciertas, donde el otro socio jamás me respondió. Ahora quiero primero velar por mi bienestar, por mis proyectos y por mi felicidad, esos son mis propósitos para este nuevo año que para mí huele a fin de ciclo, a entrar en los 30 como una nueva Anaís, más reconciliada consigo misma, más verdadera y más plena.

Y bueno, si hay por ahí un tierno galán que me quiera conquistar no me opondré en lo absoluto, pero dejaré que trabaje un poco más de lo habitual...

miércoles, 7 de octubre de 2009

Más sabe el Diablo por viejo...

— Ya no quiero más. Llevo menos de una semana y ya me quiero ir.
— Hum.
— ¿Estaré loca? Tengo estabilidad, un buen sueldo, mi propio departamento, mi jefe me tiene súper bien evaluada, hasta me dan facilidades para volver a trabajar... Puedo entrar a las 10 e irme a las 5 para no perder la kinesioterapia...
— El azúcar.
— Toma. Ahora estoy sola, cierto, pero me siento bien, me siento... Sólida, no sé. ¿Será muy loco pensar en hacer mi propia empresa? O sea, tengo plata ahorrada, me falta muy poco para terminar de pagar el departamento, no necesito mucha inversión para lo que quiero hacer.
— Ajá. Acércame el pan.
— Aquí está. O sea, no sé. Me pongo nerviosa de pensar en hacer las cosas por mi cuenta, de partir de cero, la incertidumbre, no sé. Ay, no sé, no sé nada.
— No te mires en menos.
— ¿Ah?
— No puedes decir que no sabes nada. Tienes miedo, eso es todo. ¿Y qué tiene de malo tomar un riesgo de vez en cuando? Eres joven, inteligente, tienes buenas ideas y amigos que te ayudan. Están muy ricos esos sándwiches, ¿los hiciste tú?

Con eso, mi papá da por terminada la conversación de la once familiar. Por supuesto, mi mamá ya no está en la mesa (se fue a hacer no sé qué cosas a la cocina). Como buena madre, ella es la voz de la prudencia: se enfureció conmigo porque me separé de Julián, lloró cuando me fui a vivir sola y tembló de miedo cuando mi papá abrió su consulta privada. No hay forma de hacerle entender que nada es seguro, que nada es para siempre, que nadie tiene la vida asegurada. En el fondo, mi mamá es una ingenua que cree que siendo buena y creyendo en Dios a uno no le puede pasar nada malo en la vida.

Pero mi papá me deja mucho en qué pensar. Es increíble cómo con unas pocas palabras me dijo tanto. Por un lado me reafirmó que yo puedo hacer otras cosas si realmente lo quiero, y por otro lado me dejó con una serie de preguntas: ¿Cuán importante es la seguridad? ¿Vale la pena hipotecar mis sueños por un depósito mensual?

Vale, no son sueños tan ambiciosos: no quiero fundar una multinacional, ni ser presidente, ni siquiera ser millonaria. Pero cuando estudiaba en la universidad soñaba con hacer mi propia empresa, pequeña, da lo mismo, pero en la que pudiera sentirme dueña de mi futuro. Y, lo reconozco, también quiero sentirme una tirana, fustigando a mis socios y empleados para que construyan mi pequeña pirámide.

El problema es que, además de plata, un proyecto así necesita tiempo, mucho esfuerzo, dedicación total. Y quizás signifique abandonar muchas actividades que me consumen tiempo.

Estaba a punto de decir que no sé nada y me acordé de lo que dijo mi papá. Tengo miedo, ese típico miedo que da la incertidumbre, el mismo miedo que tenía cuando me di cuenta de que debía separarme de Julián por mi propia sanidad mental. El mismo miedo que debieron haber sentido los navegantes vikingos antes de zarpar hacia mares desconocidos, al oeste, allá donde se acaba el mundo y viven monstruos horrorosos.

Pero claro, esos son sólo cuentos de las abuelas que no quieren que las abandonemos.


jueves, 10 de septiembre de 2009

Conclusiones a destiempo

—Mi amor, te echaba tanto de menos...
—Córtala, Simón. Ya sé que estabas coqueteando con una enfermera.
—Pero, Anaís, ¿cómo puedes decir eso? —su cara de inocencia habría convencido al mismísimo Escrivá de Balaguer.
—Porque la enfermera bonita, esa de pelo oscuro, me dijo ayer: “Qué amable que es tu primo”. Yo le pregunté: “¿Qué primo?”. Y me dijo: “Ese alto, buenmozo, que siempre te trae rosas”.

Simón se ríe y se justifica diciendo que si no hubiese dicho que era mi primo no lo habrían dejado entrar. Yo prefiero quedarme callada y no seguir la discusión.

Ya han pasado cuatro días desde que me dieron de alta y todo lo que pasó desde el momento del accidente hasta que salí de la clínica se me agolpa en la mente como si me estuviera pasando ahora mismo. Las visitas melodramáticas de mi mamá, los hijos malcriados de mi hermano que por primera vez en mi vida me parecieron cariñosos, Julián y sus visitas flash, Simón llamando “suegrito” a mi papá, Simón y Julián discutiendo por mí como dos machitos adolescentes, Óscar, Andrea, Angie, Enzo y Aníbal haciendo un brindis con champaña en mi pieza de hospital, ignorando las reprobaciones de las enfermeras...

Pero lo que más recuerdo son las horas y horas de tedio absoluto. Leía y releía el diario, veía programas de animales en televisión y me acababa tan rápido los libros que me llevaban que pronto me quedaba en silencio, como tonta, mirando por la ventana.

Poco a poco pude reconstruir el accidente: fue, indirectamente, culpa de Simón. Llevaba varios días sin responder mis llamadas y justo ese lunes, después de la pega, conseguí comunicarme con él. Por estar peleando por teléfono no me fijé que, aunque el semáforo acababa de cambiar a verde, había un loco que venía rajado tratando de pasar con roja.

No me pegó de frente, por suerte. Pero me empujó y caí de cabeza a la vereda, según me contó Andrea. Y el muy hijo de puta se escapó.

Según Andrea, yo seguía consciente: me paré y todo. Consiguió un taxi y me llevó a la clínica, perdí el conocimiento y me atendieron súper rápido. Según el médico (que es amigo de mi papá), me salvé por un pelo.

A pesar de todo, no me puedo quejar de Simón: en cuanto se enteró de lo que había pasado, fue a la clínica, entre él y Andrea le avisaron a mi familia y amigos. Me fue a ver todos los días, me llevaba flores, me hizo todo tipo de mimos y atenciones, se conquistó a mi mamá y a todos mis amigos (hasta Óscar quedó, por un momento, fascinado con él) excepto a mi papá, que, aprovechando la confusión de visitas, me dijo al oído: “Es un cabro chico el tal Simón”.

Pero lejos, quien mejor se portó conmigo fue Óscar: se quedaba durante las noches, me llevó mis libros, me compraba el diario y, cuando me dieron de alta, se fue a quedar conmigo.

Bueno, hay que pensar también en que como todavía no tiene pega estable, no puede seguir arrendando y yo le ofrecí quedarse en mi casa. Pero me prepara la comida, asea el departamento, me hace la cama y me acompaña a mis horas con el kinesiólogo.

Y Simón insiste en seguirse apareciendo, como si tuviéramos algo formal. Y a mí me da cada vez más asco. De hecho, ya ni siquiera me gusta que me dé besos. Cuando se lo comento a Óscar, me dice, muy dulce:

—Mientras más te niegas, más caliente se pone el hueón. ¿Vas a hacer algo para cortarlo de una vez?
—No sé.
—¿De qué tienes miedo? —me pregunta mi amigo, mirándome a los ojos; yo no le respondo— ¿Es que acaso crees que nadie más te va a querer o que no hay hombres mejores que ese saco ‘e hueas?
—No es eso... Es que me sentiría malagradecida con todas las atenciones que...
—¿Te gusta? ¿En verdad lo quieres como pareja?

Por supuesto, Óscar sabe mi respuesta. Y también sabe que lo que tengo que hacer lo había decidido hace ya mucho tiempo, pero no me animaba a ejecutarlo: nuestro tiempo es demasiado incierto como para desperdiciarlo en una relación vacía.

domingo, 16 de agosto de 2009

Solteros apetecibles

— Mira, yo soy descendiente de franceses, pero a mí los Renault me cargan. Son súper paneros y es súper difícil venderlos. Al único que tuve se le rompió la homocinética y tuve que mandar a hacerle una nueva. Me costó un ojo de la cara y me duró menos de diez mil kilómetros. Es que el acero nacional es muy rasca.
— ¿Sabes a los pacientes que más detesto? Esos que son sabelotodo y que antes de ir a la consulta revisan sus síntomas por Internet y cuando llegan te dan un diagnóstico completo de lo que tienen. A veces incluso te recomiendan algunos medicamentos... Son terribles.

Y yo estoy en medio de esta conversación. Vale, crecí con un papá médico, no me quedo descolgada cuando hablan de apófisis, nulíparas o síndrome de Martin y Bell. Pero de ahí a estar interesada en un par de solteros harto porfiados de cara que se la pasan hablando todo el día de pacientes y autos... ufff.

¿En qué estaba pensando mi hermano cuando me invitó a cenar con este par de ‘buenos partidos’? ¿Que me iba a derretir por tipos tan aburridos como Julián pero con menos pinta que Jack Black?

Parece que algo de mis dramas amorosos debo haberle filtrado a Enrique, porque el viernes me llamó para invitarme a cenar ayer sábado. Aunque me pareció algo raro, nunca sospeché lo que realmente se traía entre manos. No fue hasta que llegué a su casa y me encontré con sus colegas que entendí lo que pretendía. Hasta siento que se está desperdiciando el carménère que traje, a medida que el doctor Panzas llena una copa tras otra.

— ¿Qué opinas tú, Anaís? —me pregunta de pronto el doctor Cejudo— ¿Las mujeres prefieren los autos con control crucero o prefieren que les maneje el marido en carretera?
— ¡Mejor no dejarlas! —el doctor Panzas ni siquiera me deja empezar mi respuesta— ¿Te imaginas que se pongan a retroceder en la Ruta 5 Sur para volver a un puesto de frutas que se les pasó? Jajaja.

Miro a mi hermano con cara de ‘¿por qué chucha los invitaste?’, pero si se da cuenta, se hace el desentendido a la perfección, el muy...

De ahí siguen conversando de mujeres, como si mi cuñada y yo fuésemos un par de fotos.

— ¿Sabes las mujeres que me irritan? —mi hermano está muy animado con el temita— Esas que se ponen todo pudorosas cuando van a la consulta y no quieren que las toque ni ahí, ni acá ni acullá. ¡Como si fuera la primera vez que veo vaginas! Eso es lo que me llamó la atención de mi Nachita cuando fue a verme por primera vez: no tuvo ningún problema en que la palpara ni nada.
— Las mujeres en la consulta son de lo más irritante: siempre te están diciendo qué medicamento es el mejor para ellas, se pasan automedicando, les das las instrucciones clarísimas y al final lo hacen a su pinta, porque según ellas así se mejoran más rápido.
— Me acordé de un chiste —interviene el doctor Panzas; yo empiezo a observar la puerta con ojos lánguidos—. El marido llega a la cama con un vaso de agua y un par de aspirinas. La mujer lo mira y le pregunta ‘¿por qué traes eso si no me duele la cabeza?’ Y el marido responde ‘¡Ajá!’

Risa generalizada. Hasta la Nachita hace retumbar el comedor con sus carcajadas hiposas. Yo, sin ninguna excusa para huir, decido poner fin a la conversación dirigiéndome a los doctorcillos.

— Qué suerte tienen ustedes que nunca tendrán una esposa para que les alegue por dolores de cabeza.

La cara que pusieron está entre los recuerdos más gratificantes de mi semana.

lunes, 10 de agosto de 2009

La princesa caballero

Después del último numerito de Simón sería fácil para mi echar en un mismo saco a todos los hombres y decir que son todos cortados por la misma tijera: frescos que rehúyen el compromiso. Pero no es lo que pienso.

No me parece que los hombres, como género, le teman al compromiso. No creo que en los genes del cromosoma Y haya un patrón anti-matrimonio o algo así. O por lo menos no más que en las mujeres.

No creo que el hecho de que Simón no se atreva a ponerle un nombre a nuestra relación se deba a lo que tiene entre las piernas. Ni siquiera a lo mejor es un problema de madurez. O quizás no es sólo eso. Mi tesis es que ellos también están buscando a “la elegida”, a la mujer de sus sueños, pero en el intertanto son bastante más flexibles que nosotras.

Suelen decir que las mujeres somos las del instinto y la percepción, pero yo creo que los hombres también los usan al momento de entablar una relación. Ellos, casi desde el primer minuto, saben cómo enfrentar la relación o “para qué da”. Si es una relación “seria” o vas a ser una diversión “mientras tanto”, no hay cómo saberlo. No depende sólo de nosotras, sino también de ellos y el momento por el que estén pasando. En el intertanto que ellos deciden si clasificarnos en una u otra.

Hay una cosa que va a marcar en qué lado de la cancha quedemos: el nivel de interés que mostremos nosotras versus el que tengan ellos.

Puede que esté equivocada, pero me da la impresión de que entre más interés mostremos, tanto peor para nosotras mismas, pues si éste no se condice con el de ellos, corremos el riesgo de que nuestro galán de turno, al sentirse poco menos que acosados, ponga pies en polvorosa.

Quizás se deba a que quieren ser ellos los que tomen la iniciativa, los que descubran a la Cenicienta y se la lleven a su castillo. Quizás no les gusta sentir que su princesa se enfrentó con el dragón y escapó de la torre sin su ayuda.



lunes, 3 de agosto de 2009

Sobre infidelidades, mentiras y egoísmo

Tengo una seria complicación con el tema de la infidelidad. Hace once años, cuando estaba en el colegio, yo creía que ser infiel era lo peor que podía llegar a hacer alguien a su pareja: un acto tan terrible que sería imposible de ocultar; una traición tan tremenda que sería imposible volver a mirar a la pareja a los ojos; una herida tan atroz que jamás podría sanar...

Y luego de esto fui infiel. No una, sino muchas veces. No es algo de lo que me sienta orgullosa, pero tampoco me arrepiento ni siento que le debo disculpas a nadie. Julián, que era mi novio de ese entonces, nunca se enteró, y a estas alturas no creo que sea necesario que se entere.

Durante mucho tiempo le eché la culpa a él: a él se le metió en la cabeza la idea de que no podíamos acostarnos hasta casarnos y cuando entré a la universidad y probé de la manzana prohibida, me gustó. Al comienzo tuve mis dudas, por supuesto, y me sentía pésimo cada vez que me acostaba con Juan Luis. Luego terminé con él y traté de volver a serle fiel a Julián, pero me costaba mucho más. Traté de insinuarme, de sugerirle con mi ropa y con sutilezas que tenía ganas de hacerle el amor —porque en realidad llegué a amarlo—, pero él nunca se dio por enterado.

Incluso cuando llegué a preguntárselo directamente, Julián me dijo que debíamos ser pacientes, “que sólo nos faltaban unos años para recibirnos y entonces podríamos casarnos y hacerlo todo lo que quisiéramos”. Yo lo amaba y no quería dañarlo... Pero tampoco podía negar que necesitaba el elíxir del sexo... Es exquisito, embriagante. De hecho, cuando finalmente lo hicimos con Julián, me sentí plena, porque por primera vez sentía que estaba haciendo el amor, y eso me encantó, incluso si Julián era un torpe y yo tuve que hacerme la bebita virgen e inexperta.

Cuando me casé con él, nunca más le fui infiel. De hecho, desde entonces no he vuelto a jugarle sucio a ninguna de mis parejas. Ahora, si no me siento a gusto con alguien o me doy cuenta la relación no está funcionando, trato de enfrentar directamente el problema.

¿Volvería a ser infiel? No lo sé. No puedo decir que “he aprendido la lección”, porque todavía no sé de qué se trataba la lección o cuál es la moraleja. Lo poco que he podido sacar en limpio me lo explicó Óscar con peritas y manzanas: el ser humano es débil y se impone metas casi divinas. No está mal equivocarse, me dijo, lo que está mal es no tomar las precauciones necesarias para que esas equivocaciones no pasen a mayores.

Óscar se refería a mi actitud de pendeja de no usar condones ni pastillas para “forzarme a ser fiel”. Pasé más de algún susto, y hasta hoy no sé por qué santo de esos en los que no creo no quedé embarazada ni me pesqué nada más grave que algún honguito loco.

Otra cosa que me hizo entender Óscar es que, si realmente amaba a Julián y quería casarme con él, no valía la pena contarle todo lo que había hecho. “Eso sería egoísmo”, me dijo, “eso sirve para aliviar la conciencia, pero lo único que harías con eso es que Julián te patearía, porque nunca podría entenderte. La mayor parte de la gente no quiere que le digan la verdad: está pidiendo a gritos que le mientan, que le hagan creer que existen las personas buenas, fieles, correctas y perfectas. En el fondo, todos saben que eso es mentira: que todo acto de bondad tiene algo de maldad y todo acto malévolo tiene algo de bondadoso. Pero somos humanos: nos cuesta ver el mundo en colores”.

martes, 30 de junio de 2009

Fin de semana de lujo

Casi no pude dormir la noche del viernes al sábado entre mi alegría alcoholizada después de nuestro tradicional happy hour y la ansiedad por saber adónde me llevaría Simón. Después de nuestra conversación del martes – invitación mediante-, estuvimos todo el día viernes mandándonos mensajitos entre tiernos e indecorosos.

Me sentía como una colegiala. Sólo Andrea, con sus funestos pronósticos y sus pragmáticas advertencias, logró quitarme la sonrisa de la cara. Pero tampoco duró mucho. Decidí silenciar esa parte de mí que le encontraba razón a Andrea. ¿Para qué me iba a echar a perder esta alegría con cosas que sólo estaban en mi cabeza? Ok, es cierto, hay antecedentes, pero no por eso iba a privarme de pasar un fin de semana de lujo.

Porque fue un fin de semana de lujo.

El sábado me levanté tempranísimo (como con una hora de antelación) de los puros nervios. Me di mil vueltas antes de meterme a la ducha, me demoré otra hora entre elegir qué ropa me pondría, qué cosas empacaría y (muy importante) qué ropa interior usaría.

Cuando Simón llegó a buscarme, a eso de las 8 de la mañana, yo estaba sentada en el sillón junto a mi bolso y a mi cartera ensayando mi mejor sonrisa. Había revisado por enésima vez mis cosas preocupándome de llevar todo lo necesario cuando sonó el citófono: “Te espero abajo, nena”. Esas frases clichés que Simón dice sin ningún remordimiento, me matan. Son insoportablemente atractivas y me detesto a mí misma por caer rendida ante ellas, sabiendo que las he escuchado y leído un sinnúmero de veces en novelitas baratas y en malas películas románticas.

Me miré por última vez al espejo asegurándome de ser la mejor versión de mí misma que podía ser, y bajé, radiante.

Él estaba guapísimo y apenas me vio salir del ascensor se acercó, me plantó un tremendo beso y, acto seguido, me ofreció su brazo. Y juro que todo el fin de semana fue igual, lleno de gestos sacados de película romántica de los años 50.

- ¿Y adónde me vas a llevar? – le pregunté con la sonrisa más coqueta de mi repertorio.
- Mmm… curiosilla… ya verás –me dijo mientras hacía partir el auto.

Condujo fuera de Santiago y se desvió por la carretera camino a Los Andes. Cuando ya pensaba con cara de espanto que me iba a llevar al Santuario de nunca acabar de Santa Teresita, pasó de largo y enfiló hacia las Termas del Corazón.

¿Qué les puedo decir? Creo que fue casi perfecto o por lo menos tuvo todos los ingredientes perfectos: rica comida, masajes con cosas extrañas que dejan la piel ultra suave, termas de esas que no dan ganas de salir y quedas arrugada como pasa y, por supuesto, mucho y buen sexo.

La cara de felicidad que tendré hoy día no se me borrará ni con el comentario más desubicado de Angie o la frase más deprimente de Andrea.

martes, 23 de junio de 2009

Los hombres atractivos y los buenos

Casi en todos los blogs de mujeres que he visitado en algún momento les da por escribir sobre el típico dilema femenino entre los chicos malos y rudos, pero que usualmente nos hacen sufrir, y los buenos que nos ofrecen el paraíso terrenal, pero que son fomes.

Todas soñamos con el hombre ideal, esa especie de mezcla perfecta entre un orangután y un príncipe, un tipo alto y gimnástico que será capaz de hacernos gozar en la cama, sintiéndonos sucias y libidinosas, pero que, al mismo tiempo, nos abrirá la puerta del auto y nos retirará la silla en el restaurant.

Porque para qué estamos con leseras, si igual nos gusta que nuestro hombre tenga ese tipo de gestos caballerosos. Siempre hay unas cuantas mujeres que, según ellas, reivindican los derechos femeninos y lo encuentran machista, pero la verdad, es que yo todavía no he conocido a ninguna mujer que se sienta vulnerada o pasada a llevar porque la traten bien. Bueno, quizás la Andrea, pero ella es un caso especial.

Lo que pasa es que no nos gusta que nuestro macho alfa sea excesivamente atento porque eso nos genera sospechas. Alguien demasiado educado, demasiado obsequioso, demasiado comedido como que inmediatamente nos baja el termómetro. Tiene que tener un par de gramos de brutalidad (bien aplicada eso sí) para que nos haga sentir bonitas y deseadas.

Con Julián, por ejemplo, yo tenía a mi hombre educado y fome. Julián es del tipo de hombre ultra ordenado y meticuloso. Todo en su departamento está en su lugar, limpio y pulcro; más encima tiene una fijación con el color blanco. Mientras estuvimos casados, no di mi brazo a torcer y traté de que la casa que compartíamos fuera lo más acogedora posible, pero desde que vive solo, el departamento que ocupa pare0ce una extensión de su consulta (es odontólogo): blanco, impecable y con olor a desinfectante mezclado con glade.

Y hasta en la cama era así. Lo juro. Para él sexo era igual a cama, creo que jamás se le pasó por la mente que lo hiciéramos en otro lugar. Además tenía una fijación con todo lo que eran secreciones corporales: una vez llegó a cambiar las sábanas de la cama porque las había manchado con semen.

Simón, en cambio, es nada que ver es fresco, patudo y entrador. Una vez me invitó a cenar a un restaurant medio cuico, yo iba toda perfumada y escotada y mientras el mesero nos traía nuestro pedido comenzó a acariciarme las piernas por debajo de la mesa y a decirme cosas subidas de tono. No sé cuántas horas estuvimos en el restaurant, pero se me hicieron eternas porque no hallaba las horas de llegar a su departamento y sacarle la ropa.

Lo que es yo, todavía no soluciono mi dilema, a veces pienso que las mujeres nos compartamos como un péndulo que está en constante oscilación entre uno y otro extremo.

sábado, 16 de mayo de 2009

Sobrevivir a la separación

— Anaís Sandiego: tu problema es que nunca dices lo que sientes. Todo te lo guardas.

Ese fue el diagnóstico de mi ex marido el día en que le dije que quería separarme. Como siempre, sólo tenía razón a medias: nunca le dije lo que realmente sentía a él. ¿Por qué? Simplemente porque es demasiado inocente, demasiado niño. ¿Cómo podía entender que me cansé del matrimonio perfecto, de la casa impecable, de haber triunfado profesionalmente antes de los 30? ¿Cómo alguien puede tener la vida ideal que presentan los comerciales de la tele y sentirse vacía?

Ahora vivo sola. Sigo luchando por el divorcio que mi ex se niega a darme, intento reconstruir mi vida emocional. Aún sueño con encontrar al hombre ideal (para mi), un Mr. Right que hará que el tiempo se detenga en cuanto nos veamos por primera vez. Pero cada vez pierdo más las esperanzas y a veces sólo me conformo con alguien divertido, que me quiera y sea una buena compañía.

Quizás mi ex tenga razón y mi problema es que me guardo lo principal. Es por eso que decidí ordenar mi vida a través de un diario. En el colegio lo hacía y eso me funcionó... O por lo menos eso creo. Ahora todo es confusión: el odio y el amor se mezclan, el desprecio y la atracción son uno, el miedo y la fascinación son dos caras de una misma moneda.

Quizás no saque nada en limpio, quizás sí. Mi amigo Óscar me dice que, aunque no consiga nada con esto, al menos tendré dónde descargarme cada vez que quiera. Tendré un confidente secreto y, quizás, un público anónimo y ajeno a mi vida que me ayudará a entenderme mejor.

En estos momentos, estoy en una relación bastante informal con un hombre con el que todo funciona a base de química y atracción sexual. ¿Me gusta? Mucho: es guapo, atento y siempre toma la iniciativa. ¿Me proyecto con él? No sé: es demasiado coqueto con las mujeres. ¿La pasamos bien juntos? Oh, sí, claro que sí. Aunque nuestra relación de pocos meses ya tenga sus altibajos... como una vez en que confundió mi nombre.

Pero supongo que eso le puede pasar a cualquiera... Yo misma a veces me despierto por las mañanas esperando encontrar a Julián a mi lado y tardo un par de segundos en hacerle entender a mi pobre inconsciente que ya no vivo con él, que nunca (espero) volveré a dormir con él, y que ese hombre a mi lado es Simón.

jueves, 14 de mayo de 2009

El origen de todo

Tengo 28 años y soy separada. Lo dije y qué, como diría cierto personajillo de la TV. Tengo 28, soy profesional y tengo un buen trabajo, sin embargo no he logrado equilibrar esa vida profesional exitosa con una vida emocional exitosa.

Me separé hace casi 5 años y desde entonces es como si hubiese tirado todos los contrapesos por la borda. Emocionalmente hablando claro, porque mientras eso que llaman corazón se debate entre hacerse monja o hacerse el harakiri, la Anaís profesional se pasea con su blusa provocativa, su falda ajustada y sus zapatos de taco, por oficinas alfombradas y gerencias varias.

No, yo no soy la femme fatal, aquel típico personaje de serie nocturna enfundada en un trajecillo chanel, seductora y comehombres. ¡Ojalá los hombres me llovieran así! En cambio, suelo relacionarme con puros pasteles.

Tampoco respondo al estereotipo de la mina de familia que busca desesperadamente casarse. Debe ser porque ya estuve casada. Aunque mi ex parece que todavía no se da cuenta que hay que conjugar el verbo en pasado. A veces me trata como si todo siguiera igual que antes, como si siguiera siendo “su chica”, aquella niña ilusa de segundo medio que se enamoró perdidamente del churrazo del colegio.

No, claramente hace tiempo que dejé de serlo. Aunque no sé exactamente cuándo… quizás fue cuando entré a la universidad y supe que hasta entonces había estado viviendo en una burbuja donde todo era brillante y rosado. En la universidad descubrí que esa niñita bien podía convertirse en la perra más sucia… y me gustó.

Lo tomé como parte de un crecimiento traumático, de una rebeldía pasajera. Y volví con Julián, nos casamos y jugamos a que yo era Barbie y el Ken y teníamos una vida soñada. Éramos jóvenes y pronto seríamos profesionales. Nos amábamos, sí. Yo lo amaba y realmente pensé que a su lado sería feliz.

Debería haber escuchado a mi abuela Irma. Ella pensaba que, en efecto, Julián era un buen chico y que ése era su mayor problema. “Mijita”, me decía cuando yo recién llevaba un par de meses como su polola y gritaba a los 4 vientos que me quería casar con él, “mijita, Juliancito es un amor, pero se nota a la legua que jamás le ha visto el ojo a la papa. Usted es joven, necesita vivir la vida y no jugar al papá y la mamá con ese mocoso metido en el cuerpo de un hombre”.

Sabia como siempre, vio mucho antes que yo el gran defecto de Julián: su dulzura empalagosa, su carácter de Peter Pan no asumido y su cartuchez crónica. A mí, en cambio, me costó 6 años de mi vida darme cuenta y otros 2 asumirlo.

No me importa tanto equivocarme como no volver a tropezarme con la misma piedra. Ya una vez intenté que todo fuera perfecto y me di cuenta que no se podía. Ahora no me interesa tener una vida perfecta, sino una con la que yo me sienta feliz.



 
^

Powered by BloggerEl Diario de Anaís by UsuárioCompulsivo
original Washed Denim by Darren Delaye
Creative Commons License